Amar, desbordarse, fluir.

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Pues finalmente llegó. Con días que se antojan interminables; con naturaleza renovada, de color verde brillante, suntuosa, intrépida, espectacular. Sus tardes cálidas, sus mañanas frescas, sus noches iluminadas por un millón de luciérnagas, sus cielos de índigo. Llegó el verano y me he vuelto a enamorar no sólo de esta tierra extraña y tramposa, también de mí, de mis ideas, de mi vehemencia, de mi ímpetu, ese que hace algunos meses consideré perdido. De mi cocina que más bien parece un laboratorio experimental que deslumbra mis sentidos (y los de mi adorado, ja!), y de pronto hasta lavar los trastes dejó de ser una monserga.

La vida fluye en verano, y yo con ella. En medio de aquellos meses de frío y locura tomé una decisión de la que no me arrepiento. Volver a la Universidad. Pero creo que no sabía en lo que me estaba metiendo. Una Maestría en Literatura Española que me ha ayudado a ejercitar mi cabeza y redireccionar mis pensamientos, en aquel momento, tan claustrofóbicos como yo en el invierno; que en un principio se convirtió en un alivio porque pasar 14 horas contando sílabas y descifrando las estrofas métricas más comunes de la poesía de la edad de oro era no sólo estimulante, sino tranquilizante también; ha sido abrirle una puerta a mis pensamientos, que ya les dije se  agolpaban dentro de mi cabeza y abarrotaban mi entendimiento.  Ahora vuelan más libres, menos densos, ligeros. Y yo salgo con mis textos al bosque, a leer páginas que parecen interminables, porque el clima es un encanto, y aunque la cabeza ahora vuela, el cuerpo también merece respirar aire fresco.

Reencontrarme con Sor Juana, con Góngora y con Lope ha sido una delicia, me ha ayudado a recuperar el propósito perdido, a enamorarme de la vida. Necesitaba letras, necesitaba arte para apreciar la rutina y el amor de lo cotidiano, con la pasión que el mismo Lope expresa en el siguiente soneto que me parece no sólo una genialidad estética, sino sublime, etérea.

Desmayarse, atreverse, estar furioso,
áspero, tierno, liberal, esquivo,
alentado, mortal, difunto, vivo,
leal, traidor, cobarde y animoso;

no hallar fuera del bien centro y reposo,
mostrarse alegre, triste, humilde, altivo,
enojado, valiente, fugitivo,
satisfecho, ofendido, receloso;

huir el rostro al claro desengaño,
beber veneno por licor süave,
olvidar el provecho, amar el daño;

creer que un cielo en un infierno cabe,
dar la vida y el alma a un desengaño;
esto es amor, quien lo probó lo sabe.

¡Dios te bendiga, Lope! ¡Dios nos bendiga con el atrevimiento de vivir, de amar y reinventarnos!

Así que si ahora mismo no encuentras sol que te caliente y le has perdido el gusto a los días, busca ese eslabón que te falta, eso que te haga levantarte cada mañana y dar gracias. Porque vale la pena amar, desbordarse, fluir. Y de repente, ¿Por qué no? Escribir un que otro soneto.

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Crónicas de Una Terrible Ama de Casa: Un Pedacito de Primavera

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Si tuviera que encontrar una explicación a las personalidades en extremo violentas,  psicópatas y sociópatas de la mayoría de los personajes de Game of Thrones, diría que el es culpa de las estaciones.  Sí, sí… veranos largos, cálidos e idílicos… pero,  ¿inviernos que duran diez años? ¿quién podría soportar eso sin volverse medio loco? Incluso si hubieras nacido al inicio del verano… vivir toda tu adolescencia a quién sabe cuántos grados bajo cero, sin tregua,  dudo que te convirtiera en un adulto con salud mental. Eso, en el hipotético caso de que lograras sobrevivir a las múltiples guerras, los saqueos y, obviamente,  los white walkers.

Pues yo vivo en Winterfell, pero en otro Winterfell. Uno a donde las guerras y los saqueos afortunadamente no llegan, o eso es lo que creemos. Y, mientras que uno puede encontrarse  de vez en cuando con algún  white walker, un par de insultos acompañados del “go back to your country” es lo único que el zombie puede hacerte. A menos que tenga un arma. Y, bueno, no es poco probable que tenga un arma. Pero no quiero entrar en política. Afortunadamente, ninguna de estas cosas me ha sucedido y en general los locales suelen ser muy amables y respetuosos; sin olvidar que el invierno dura sólo entre cinco y seis meses, (aunque a veces bien puedan parecerte diez años).

Tu primer invierno en Winterfell suele ser mágico. Esperas la primera nevada con ansias, juegas como niño, te maravillas con las diferentes sensaciones, el sonido de tus botas al enterrarse en diez pulgadas de nieve, la textura suave y esponjada cuando acaba de caer, lo puro, limpio y elemental del paisaje blanco. Descubres que salir a -15º C no está tan mal si llevas la ropa adecuada, y disfrutas de actividades que en tu país nunca hubieras podido realizar. Pero en los inviernos que siguen te falta algo.  Y se llama capacidad de asombro.

Y entonces las múltiples capas de ropa empiezan a pesar. Salir de la casa  se vuelve un tedioso ritual porque hay que cargar chamarra, guantes, gorro y botas de nieve. El frío comienza a doler, los días cortos de noches largas y la ausencia de sol deprimen, aunque estés tomando vitamina D (que es un hecho que ayuda).  Y si por casualidad, como yo,  has vivido la particular experiencia de romperte la madre en algún deporte invernal, tu cariño por esta estación es posible que se reduzca considerablemente.

Me abrí la frente esquiando. Nunca me había abierto nada. Mi experiencia más extrema hasta entonces había sido rasparme las rodillas contra la banqueta e mi casa. Nunca había sentido un chorro de sangre correr por mi cara, ni por ninguna parte de mi cuerpo, excepto cuando en Sonora me sangraba la nariz por el calor, pero eso no cuenta. Así que ya pueden imaginarse las ganas que tengo de volver a probar suerte con los deportes extremos. Afortunadamente no fue nada serio, pero en aquel momento, presa de un profundo encabronamiento, no pude evitar preguntarme qué chingados andaba haciendo una sonorense sedentaria con un par de esquís. Patinar en hielo te lo paso porque me encanta y “se me da”, pero lanzarte de una colina de quién sabe cuántos metros con nulo conocimiento del deporte, y más importante aún: sin saber cómo caer de la manera correcta ¿A quién se le ocurre? Pobre de mi marido, le tocó una maltratada de aquellas, como si él me hubiera empujado de la colina sin frenos, porque, bueno, ir a esquiar el 31 de diciembre no fue mi idea.

