Del amor de tu vida y otras grandes mentiras.

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De niña había un asunto que me daba enormes vueltas en la cabeza: encontrar al amor de mi vida. Quizás por culpa de los pájaros de las princesas de Disney, con sus historias inverosímiles acerca de las relaciones interpersonales,  las novelas de Televisa o mi educación católica que admitía a un sólo hombre en mi vida futura. La cosa es que yo estaba convencida de que uno de mis más grandes objetivos en la vida sería encontrar a ese ser mitad príncipe, mitad galán de novela, con el que podría casarme y vivir una vida de cuento de hadas, en un castillo enorme y sin las penurias de la realidad moderna.  Y el tema me agobiaba porque yo, a diferencia de María la del Barrio, sabía que el mundo era vasto; mi mente infantil asumía que Diosito, desde antes de nacer yo, ya me había asignado al hombre de mis sueños. Pero justo aquí venía la parte complicada: él podía estar en cualquier parte del mundo. Quizás en Francia, en Singapur, en Abu Dhabi o en Veracruz. Ser un empresario alemán, un leñador sueco  o un gringo guapetón. Y yo con mis escasos cinco años me daba de topes preguntándome qué sería de mí si nunca me encontraba con él. Porque  si de algo estaba segura, era que el amor de la vida era uno solo, en medio de miles de millones de hombres repartidos en el globo.

Graciela, que ya  en Hablemos de Acentos les  contaba que es un amor, es además mi mamá. Ella se encargaba de calmar mis angustias asegurándome que si mi futuro esposo había nacido del otro lado de la tierra, el mismo Dios omnipotente que nos había destinado a estar juntos se encargaría de reunirnos en el momento indicado. Pero la niña era controladora (y lo sigue siendo), así que aquella teoría no la dejaba del todo tranquila, hasta que entró a la primaria y conoció a Jesús Javier. El niño más guapo del salón (Sí, Retes, fuiste mi crush de los seis años. No te rías). Y pensé que quizás encontrar el amor no era tan complicado. Hasta que lo cambiaron de salón y dejé de verlo en clases. Entonces llegó Carlos.Estaba loca y penosamente enamorada de Carlitos, que lo supo varios años después, cuando estábamos en sexto de primaria y me declaró su amor, a lo que contesté más espantada que cuando mi catequista nos hablaba del infierno que esperaba a las mentes cochambrosas y yo ni siquiera entendía el término, quizás porque contaba con escasos nueve años y la idea más lujuriosa que pasaba por mi cabeza en esos tiempos, era la de darle un beso a Kevin, de Bacsktreet Boys.

Regresando al relato, Carlitos me declaró su amor cuando yo tenía doce. Me preguntó, saliendo de clases y  muerto de pena, si quería ser su novia y yo respondí en seco que no. Que sólo podíamos ser amigos. Y como estaba tan asustada ya ni amigos fuimos. Fui algo cruel con él, pero pagué mis culpas un par de años después, cuando serví de Celestina entre éste y una de mis mejores amigas, a pesar de que él todavía me gustaba. ¡Oh destino cruel!

Trece años después,   tengo que decir que no creo en el amor de la vida porque he tenido varios que en su momento han sido”el indicado”, quizás porque cuando me enamoro, para bien o para mal suelo convertirme en un caballo de calandria, con la vista periférica bloqueada, con ojos sólo para el amor de ese momento. DE ESE MOMENTO.  Pues el universo nos ofrece una cantidad inagotable de posibilidades de conocer a cientos de personas de las que podríamos enamorarnos y con las que podríamos compartir el resto de nuestras vidas, una noche memorable o un ratito de ilusión. Soy mujer de un solo hombre a la vez, pero la protagonista de mi historia soy yo. El compañero es transitorio y  puede quedarse a escribir conmigo un par de meses, años, o el resto de la vida, dependiendo de lo que ambos decidamos. Porque estoy convencida de que dos personas deciden si las chispas que brotan al cruzar miradas se prolongan durante años, décadas, días o minutos. Y si tenemos suerte, esa magia, ese enamoramiento repentino, esa conexión intensa, nos ocurrirá más de una vez en la vida, y tendremos que decidir si dejamos que nazca una hoguera o la apagamos antes de convertirse en flama. Para  prolongar esa luz, ambas personas tienen que poner su voluntad y entrega. El amor de uno no basta.

Saber que el amor es más una cuestión de decisión que de suerte o de destino es menos romántico pero bastante liberador, aunque a su vez representa una gran responsabilidad. Porque te obliga a amar de manera consciente,  te obliga a decirle a la persona con la que  ahora compartes tu vida, que la elegiste a ella de entre un universo de gente interesante con la que podrías iniciar algo perdurable o efímero. Conozco varias historias deprimentes sobre gente que se pasa la vida entera en una relación que no funciona “Porque no hay nadie mejor que él o ella” “Porque es el marido que Dios me dio” “Es el hombre que me tocó” o ya en el peor de los casos “Es la cruz que tengo que cargar”. Sufren por voluntad propia, no nos andemos con rodeos. Una pareja tendría que ser un complemento a nuestra felicidad, no nuestra felicidad.  Alguien que suma, no que resta.

