De finales de novelas.

paris

Señoras y señores, hoy es una noche especial, porque hoy, después de tres años de letras, cientos de artículos y libros consultados, un montón de lágrimas, dos finales fallidos y una ilusión más grande que todo lo anterior, he escrito la última palabra de mi primer novela, que para variar es histórica. El sueño de mis 15 años convertido en realidad. La sensación de, por fin acabarla, fue tan gratificante que me empoderó lo suficiente para lanzarme a una de las experiencias más extremas que una mujer mexicana puede atreverse a vivir entre las mal iluminadas calles de su ciudad: bajar las 11:30 de la noche al oxxo en busca de altas dósis de azúcar y carbohidratos. Si eres mujer, conocerás perfectamente esa sensación de inseguridad. La duda de si regresarás sana y salva a casa tras tomar el riesgo de caminar sola dos cuadras desiertas casi a media noche; el ligero malestar y sentimiento de culpa al escuchar en tu cabeza la voz de tu madre diciéndote que no hay necesidad de arriesgarte de forma innecesaria… Pero bueno. Había terminado mi primera novela y merecía celebrarlo con unos pingüinos, unos chocorroles y un gansito. Sobra decir que tengo en mi congelador en estos momentos un chocolate lava cake hecho por su servidora con ingredientes de la más alta calidad repostera, listo para hornearse y en diez minutos embriagarme con su cálido y pecaminoso sabor acompañado de la frescura de unas fresas recién lavaditas. Pero ese era el asunto. Faltaban las fresas, y un chocolate lava cake sin fresas es como comerse un dulce sin quitarle el empaque… Ok no. Esa es la opinión de una  tía con respecto a los preservativos.

lava cake

El chocolate lava cake perfecto.

Un chocolate lava cake sin fresas es como una buena comida sin vino: un desperdicio. Así que esperaré a que sea mañana y se ponga el maravilloso tianguis de mi colonia, en el que suelo encontrar fruta buena, bonita y barata. Por ahora, me embriago en la crema blanca y deliciosa de unos pingüinos. El gansito ha muerto.

El asunto es que por fin he terminado mi novela. Y como siempre en mi historia literaria, el final ha sido lo más difícil. El pasado 5 de febrero corrí como loca a imprimir los primeros dos borradores. Yo juraba que era el final de los finales. Pero no. Después de un par de días de desconecte y una simple revisión, le hablé a Daniel Alejandro, mi novio, para suplicarle que no leyera ni una sola página del manuscrito. Y empezamos con el final número dos.  14 días después del primer final, me encontraba con la nueva versión. Cuatro copias para entregar a mis asesores, una para mi editor y dos para el registro de derechos de autor. Iba yo muy contenta a las 12:00 del medio día a las oficinas para hacer el trámite, cuando el amable señor de la puerta me para en seco.

— El servicio de derechos de autor es de lunes a jueves. Antes era de lunes a miércoles pero ya lo extendieron al jueves. Venga el lunes.

Sobra decir que eso no se especificaba en la página de internet… en fin. Ni para qué discutir. Y es aquí cuando me doy cuenta de que las cosas pasan por algo. El domingo por la tarde, mientras mi novio preparaba unos deliciosos chilaquiles con tostadas horneadas, El Señor me iluminó. Y pos no. Que el final que yo creí que era, nomás no era. La buena noticia: El final que, hasta el momento creo que sí es, llegó a mi de sopetón. La mala: El nuevo planteamiento afectaría ligeramente la trama, o sea, más modificaciones.Y es aquí cuando empezamos con las dudas. Porque le has dedicado horas y horas y HORAS a tu proyecto. Has leído desde los datos más interesantes hasta los más inútiles para fundamentar tu historia y reforzar el contexto histórico. Has llorado como una niña con las muertes de tus personajes, has editado el texto una y mil veces (y seguramente lo seguirás haciendo unas cuantas más). Conoces tu historia al derecho y al revés. Te sabes de memoria (literal), algunos de sus capítulos, y al mismo tiempo estás cansado. Quisieras que por arte de magia la edición y corrección de estilo se hicieran solos. Que las posibles lagunas se secaran y desaparecieran del manuscrito, que éste estuviera listo para ser entregado a la editorial y tú pudieras continuar con tu vida y con una nueva novela. Pues no. Es aquí donde el trabajo apenas empieza.

Hoy por la mañana escribí el nuevo final. Estaba extasiada hasta las lagrimas.  Cien por ciento convencida al poner la última letra. Me di un respiro, y por la noche regresé a leerlo con una mirada más crítica.  Y bueno, llegarón más lágrimas. Una maldita deus ex machina (dícese de cuando alguna acción radical y sin sentido genera un cambio dramático en la trama) me lo estaba arruinando todo… frustración, terrible frustración interrumpida por una llamada de Daniel Alejandro, quien después de escuchar todo el conflicto  estructural derivado del cambio de final, me dice en medio de quejidos sexies provocados por el foam roll con el que deshace las contracturas resultado de la  bici (literal es una tortura esa cosa).

— Haz una matriz… un cuadro comparativo… pon los tomates en la balanza — mentira que es ingeniero.

—Mmm… No puedo pesar los tres finales como si fueran tomates… Sé cuál es el final que quiero.

—Bueno, si ya está decidido, si ya tienes el final y sólo te falta resolver esa chingadera de la máquina,..

— Deus ex machina…

— Esa madre… Pues ya está, resuélvelo. Pero haz la matriz. No escribas sin rumbo.

Y bueno. Una hora más tarde, teníamos novela terminada y autora satisfecha caminando con audacia por las calles de la ciudad en busca de unos pingüinos. Ya veremos mañana cómo pinta ese final que, hoy por hoy, creo que es definitivo. Lo único que sé es que un escritor puede cambiar el final de su novela las veces necesarias hasta encontrar el verdadero sentido de su historia. Lo mismo con la vida. Quizás sea necesario cambiar de rumbo, ir del melodrama a la comedia, de un vals a un polka, del romanticismo al realismo mágico, de Guadalajara a París, hasta encontrar la forma de darle sentido a nuestra fútil existencia.

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