Así que empecé este año agradecida por estar viva y completa, pero convencida de que me urgía que llegara el verano.  Si algo tiene de bueno el Winterfell en el que vivo es que el clima no tiene razón de ser. O la diosa Deméter es medio bipolar o el cambio climático se manifiesta en su esplendor.  Pero a mí me gusta pensar que el Dios en el que creo, en su infinita misericordia se apiada de nuestro sufrimiento invernal y en febrero nos manda un pedacito de primavera para cargar pila y no desesperar.

Desde el lunes pasado tuvimos cielos despejados y temperaturas primaverales de entre los 10 ºC y los 16ºC. Como para salir en bikini a tomar el sol al parque. Obvio tanto locales como extranjeros nos volvimos locos y salimos a las calles a adorar al sol. Y esto me hace darme cuenta de que el invierno tiene un propósito: no sólo nos ayuda a valorar y atesorar los días soleados; nos obliga a encontrar la primavera dentro de nosotros mismos, en una cena con los amigos, en un rato de risas sin control con tu pareja, en una taza de té de jazmín, en una tarde horneando galletas de limón, en las flores del pequeño árbol que te regaló tu amiga, en las dos horas de skype platicando con tu mamá.

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Galletas de limón. ¡Quedaron deliciosas! La receta es de Clotilde Dusoulier “The French Market Cookbook”

Ayer fue un día hermoso. Tenía varias cosas en la cabeza pero mientras me acercaba a alcanzar los rayos de sol que entraban por la ventana, me di cuenta que algunas de las flores blancas del “Pussy Willow” (sí, PUSSY willow, es una planta) que me regaló mi amiga Paty (que además hace los mejores pancakes saludables del mundo), habían “explotado” en pistilos amarillos y al contacto con los rayos de luz, se convertían en pequeños soles colgando de las ramitas del árbol. Pasé más de media hora contemplando ese pedazo de primavera dentro de mi casa. Creo que ha sido la sesión de “mindfullness” no intencional más bonita de mi vida. Gracias, Patricia, no sólo por ser sol en invierno, sino por regalarme un poquito de ti.

Este día, la nieve ha vuelto, desde mi ventana veo caer copos de nieve del tamaño de monedas de diez pesos. Las flores amarillas siguen brillando y, por alguna razón, hoy no me siento tan terrible ama de casa. Hasta es posible que vuelva a sacar a la Marie Kondo que llevo dentro y me ponga a organizar todo con precisión geométrica, como si mi vida dependiera de ello. Y quizás, un rato más, saque los guantes, la chamarra y las botas a dar un paseo.

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Crónicas de una terrible ama de casa: la vida de la “Expat Wife”

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Un día llega tu marido y te dice que ha recibido una oferta de trabajo en el extranjero. Como buena millennial piensas que es una gran oportunidad. Sí, seguro vas a extrañar a tus amigos, a tu familia y a tu cultura, pero la verdad es que puedes escribir donde sea, necesitas tiempo para tu desarrollar tu segunda novela, y aunque seguramente echarás de menos dar clases y la interacción con tus alumnos, la oportunidad de hacer vida en otro país y el enriquecimiento cultural, no te lo puedes perder.

Año y medio después, en pleno invierno y en medio de una crisis existencial, tienes ganas de salir corriendo a México Lindo y Querido.  Y no es el frío, es que ya no te reconoces.

“Maybe I’m taking for granted all the benefits we have here, in this country.” (Quizás no estoy valorando todas las ventajas de vivir en este país), le dije a mi terapeuta  la semana pasada. Porque es cierto, es un lugar hermoso aunque frío como la chingada, seguro, con excelente calidad de vida y en verano se te cruzan venados cuando vas a caminar al parque y salen conejitos del jardín.  Su respuesta fue contundente: “No. Lo que pasa es que te estás dando cuenta del precio que tienes que pagar por apoyar a tu marido y seguir sus sueños”. Puta; Si les contara que nunca en la vida me planteé seguir los sueños de alguien más y llevarme los míos a rastras. ¡Ese no era el trato! ¿Qué chingados le voy a decir a mi yo de 20 años? La decisión de vivir acá la tomamos los dos, esta profunda insatisfacción, este sentimiento de desconexión y el no reconocerme, no es responsabilidad de mi marido.  Yo acepté venir aquí, quizás sin conocer bien los retos a los que la vida de esposa expatriada te enfrenta.

Pero les explico de qué va el conflicto de la “expat wife”. Se le conoce así a toda mujer que deja su trabajo, su carrera y su familia para seguir a su marido a otro país. Al principio puede sonar a una aventura increíble, y tú, en el papel de esposa, puedes sentirte tremendamente privilegiada porque aunque en muchos casos (y dependiendo de la legislación del país de acogida) no podrás trabajar, por fin tendrás tiempo para dedicarte a los sueños y proyectos personales que la vida de godinez te robó.

Y llegas, y todo es nuevo. Te toma unos meses adaptarte, recuperar tu centro y empezar a echar a andar tus proyectos. Comienzas a ver las oportunidades y también los obstáculos de tu nuevo país. Durante este proceso es posible que, tanto deseches algunos de esos proyectos porque en el nuevo contexto no son realizables, como que descubras nuevas opciones.

Y aquí viene la parte tricky del “freelanceo” y el arte de ser tu propio jefe en este contexto. Ya no eres tú, en tu micro departamento en México cocinando y dejando que se acumulen los trastes y dándole prioridad a tus proyectos, que son los que pagan la renta. Ahora eres tú, compartiendo el espacio con la persona que elegiste y a la que no le va a gustar llegar del trabajo (que tanto tú como él inconscientemente consideran más importante y prioritario que tus múltiples proyectos, porque es el que paga las cuentas), y ver la casa hecha un desastre, exactamente como la tengo ahora. Hay platos sucios en la cocina, dos cestos de ropa sin doblar (que al menos está limpia), platos limpios en la lavavajillas que no tengo ganas de poner en su lugar… Y entonces se apodera de ti el espíritu de tu abuela mexicana que te dice “qué vergüenza que una nieta mía sea tan terrible ama de casa”. He tratado de reconciliarme con esa realidad, y ahí la llevo. Soy una TERRIBLE ama de casa, y saben por qué? PORQUE EN MI PUTA VIDA QUISE SERLO. (Al menos, no de tiempo completo).  Porque desde que tenía cinco años y mi mamá me obligaba a recoger y organizar mis zapatos (tarea que odiaba), ella me decía que tenía que aprender a hacer las cosas por mí misma y yo le contestaba que no, porque yo de grande iba a trabajar lo que fuera necesario para pagarle a una persona para ordenara mi casa. ¿A $40 USD la hora? POBRE NIÑA ILUSA. Afortunadamente la voluntad de mi madre por enseñarme fue más fuerte que la mía por no aprender, y aprendí. Gracias, amá, por enseñarme a hacer de todo, aunque a veces lo odie.