Y esas historias que acaban antes de lo previsto “Porque las circunstancias no lo permitieron” “Porque el destino se interpuso”. Créanme, las circunstancias pueden ser complejas o complicadísimas; si ambas personas se aferran al amor que comparten no habrá destino que los separe, para bien o para mal. La decisión es nuestra, pero tiene que ser mutua. Si en un contexto complicado tú estás dándolo todo para estar con esa persona,  pero tu pareja usa alguno de los argumentos anteriores, no tiene el mismo interés de estar contigo. Así de cruel y así de simple. Cada quien tiene derecho a buscar la felicidad o la paz por distintos medios, pero no hay peor manera de perder el tiempo que luchar a solas por mantener una relación de dos.

Por otra parte,  prolongar una relación tormentosa por el sueño idílico de “Hasta que la muerte nos separe” puede no ser lo más sano. Yo misma he tenido que escribir finales prematuros para evitar trágicos desenlaces. No es sencillo, pero a veces vale más quedarnos con un buen recuerdo corto que con una agonía de varias páginas.

La vida, si tenemos suerte, se compondrá de diferentes historias y el amor acumulado, hacia una, dos o  varias personas, será lo que le dará sentido. Es hermoso encontrarte con alguien que te vuelve loco, a quien quieres recorrer en cuerpo y en alma, formar parte de su vida y que forme parte de la tuya; alguien con quien compartir lo bueno de nuestra intrascendente existencia, alguien con quien llorar de vez en cuando, alguien que te haga sentir más completo, más vivo, más allá de lo que dure. Quizás para ser más felices tendríamos que aprender a apreciar y disfrutar el hoy y pensar menos en el mañana. “Amar la trama más que al desenlace” dice Jorge Drexler.

Si en este momento tienes a alguien a quien abrazar con toda certeza, un par de ojos  en los cuales perderte y vivir una, dos o varias vidas,  alguien con quien podrías vivir el resto de tus días, disfrútalo, entrégate, ama, piérdete en la hoguera y vuelve a encontrarte. Saborea el regalo que tienes en este momento. Nadie dice que no pueda durar para siempre. Eso lo deciden ustedes.

Si por otra parte, este post te agarra con el corazón roto, a mitad de un duelo amoroso y sientes que el mundo se acaba porque perdiste al único ser en el universo entero al que puedes amar,   me tomaré la libertad de decirte que te estás mintiendo y en un par de meses te morirás de risa al recordar la tragicomedia. Porque vienen una o más experiencias que seguramente serán tanto o más interesantes que la que acaba de terminar. Créeme, es preferible un libro de varias historias apasionantes, con personajes varios, que un solo drama mal contado.

Y bueno, para los románticos promotores de la estructura familiar más o menos tradicional, que soñamos con un día unirnos espiritualmente a alguien, por medio de un cura católico, un sacerdote maya, un sabio budista, un Imán musulmán, o cualquier otro líder espiritual;  conozcámonos a nosotros mismos primero, entendamos qué queremos de nuestras vidas, qué soñamos y cómo planeamos cumplir nuestros anhelos. La única persona con la que, pase lo que pase,  compartiremos cada uno de nuestros días, somos nosotros mismos. Conviene conocernos, apreciarnos y amarnos. Después podremos ir en busca de alguien para compartir lo que somos, para invitarlo a la aventura.

Yo por lo pronto, como buena mujer empoderada, he empezado a construir mi propio castillo.

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8 pensamientos en “Del amor de tu vida y otras grandes mentiras.

  1. La cura más grande ante la ansiedad moderna de las relaciones consiste en poder disfrutar a la persona que te acompaña en el momento… Creo yo que la equivocación humana más grande es creer enteramente en el destino y el condenarnos a compartir nuestra vida con una sola persona. Hay que disfrutar, nunca sabemos si va a ser algo transitorio o vaya a durar toda la vida y nada ganamos con vivir atascados en el pasado o pensar en un futuro que tal vez nunca llegue. ¡Excelente entrada, felicidades!

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    • Querido Luis, muchas gracias por leerme 😀 Totalmente de acuerdo, con lo que dices. El tema es que con tanta expectativa acerca de la pareja, el amor y la vida perfecta, promovidas por los medios, la cultura y las propias familias, uno llega al ruedo en una sintonía algo alejada de la realidad moderna que mencionas. Creo que lo más fácil para centrarnos es recordar que primero estamos nosotros mismos como seres humanos, que la vida es para disfrutarsa momento a momento y segundo a segundo. Te mando un abrazo grande, como siempre 🙂

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  2. Pingback: 5 cosas medio jodidas de tener 25. Reflexiones de una 20Something. | Es Con Acento

  3. Que bonito, pero que bonito, ha sido toparme contigo! Me tope con tu blog pues de pura casualidad! Y me encantó y me lo he estado devorando poco a poco! Pero que arte para escribir! Y justo en esta entrada, me decidí comentarte, porque yo soy una romántica apasionada empedernida jajaja y también crecí con la idea de encontrar al príncipe azul, pero en este momento de mi vida me he dado cuenta de que ya no lo quiero azul, si no amarillo o verde o naranja! jajaja y si me ha pasado por la cabeza la idea de la eterna soledad, pero como dices, que mejor compañía que uno mismo y si mi príncipe o no príncipe anda por algún lugar del mundo, ya me lo topare en el camino que estoy siguiendo a mis sueños! Un abrazo fuerte, gracias por compartir tu arte con nosotros. Con toda mi admiración, hasta pronto.

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