Lo que las Mexicanas Necesitan y Quizás no te Han Dicho

fantasy-girl-1082212_1920Ir por la calle cuidándote las espaldas. Tratar de ignorar los insultos  del cerdo que te grita en la esquina porque al final sabes que es más fuerte que tú y es mejor no provocarlo. Subir las escaleras de tu departamento de prisa, preguntándote si alguien te sigue. Cerrar la puerta de golpe y poner el candado lo más rápido que puedes. Meterte en la cama tratando de no quedarte dormida tan rápido, pese al cansancio, por si llegas a escuchar a algún ruido, porque finalmente estás sola y sabes el riesgo que ello implica. No es agradable, pero es cosa de todos los días. Te preguntas si en algún punto acabarás acostumbrándote.

Existe un sentimiento que tristemente nos une a la mayoría de las mexicanas, si no es que a todas: El miedo. Vivimos con él desde hace bastante tiempo, desde la vez que nuestra bienintencionada madre nos hizo prometer que no confiaríamos en ningún amigo durante la fiesta, que no aceptáramos bebidas que no abrieran frente a nosotras, que no diéramos “motivo” para que nos faltasen al respeto. O quizás desde antes, cuando nos negaron el permiso de ir a dormir en casa de la amiga que tenía papá o hermanitos, o cuando nos explicaron por qué nuestro hermano menor sí podía usar el coche y regresar tarde de la fiesta. O peor, cuando un hombre mayor nos violentó, nos tocó o nos abusó siendo apenas unas niñas y nos hizo creer que había sido nuestra culpa.

Porque nos han dicho que “está en nosotras” que nada nos pase. Que las víctimas de violaciones, feminicidios, violencia en todas sus expresiones, se lo buscaron. Que las turistas argentinas asesinadas en Ecuador se descuidaron, porque, estando el mundo como está, ¿cómo se les ocurrió viajar solas? Puesto que la compañía de una mujer a los ojos del mundo no vale nada. Que la chica a la que encontraron muerta, violada, torturada, en uno de los muchos canales de este país seguramente andaba con un narco y jugó con fuego; que la compañera de la universidad que despertó inconsciente y desnuda en el departamento de un desconocido seguramente pensó que tenía tremendas ganas de ser violada cuando tomó la primera copa, porque a propósito no quiso darse cuenta de que la bebida estaba adulterada.

Y como se supone que “está en ti” que nada te pase, tomas tus precauciones, por simples o extremas que parezcan. Porque salir a la calle en este país es preguntarte cada día si vas a regresar, si no acabarás en una de las tantas imágenes que se comparten en redes sociales solicitando información sobre tu paradero, o en la portada de uno de esos periodicuchos que muestran sin respeto alguno el cuerpo mutilado de las víctimas de la violencia; o peor, en un lugar remoto junto a las miles de mujeres víctimas de trata.

Los reportes de desaparecidas en México son interminables. Los casos de intentos de secuestro y violaciones se multiplican día con día. Las autoridades no dicen mucho al respecto. Te enteras de que en su mayoría se trata de mujeres menores de 25 años, y aquí es cuando le pides a Dios que el tiempo corra, que los años pasen; pues tu juventud, esa que tendría que ser sinónimo de libertad y aventura, no te representa otra cosa que vulnerabilidad, y una vez más, miedo.

Y no es justo. No mereces ser gobernada por el chingado miedo. No basta con cambiar nuestra mentalidad, no basta salir a la calle de manera optimista e ingenua; tampoco basta con armarnos de gas pimienta, revolver y silbato. Eso nos puede hacer sentir más seguras pero no más libres. La raíz de esta problemática va más allá de nosotras, nuestro entorno y capacidad de impacto, y si queremos cambiarlo  tenemos que empezar por saber lo que como mujeres merecemos.

Merecemos salir a la calle de manera libre, merecemos ser vistas como seres humanos por parte del albañil, por el chofer de autobús, el político, el primo, el hermano, el padre, la pareja, todos los hombres y todas las mujeres. Merecemos dejar de juzgarnos entre nosotras, dejar de culpar a las víctimas de violencia para sentirnos menos vulnerables, menos inseguras. Merecemos un país que se reeduque en perspectiva de género, un país en el que se le ponga un verdadero alto a la violencia que viven esos niños invisibles y futuros agresores. Merecemos familias que eduquen en el amor y la asertividad, NO EN EL MIEDO. Familias en las que se respete a cada uno de sus miembros, donde se les enseñe a las niñas cuán capaces son de conseguir lo que deseen por medio de su inteligencia y sus capacidades; y donde se les enseñe a los niños a  respetar tanto a hombres como a mujeres, donde un NO signifique un NO. Merecemos un país en el que se marche y se haga algo verdaderamente por los niños, los que están en la calle, los que viven en pobreza, víctimas de esclavitud y violencia. Merecemos, hombres y mujeres,  una sociedad que no se olvide de que el monstruo que hoy la aterroriza, ayer era el mismo niño aterrorizado y violentado al que se negó y se sigue negando a voltear a ver.

Las mujeres en México podemos armarnos, prevenirnos, encerrarnos en una burbuja con tal de escapar del maldito miedo. Pero, desgraciadamente, no está en nosotras que no nos violen, que no nos juzguen, que no nos maten.

Necesitamos de ustedes.

 

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