Y ya con el espíritu de mi abuela adentro, me pongo a limpiar, con la esperanza de que, tres horas después, cuando vuelva a tener un ataque de inspiración gastronómica, la cocina no quede hecha un asco, de nuevo. La realidad es que darte prioridad a veces es difícil. Darle prioridad a tus proyectos, en este contexto también lo es. Porque para la “expat wife” el marido es quien tiene el trabajo real, y eres tú la que se puede (y se tiene) que adaptar, la que tiene “horario flexible” la que “no pasa nada” si postpone sus lista de tareas o sus proyectos, ¿Al final eres tu propio jefe, no? Y el resultado: productividad mediocre, frustración por los cielos.

Pero estoy convencida de que este conflicto de prioridades depende de mí y estoy trabajando en ello, en equilibrarme, en organizarme (aunque me cague la palabra), en ser firme. Me acaba de hablar mi adorado para preguntar si puedo pasar por él para llevarlo a la oficina. Mi respuesta automática, la que se guía por la inmediatez y la tendencia a complacer, es “sí, en un rato voy por ti”. Pero mi lado más consciente me ha rescatado mientras escribo este artículo. Le llamo y le digo que porfis tome un Uber. Estoy escribiendo este artículo que lejos está de volverme millonaria, pero es mío, es mi catársis, me regresa un poco del propósito perdido. Si yo no me tomo en serio lo que hago, ¿quién?

Es un tema de inmediatez: ¿Qué es más urgente? ¿Que dedique tiempo a mi nueva novela, o que haga algo de comer porque tengo hambre? Creo que conocen la respuesta y el círculo vicioso que desencadena. Y así tardo meses en avanzar lo que en mi departamento cutre de soltera me tomaba un par de días. Soy una escritora idealista tratando de sobrevivir al tedio y la rutina de la vida del ama de casa expatriada. Porque, hablando de problemas de primer mundo, mis amigas en México tienen quien les ayude.

¿Ya se cansaron del lloriqueo? ¿O también les platico de lo sola que me siento a veces y lo mucho que extraño a mi familia y amigos cercanos? Yo ya me cansé, así que mejor dejamos ese tema hasta aquí y les hablo de lo que sí he hecho. He conocido amigas increíbles. Mujeres de diferentes nacionalidades, preparadas, cultas, excepcionales, que como expat wives se enfrentan a retos muy similares a los míos y están buscando la manera de enriquecer carreras y vocaciones que han estado en pausa durante el tiempo que han estado fuera de sus países; algunas de ellas, por convicción, dedican su energía y talento a uno de los proyectos más grandes y retadores a los que un ser humano se puede dedicar: la formación de otro ser humano. Y también están las que simplemente disfrutan la vida, las que viven el presente, las que sueltan, las que son libres. De éstas últimas tengo mucho qué aprender.

En mi tiempo de expat wife he dominado el arte de hace jabones orgánicos de proceso frío, un arte prácticamente medieval; he descifrado los ingredientes y secretos culinarios de un par de docenas de nuevos platillos favoritos de cocinas internacionales variadas (mi Instagram lo prueba), he sido voluntaria en una ONG, he superado con honores el reto gastronómico que creí que nunca iba a superar: la panadería. He dado clases de repostería francesa, he dado más de 70 sesiones gratuitas de asesoría emocional a diferentes personas, he escrito artículos sobre mi tierra, he sufrido bullying virtual de parte de algunos compatriotas por escribir acerca de lo que me gusta de vivir en fuera de México, he empezado una nueva novela que lucha por hacerse un espacio en mi rutina,  Ha habido días de verano en los que me siento completa, satisfecha y afortunada. Hoy, en pleno febrero, no es uno de ellos. No estoy contenta, no me siento completa porque extraño sentirme parte de algo más grande.

Tengo una gran tarea, amigos: O encuentro algo que me llene de verdad y me devuelva la identidad perdida aquí, en este lugar, o comienzo a hacer mi maleta. Y la de mi marido.

Advertencia: Es posible que en verano me caiga de risa al leer estas afirmaciones y me retracte por completo. Así de pinche bipolar es la vida en Winterfell. 

 

 

Querido Millennial, no tienes que ser feliz todo el tiempo. Y está bien.

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Si estás en tus veintitantos, cerca de los treinta y en contemplar las vidas perfectas de tus contactos de Instagram se te va la tuya, este post es para ti.

Tienes una vida relativamente cómoda, estudiaste (o estás estudiando) una carrera, tienes un trabajo que a ratos te apasiona y a ratos odias pero que paga la renta y las excursiones de fin de semana al centro comercial de tu preferencia; con frecuencia pruebas nuevos platos de cocina fusión en los múltiples restaurantes hipsters que inundan tu colorido barrio gentrificado, vas al cine y de vez en cuando al teatro, no te puedes quejar… hasta que abres tu cuenta de Instagram y ves que tu amiga de la secundaria se fue a escalar el Mont Blanc, tu “no tan brillante” compañero de universidad grita a los cuatro vientos cuánto ama su trabajo en aquella enorme empresa internacional, tu prima la más mensa se fue de misionera a África y parece estar encontrando al fin su propósito en la vida, mientras que todo lo que tu encuentras al llegar a casa son los estados de cuenta de las tarjetas de crédito que has tratado de ignorar en los últimos días, por miedo a darte cuenta del verdadero costo de tus “gustitos”. Piensas que quizás deberías viajar más, pero ¿Cómo? Si tu cuenta de ahorros nomás no crece, tus vacaciones son limitadas, no tienes gran flexibilidad laboral, tu trabajo ni está tan padre y tu sueldo no parece valer el que sacrifiques tus mejores años porque al final, eres y seguirás siendo un esclavo del sistema.

Todas esas conclusiones llegan a tu mente mientras, de manera compulsiva, continuas “scrolleando” en tus múltiples redes sociales. Y la insatisfacción crece de manera casi descontrolada, te sientes incompleto, impotente, enojado y, después de nadar un ratito en las turbulentas aguas de la autocompasión, llega a tu pantalla un correo de Change.org  solicitando tu firma para exigir al gobierno de Israel el cese del fuego en contra de los palestinos. Y te sientes de la mierda. Tú, con tus problemas de primer mundo, dándote el lujo de estar inconforme con la vida mientras que en otros meridianos de la tierra hay gente luchando por sobrevivir.

Te preguntas si la humanidad tiene solución, o si, por el bien de los glaciares y las ballenas, sería mejor que otro meteorito cayera encima de este bonito y lastimado planeta y borrara a la raza humana de la faz de la tierra. Pensamientos misántropos que se ven exacerbados cuando piensas en las próximas elecciones y en tus opciones en la boleta electoral, que francamente están pal perro y de esperanza nada porque tú este año pagaste tus impuestos, no diste mordida, dejaste de robarle wifi al vecino, donaste a una asociación filantrópica, obedeciste las señales de tránsito y pues el gasolinazo igual te lo dejaron ir… Y todavía un que otro incauto se atreve a decirte que “El cambio está en uno”… NO MAMS. Lo que te recuerda que no has terminado de juntar las firmas para el registro de tu candidato independiente, ya faltan dos días para que termine el plazo y tu sigues scrolleando… qué asco de persona eres… Por eso el país está como está.

Aún así, no puedes dejar de deslizar los dedos de la pantalla y aparece un post de la cena de ayer, con tus amigos. Estás sonriente, copa en mano, al lado de algunas de las personas más importantes para ti, recuerdas lo bien que la pasaste ayer, y te preguntas si ya te estás volviendo bipolar. ¿Cómo es posible que la noche anterior te sintieras tan completo, tan satisfecho, y el día de hoy tengas pensamientos suicidas que incluyen a toda la raza humana? ¿No te estarás volviendo bipolar?

Abres el buscador de Google: Bipolaridad… Comienzas a leer los síntomas y sientes un vacío en el estómago… te autodiagnosticas con un trastorno mental severo y te preguntas a dónde va a parar tu vida… Le marcas a tu amigo doctor, estudiante de psiquiatría, le cuentas de tus inquietudes, él trata de reprimir una carcajada y te dice que no mames, que por salud mental dejes de buscar enfermedades en google.

Te vuelve el alma al cuerpo, te tranquilizas y te preguntas si serás el único loco al que le pasan tantas y tan variadas tonterías por la cabeza. Instagram, Snapchat y Facebook parecen estar de acuerdo con ello. Tus amigos (o más bien contactos) se ven tan felices, tan sonrientes, tan tranquilos, compartiendo momentos divertidos y especiales, con vidas que parecen más afortunadas que la tuya… Hasta que un rayo de claridad llega a tu mente y te preguntas ¿CUÁNDO FUE LA ÚLTIMA VEZ QUE COMPARTISTE TUS PESARES EN REDES SOCIALES?  ¿Cuándo has subido una foto sobre las cosas que odias hacer en tu día a día? Tus perfiles muestran una vida casi tan fácil y perfecta como la de tus contactos… porque poca gente va por la vida compartiendo el tedio de la rutina. Y contrario a lo que ves a través de tu pantalla, no, la gente no es feliz todo el tiempo, tus contactos no la pasa bien todo el tiempo y tú tampoco estás obligado a hacerlo. Y aunque tu suscripción de Change.org, Amnistía y Avaaz te recuerden que hay gente que pasa por situaciones terribles y problemas mucho más grandes que los tuyos, ojo, el sufrimiento no se mide. Tus problemas son válidos, tu sufrimiento también lo es. Lo que no es válido es quedarse congelado, sin avanzar, sin pedir ayuda. Es cierto, este mundo está lleno de situaciones injustas y dolor. Lo mejor que podemos hacer es trabajar en nosotros mismos para disfrutar al máximo lo que tenemos, y compartirlo con los demás. No tienes que ser feliz todo el tiempo, es de humanos pasarla mal de vez en cuando. El objetivo es trabajar para ser tan plena y frecuentemente feliz como nos sea posible.

***

Si en algún momento has estado en esta situación trata de profundizar en tus sentimientos y recuerda:  el que tus contactos compartan parte de su existencia por medio de sus redes y tú tengas acceso a esa información, no significa que sabes  lo que está pasando en sus vidas. Tras las fotos de viajes, de comidas deliciosas, de fiestas llenas de gente bonita, de lugares inspiradores, de outfits llenos de estilo y glamour, hay historias con altos y bajos, vidas tan humanas e imperfectas como la tuya. Tu amigo, el que viaja todo el tiempo a lugares increíbles por su trabajo tiene problemas en casa; tu amiga, la que se casó con el guapo del salón y aparentemente tiene la vida resuelta lucha día a día contra la ansiedad; tu primo, el que consiguió un trabajo en el extranjero y parece tener la familia perfecta, se está divorciando; tu amiga de la infancia que acaba de ser mamá y no deja de subir fotos de su increíble familia está atravesando por depresión postparto. Tu mejor amigo puede estar pasando por un momento difícil familiar, emocional o económico pero cuando te lo cuente no podrás evitar sorprenderte, porque en su cuenta de Instagram parecía que todo iba bien.

Dejemos de solamente interactuar, volvamos a convivir. Hablemos con las personas que son importantes para nosotros, quizás nos necesiten sin que lo sepamos. Hay que generar relaciones cercanas, conexiones profundas, por nosotros y la gente que queremos. Una llamada para preguntar cómo estás nunca va a ser lo mismo que un mensaje de Whatsapp. Compartamos nuestros problemas y preocupaciones con la gente cercana, mostremos nuestro lado humano, seguramente ellos también necesitan hacerlo.

Y sí, quizás en tu lista de contactos hay alguien a quien, en este momento, todo le va de maravilla ¡Qué genial! ¡Alégrate! Ya te tocará a ti estar en esa posición. Si pones atención, quizás te des cuenta de que tú eres el afortunado.

 

Lo que perdí cuando mi padre se fue

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Sí, yo creía que lo había superado. Que siempre iba a extrañarlo pero había conseguido dejarlo ir, que ya podía recordarlo libre de tristeza, agradecida por haberlo tenido en mi vida. Pero quizás porque este es el mes de su cumpleaños, porque afuera hace frío y los días son cortos, o quizás porque este año se cumplen diez de su partida, hace un rato, mientras intentaba ponerle fin a mi parloteo mental con una meditación guiada, apareció frente a mí su imagen nítida, sonriente, usando una gorra, su tez apiñonada, bigote bien delineado. Hace tiempo que no lo recordaba con tanta claridad y ahora no puedo parar de llorar como si a penas nos lo hubieran arrebatado.

Perder a tu padre no sólo implica la pérdida del hombre que te dio la vida, perder a tu padre, para muchas personas implica perder la confianza en la vida, esa confianza plena e inocente de que las cosas van a ir bien. Es de pronto sentirte sola frente a una realidad que cuesta afrontar, sin de la protección infranqueable que él representaba.  Una realidad en la que somos vulnerables, en la que nada es para siempre. Es la renuncia involuntaria a aquel mundo equilibrado, hermoso; libre de angustia, miedo y dolor, en el que creciste.

Perder a mi padre fue el estallido de la burbuja, un cataclismo interno que en su momento tuve que acallar porque, como hija mayor,  implicó ponerme a fuerzas su armadura para protegerme y e intentar proteger a mi familia de miedos que, antes de su partida, nunca imaginé que existieran.

Perder a mi padre fue un derrumbe, y su ausencia implicó vivir años enteros en un estado de alerta constante, atrapada en una respuesta inconsciente de protección tras el trauma de una muerte repentina e injusta.

Pero su partida también me obligó a encontrar fuerzas donde sólo había lágrimas y miedos, implicó aferrarme a su imagen y aprender a valorar la vida y los momentos. Su ausencia me hizo crecer, quizás no de la mejor manera, pero crecer al fin. Aprendí a valorar el tiempo que lo tuve conmigo y a atesorar lo que sembró, y sí, tras años en terapia y mucho autoanálisis, poco a poco me he ido quitando cada una de las piezas de esa armadura que siempre me quedó grande, y con cada pieza que me quito se desprenden de mi cuerpo los miedos, las obsesiones, las tristezas contenidas, y me dejan libre, para crear, para soñar, para vivir.

Escribí en “El Veneno de las Mariposas” que el dolor es pasajero pero las cicatrices son para siempre. Si algo puedo asegurar es que es más fácil lidear con una cicatriz que con una herida abierta y sangrante. Si tu mundo se ha tambaleado tras una pérdida, si el miedo no te deja vivir, si has perdido la confianza en la vida y en ti, busca ayuda. Nadie merece ir por la vida cargando una armadura. Merecemos vivir, por nosotros, y también por ellos.

7 comentarios que los recién casados no tenemos ganas de escuchar

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Ya sea durante la boda, después de la luna de miel, los primeros años… Estés soltero, feliz u horriblemente casado, divorciado o emparejado, es posible que quieras compartir tu sabiduría con los nuevos esposos… Hazles un favor y antes cuestiónate si realmente es necesario.

1. “¿Y para cuándo el bebé?”

NO ME JODAS.  ¿Cómo por qué querría una pareja de recién casados meterse en semejante conflicto después de la boda? Habrá quienes lo hagan de forma involuntaria pero ese es otro tema… A los novios posiblemente les tomará meses recuperarse de los gastos del gran día, posiblemente quieren tiempo para adaptarse, posiblemente ni siquiera saben si pueden con otro ser humano y por ahora les basta con un perro… Posiblemente no tienen ganas de discutir sus decisiones reproductivas contigo porque no es asunto tuyo y punto.

2.  “Apúrenle que se les va el tren”

Sí, claro, los novios pasan de los 35 y consideras prudente meterles un poco de presión, no vaya a ser que el reloj biológico los traicione y la fábrica se cierre antes de abrirse… Porque seguramente nadie se los ha dicho antes y ellos no saben que a partir de los 35 es embarazo de alto riesgo…

3. “Agárrense porque ahora sí viene lo peor”

Tus 10, 30 o 40 años de matrimonio bien o mal logrado son tuyos, no te proyectes, no compartas tus frustraciones, esas llévaselas al terapeuta. Ya de sobra sabemos que el matrimonio no es la empresa más fácil, que se requiere paciencia, negociación y trabajo en equipo… en las pláticas prematrimoniales del DIF que son obligatorias nos lo hicieron saber, no tengas pendiente, así que cualquier comentario negativo guárdatelo. Está de más, créeme.

4. Cualquier comentario incómodo relacionado con el pasado del novio o la novia

Acaban de empezar a construir algo juntos, no seas pinche. Si no hablaste antes, calla para siempre.

5. Consejos o comentarios sexuales

No y no. A menos que seas la mejor amiga de la novia o tengas mucha confianza con el novio. Y en cualquier caso, cualquier comentario hazlo en privado. No hay nada más awkward que la tía o el tío 30 años mayor hablando de su vida sexual durante la boda… Por favor no.

6. Lo que no te gustó de la fiesta

¿Es neta? Te dieron comida, te dieron alcohol casi ilimitado, fiesta y hasta algún recuerdito inútil… y más importante que eso, TE DIERON PRIORIDAD. Porque quien ha hecho boda sabe la santa chinga que es filtrar la lista de invitados ¿Crees que les importa si no te gustó el peinado de la novia, si la cena llegó fría o si el mesero tardó mucho en atenderlos? No mames.

7. “Uff qué valor!… Suerte porque la van a necesitar”

Qué bueno que amas tu soltería, qué bueno que hayas encontrado en la soledad tu vocación, de verdad, muy respetable. Pero ver a los novios con cara de lástima augurándoles un futuro miserable con base en tu creencia de que el amor no existe… ¿Es en serio? De tus encuentros y desencuentros amorosos los demás no tenemos la culpa, menos los novios.

Cada quien construye su historia y si realmente quieres contribuir a la de la nueva pareja comparte lo positivo, lo que te ha funcionado, deséales lo mejor del mundo, ofréceles tu apoyo y apláudeles por haber iniciado esta nueva aventura.

Mexicano, no te olvides. Reflexiones tras el terremoto.

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No te olvides de tu gente, de esa mayoría de seres humanos preocupados por el otro, sensibles al sufrimiento de quienes se encuentran bajo los escombros. No te olvides de la labor incansable de miles de personas que se han olvidado de sí mismas durante días y noches enteras para arriesgar sus vidas con la esperanza de salvar la de sus semejantes.

No te olvides de la fe y esperanza infinitas de madres y padres a la espera de ver a sus hijos salir victoriosos de esta embestida. No te olvides del rostro del dolor y la tragedia, desdibujado en aquellos compatriotas cuyos seres queridos perdieron la vida.

No te olvides de que cantando se alegran, cielito lindo, los corazones. Aún en medio de los escombros, de la tristeza profunda, el desconcierto y la impotencia.

No te olvides de la humildad profunda de aquellos de pies descalzos y corazones grandes, infinitos, que a pesar de poseer poco no han dudado en ofrecer lo que tienen para alimentar a víctimas, voluntarios y brigadistas.

No te olvides de tus hermanos en el extranjero, esos que lloramos contigo las penas de nuestro México y nos solidarizamos y movilizamos tanto como podemos. No te olvides tampoco de tus amigos de diferentes nacionalidades, japoneses, israelíes, alemanes, suizos y demás pueblos que han enviado a sus ciudadanos más talentosos a ayudarnos a rescatar, a prevenir, a reconstruir. No olvides a aquellos cuyos corazones han sido conmovidos por la devastación, a pesar de hablar otra lengua, profesar distintas creencias y vivir a miles de kilómetros, distancia que no les ha impedido contribuir con sus donativos y manifestar su solidaridad. Mexicano, recuerda que no estás sólo en esto. Que el mundo te está viendo, está admirando el poder y la unión de tu raza mestiza.

No te olvides de la grandeza de tu pueblo, manifestada en la ayuda desbordada, en centros de acopio abarrotados de víveres y manos dispuestas. No te olvides de tus enormes virtudes, de tu solidaridad infinita y desinteresada.

Pero tampoco olvides la avaricia, el egoísmo y la indiferencia de tu clase política, esos grupos de lacras que se hacen llamar partidos, que lucran con la tragedia y se cuelgan medallas que no son suyas, que sin el menor remordimiento se roban las dádivas del pueblo para hacer proselitismo. No olvides las caras de cada uno de los diputados y diputadas que se pronunciaron en contra de donar el presupuesto de campaña para reconstruir el país, esos que con argumentos ridículos, excusados en una ley laxa y débil, se niegan a dejar ir la parte del motín que según ellos les corresponde. No te olvides de las caras de esas ratas y sanguijuelas de traje elegante, porque muchos de ellos, sin el más mínimo dejo de vergüenza se mostrarán sonrientes y orgullosas en tu boleta electoral.

Mexicano, no te olvides de lo que eres, de lo que mereces como pueblo, del futuro brillante que tienes derecho a construir. No permitas que tu nula conciencia histórica te rebase una vez más y permita el liderazgo del país permanezca en manos equivocadas. Por favor, no te olvides de lo que como sociedad vales, porque si algo nos ha dejado claro esta tragedia, es que, pese al discurso engañoso y manipulador de quien te gobierna, NO TIENES EL GOBIERNO QUE MERECES.

Porque quienes te representan en las curules, en los estrados, en los palacios de gobierno, no merecen llamarse mexicanos.

 

 

El derecho al que las mujeres, en pleno siglo XXI, no tenemos derecho.

woman-506120_1920¿Cuántas veces has escuchado que a un hombre se le juzgue o castigue por no acceder a salir con tal o cual persona? ¿Cuántas veces un hombre ha sido tachado de interesado, superficial o mamón por no seguir la plática rándom de un desconocido? ¿Cuántas veces la sociedad ha desaprobado el que un hombre no acceda a darle su número de teléfono a alguien que no conoce? ¿Cuántas veces un hombre ha sido insultado o atacado por no aceptar una copa en un antro o no querer bailar con el desconocido que lo está acosando?

Quizás algunas pocas veces. Quizás ninguna. No tengo una respuesta con valor estadístico para esa pregunta. Pero lo que sí sé, porque como mujer no sólo lo he vivido, sino que además he sido testigo de cómo mis hermanas, mis amigas, mis congéneres han pasado cientos de veces por las situaciones mencionadas. La mujer no tiene derecho a decir que no, sin que se juzgue o cuestione su decisión. En pleno siglo XXI. Puede sonar exagerada mi afirmación, pero si reflexionamos verás que no es para nada descabellado lo que estoy diciendo.

En redes sociales circulan varios videos que presumen de “desenmascarar” a tal o cual mujer interesada. La dinámica de estos videos, generalmente actuados, es la de un chico que llega vestido de manera sencilla e intenta entablar una conversación con una desconocida, nada más porque “se le hizo muy bonita”, a lo que la mujer regularmente contesta de manera cortante, poniendo diferentes excusas, como la de estar esperando a alguien, o la de tener novio. Acto seguido, el hombre le pide su teléfono y ella se niega a dárselo. Después, sorpresivamente, llega el supuesto chofer con el coche último modelo y ultra lujo del fulano que resultó ser un magnate millonario, y como por arte de magia la actitud de la chica cambia, se olvida de quien supuestamente la estaba esperando, del novio y hasta de su nombre, y transforma su actitud evasiva con el desconocido, accediendo a salir con él, a lo que éste último se niega “por interesada” ¡Qué maravilla! Evidenciar, desenmascarar y humillar a la “pinche vieja interesada”.

¿Quieres perder la fe en la humanidad? Abre la lista de comentarios de estos videos; encontraras en abundancia mensajes llenos de odio, amenazas, misoginia y machismo, y no, los autores de esos mensajes no son sólo hombres. Este tipo de videos refuerzan estereotipos y promueven la idea de que es deber del hombre, desde su pedestal de superioridad de género y poder, humillar y dar una lección moral a la mujer como consecuencia de sus decisiones PERSONALES. Los comentarios son el reflejo de una sociedad que se siente con derecho de juzgar las decisiones de las mujeres:”¿Qué mala onda, el chavo nada más quería conocerte y bailar contigo, le hubieras dado chance”  “Ya házle caso a fulanito, tantas atenciones y tan buena onda que es y tú no lo sacas de la Friend Zone

La razón por la que toco el tema, además de un encabronamiento profundo, es porque yo, como tantas mujeres, he sido abordada de forma invasiva y grosera por diferentes hombres, en distintas situaciones y aunque mi carácter me ha dado para mandarlos al carajo con mucha educación y firmeza, me he sentido frustrada cuando estos individuos no han aceptado un no como respuesta.

En el antro:

– Te invito una copa, ¿qué quieres tomar?

– Muchas gracias, pero no acepto regalos de desconocidos.

– ¿Por qué no?

– Porque si quiero tomar algo yo puedo pagarlo y porque no me da la gana.

Y la historia continúa de manera tediosa, con un macho que no acepta un no como respuesta y te pide explicaciones como si su posición de hombre te obligara a ti por ser mujer, a dárselas.

¡Dámaris! ¿Por qué no usas las palabras mágicas? Es decir “Tengo novio, marido, pareja, y por eso no puedo bailar contigo” Sabemos que esa respuesta en algunos casos, no en todos, suele hacer que el machito insistente se retire porque una figura masculina (aunque ausente) en la situación tiene más valor e impone más respeto que la firme pero insignificante decisión de una mujer…

¡Precisamente por eso! Porque mi estatus amoroso no es asunto de un desconocido al que, para empezar, no le debo ningún tipo de explicación. ¿Cuándo van a entender que si una mujer dice que no, ES QUE NO? Y esa respuesta debería ser suficiente para que el ser humano en cuestión se retirara de manera pacífica. En ningún momento hablo de faltarle al respeto al otro, ni de humillar a nadie, pero aquí viene el otro argumento:

“Pobre chavo, qué mala onda, hubieras bailado con él  aunque fuera un rato, ¿sabes el valor que cuesta invitar a alguien a bailar o a salir y lo duro que es el rechazo?” Sí, lo sé, porque mientras vivamos en un mundo en el que la virilidad de los hombres es tan frágil como su número de conquistas e importa más que el derecho de una mujer a ser libre y decidir sin que se le cuestione, este tipo de situaciones van a seguir pasando y las mujeres vamos a seguir siendo las malas de la película.

¿Qué podemos hacer?

Como mujeres, ser sinceras, respetuosas y firmes. Si no te interesa conocer o platicar con alguien, exprésalo con firmeza. No tienes que dar explicaciones, ni es tu responsabilidad el autoestima de un desconocido (ni la de nadie).

Actuemos en tribu

Un día mi hermana me acompañó a arreglar mi coche. En el taller mecánico, un cliente unos 15 años mayor que nosotras se acercó en plan de Don Juan. Yo ni siquiera le seguí la plática pero mi hermana no encontraba la forma de cortarle el rollo. El tipo insistía en preguntar dónde vivíamos, de dónde éramos, si éramos parientes… y demás información personal que en un país en el que la tasa de feminicidios y violaciones va en aumento, considero que ninguna mujer debería compartir nada más porque sí.  Como yo no contestaba sus preguntas, comenzó a acosar a mi hermana y a pedirle su teléfono, información que mi hermana se negó a proporcionarle, pero el tipo insistía e insistía y pedía explicación de el por qué no podía pasarle su teléfono.

-Porque no quiere, ¿no has entendido?- Le dije.

-Esto es entre ella y yo, no te metas- Contestó.

-Esto es entre nosotras y tú. Así que por favor deja de molestarnos o le voy a llamar a la policía.  Lo que estás haciendo es acoso, está mal y no vamos a tolerarlo.

El tipo se fue soltando pestes e insultos, pero por lo menos nos dejó en paz.

– ¡Gracias por quitarlo de encima! ¿Cómo le haces para ser tan firme? Yo no puedo, me da pena. – Me preguntó mi hermana.

Puedo decir que no siempre fui así, me costó tiempo darme valor y entender que no le debo explicaciones a nadie, menos a un desconocido. Entre mujeres debemos cuidarnos y apoyarnos. Si para un individuo la respuesta negativa de una mujer no es suficiente, posiblemente la de dos lo sea.

¿Y qué hay de los chicos amables que se acercan con buenas intenciones? ¿Hay que tratarlos como piñatas?

En ningún momento propongo faltarles al respeto, ser groseras o humillarlos. Ni somos Diosas inalcanzables que merecemos que los hombres se humillen y arrastren frente a nosotras, ni todos los hombres son violadores y asesinos, pero lo cierto es que lo de las buenas intenciones no podemos saberlo, y ante la situación de inseguridad y violencia que se vive en México y en tantos otros países, tenemos que ser cuidadosas con la información que compartimos y la confianza que le brindamos a alguien que no conocemos. Pero voy a insistir en el siguiente punto:

Es tu decisión y tiene que respetarse. Así se trate de seguir una conversación, aceptar una invitación a salir, una copa en el antro, bailar una canción o darle tu teléfono a alguien, es tu decisión.  No permitas que el otro la cuestione. 

¿Y como hombres bienintencionados?

No, no es un pecado sentirte atraído por una chava que no conoces. Sí, eres libre de acercarte DE MANERA RESPETUOSA, e intentar hablar con ella. Si ella accede, genial, que comience la historia. Si ella se niega, no insistes, no preguntas por qué ni te haces la víctima. Le deseas un buen día y la dejas en paz.

Hace algunos años mientras hacía fila en el banco un chavo un par de años mayor que yo se formó atrás de mí.  Como era obvio, salí antes que él de aquel lugar y mientras me dirigía a mi coche él se se acercó corriendo y me dijo:

“Sólo me acerqué para decirte que me pareciste guapísima, y desearte un excelente día”.

Me arrancó una sonrisa. Le di las gracias y le deseé un excelente día a él también.

Créanme, ninguno de los idiotas que te gritan estupideces en la calle consigue arrancarle una sonrisa a una mujer. Hace falta valor y seguridad para acercarse a alguien y hablarle mirándole a los ojos, como se le habla a otro ser humano,  dos cosas que los machitos acosadores, no tienen.

 

 

 

 

 

Promesas de Una Madre Feminista a su Futura Hija

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1. No criticaré el cuerpo de otras mujeres, ni su peso, ni su manera de vestir. Trabajaré para enseñarte a respetar y amar tu cuerpo, y el día en que la publicidad y los estándares de belleza imposibles amenacen tu seguridad, tú puedas reflexionar, cuestionar y tener claridad.

2.Tendrás tantas muñecas para jugar  como carritos, bloques de construcción y juegos de química. Siempre podrás elegir entre azul, rosa, verde o amarillo y respetaré si un día decides vestirte de princesa o de astronauta.

3. Hablaré de sexo y sexualidad responsable contigo, cuando llegue el momento.

4. Te compartiré mi fé, lo que creo y lo que no creo; y te llevaré a conocer otros métodos y formas de espiritualidad con el objetivo de que formes un criterio rico, tolerante y propio.

5. No juzgaré las decisiones sexuales o reproductivas de otras mujeres. Porque no me corresponde, porque el mundo ya tiene suficientes prejuicios y quiero que, por lo menos desde mi ejemplo, sepas que a la hora del café con las amigas, hay temas de conversación mucho más interesantes que las decisiones de alcoba de otras personas.

6. Jamás escucharás en casa comentarios que discriminen o minimicen a alguien por su orientación sexual, religión, género, raza o posición social. Trabajaré para que aceptes y respetes a los demás por su condición de humanos, pues de ello dependerá tu propia aceptación.

7. Te trataré con total equidad con respecto a tu hermano, tus primos o amigos varones. Las reglas en casa serán las mismas para ambos, al igual que las consecuencias. Construiré día a día desde nuestro hogar, el mundo equitativo con el que sueño.

8. Haré todo lo que esté en mis manos para que seas una mujer preparada, independiente y capaz de valerse por sí misma. Y si un día decides formar una familia y dedicarte a ella, te apoyaré incondicionalmente.

9. Apoyaré y promoveré tus sueños vocacionales, por difíciles que parezcan, tanto como haré con los míos.

10. Trataré con respeto y amor a tu padre y te mantendré ajena a cualquier conflicto que se dé entre nosotros.

11. Respetaré tu cuerpo y nunca te obligaré a dar besos o abrazos si no quieres. Sí la tía o la abuela quieren muestras de cariño, que se ganen tu confianza primero. Tu cuerpo es tuyo.

12. Aunque para mí seas lo más bello del universo, no me limitaré a llamarte “bonita”, “preciosa” o adjetivos similares. Reforzaré tu confianza en ti, reconociendo tu inteligencia, tu audacia, tu valentía, tu generosidad y dedicación. Trabajaré para que aprendas a valorarte y valorar a los demás  más allá de las apariencias.

13. En su momento, te hablaré de la menstruación con naturalidad y como algo positivo, para que aprendas a amar tu cuerpo, honrar sus ciclos y la magia que habita en él.

15. Trabajé para sanar mis heridas como mujer, por mí, por mí individualidad, porque sanarse a sí mismo es sanar a la humanidad, y entre más completa y plena me sienta, más podré ayudarte a construirte como ser humano.

16. Te aburriré con mis clases de historia y trabajaré para que conozcas los retos a los que nuestro género se ha enfrentado a lo largo de los años, para que reconozcas la lucha de tantas mujeres y hombres valientes que permitieron que tú nacieras en un entorno más igualitario y menos hostil.

17. Te motivaré para que te involucres en la causa social que tú decidas, porque la lucha por un mundo más justo no ha terminado; para que puedas experimentar la satisfacción de formar parte de algo más grande que tus propios intereses individuales, para que seas un ser humano empático y sensible al dolor ajeno.

18. Te prometo que cada vez que me equivoque sabré pedirte perdón.  Porque aunque voy a dar lo mejor de mí y pondré todo mi empeño en ello, voy a cometer errores y no siempre sabré darte lo que necesites.

19. Te mostraré el mundo. Lo bello y lo no tanto. Porque aunque sigue siendo un lugar difícil y hostil para las mujeres, y es probable que en más de una ocasión vivas en carne propia la discriminación y la frustración, no estás sola; y este loco lugar lleno de maravillas merece ser recorrido.

Cuando tienes ganas de llorar y no sabes por qué.

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Hay días en los que no puedes explicar lo que te pasa. Días en los que falta algo, en los que te da por pensar con nostalgia en el pasado, en momentos en los que te sentías invencible. Quizás ni siquiera están pasando cosas difíciles en tu vida, simplemente te cuesta trabajo soportarte, porque no estás donde quisieras estar, porque sientes que ya no tienes 20, porque los planes que tenías para ti a esa edad no han salido como esperabas, porque ya no encuentras la determinación que antes te caracterizaba ni la inspiración que tenías de sobra. Porque las expectativas personales siempre fueron altísimas, porque te creíste los cuentos de las comedias románticas, porque quizás te han bombardeado tanto con la idea de disfrutar y vivir en el presente que hasta te sientes culpable de no estarla pasando poca madre tú que tienes lo que muchos otros seres en el mundo quisieran pero no lo que tú quieres, y que a veces ni siquiera sabes qué es. Y te da miedo. Te da miedo estar desperdiciando el tiempo, estar sufriendo por tonterías y, considerando nuestra naturaleza impermanente, que tu existencia se extinga sin más, porque si fuera el último día de tu vida no querrías gastártelo lamentando las cosas que no hiciste.

Si has perdido a alguien importante en tu vida, conoces el vacío asfixiante que deja el hubiera, conoces la culpa y la impotencia, los conoces tan bien que quizás te persiguen como fantasmas, aterrándote y amenazando con volverse a aparecer de una nueva manera. Y tú perdiendo el tiempo con tonterías. Culpa de nuevo. ¿Qué hacer cuando tienes ganas de llorar y no sabes por qué? Llora y no te pidas explicaciones. Llora y saca la frustración, el miedo, la impotencia y todo aquello que te quite la paz. Llora hasta que tus fantasmas se ahoguen y tú puedas volver a respirar.

Y si tienes ganas de reírte busca una playlist con canciones de tu adolescencia. Esas que, si tienes mi edad, bajabas de Kazaa junto con un zoológico de virus, troyanos y malware que se instalaba en tu computadora en nombre de la canción con la que le llorabas a la chavita que no te peló en la tardeada de la secundaria. Ríete. ríete de las cosas que te atormentaban a los 13 y observa cómo cambiaste, superaste tus miedos y te convertiste en un ser humano completo tras esa complicada y dramática etapa amorfa que le dicen pubertad. Verás que ahora no estás tan perdido.

Y por último, piensa en lo que te hace sentir vivo. Pregúntate desde cuándo no te das el lujo de hacer aquello que amas. Piensa en los lugares con los que soñabas conocer y que quizás ya habías olvidado, piensa en las experiencias que tienes ganas de vivir, en la gente que te falta por conocer, las historias que aún no te han contado. Y sonríe, sonríe porque estás aquí, porque puedes ir tras aquello que sueñas y vivirlo.