Cuando tienes ganas de llorar y no sabes por qué.

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Hay días en los que no puedes explicar lo que te pasa. Días en los que falta algo, en los que te da por pensar con nostalgia en el pasado, en momentos en los que te sentías invencible. Quizás ni siquiera están pasando cosas difíciles en tu vida, simplemente te cuesta trabajo soportarte, porque no estás donde quisieras estar, porque sientes que ya no tienes 20, porque los planes que tenías para ti a esa edad no han salido como esperabas, porque ya no encuentras la determinación que antes te caracterizaba ni la inspiración que tenías de sobra. Porque las expectativas personales siempre fueron altísimas, porque te creíste los cuentos de las comedias románticas, porque quizás te han bombardeado tanto con la idea de disfrutar y vivir en el presente que hasta te sientes culpable de no estarla pasando poca madre tú que tienes lo que muchos otros seres en el mundo quisieran pero no lo que tú quieres, y que a veces ni siquiera sabes qué es. Y te da miedo. Te da miedo estar desperdiciando el tiempo, estar sufriendo por tonterías y, considerando nuestra naturaleza impermanente, que tu existencia se extinga sin más, porque si fuera el último día de tu vida no querrías gastártelo lamentando las cosas que no hiciste.

Si has perdido a alguien importante en tu vida, conoces el vacío asfixiante que deja el hubiera, conoces la culpa y la impotencia, los conoces tan bien que quizás te persiguen como fantasmas, aterrándote y amenazando con volverse a aparecer de una nueva manera. Y tú perdiendo el tiempo con tonterías. Culpa de nuevo. ¿Qué hacer cuando tienes ganas de llorar y no sabes por qué? Llora y no te pidas explicaciones. Llora y saca la frustración, el miedo, la impotencia y todo aquello que te quite la paz. Llora hasta que tus fantasmas se ahoguen y tú puedas volver a respirar.

Y si tienes ganas de reírte busca una playlist con canciones de tu adolescencia. Esas que, si tienes mi edad, bajabas de Kazaa junto con un zoológico de virus, troyanos y malware que se instalaba en tu computadora en nombre de la canción con la que le llorabas a la chavita que no te peló en la tardeada de la secundaria. Ríete. ríete de las cosas que te atormentaban a los 13 y observa cómo cambiaste, superaste tus miedos y te convertiste en un ser humano completo tras esa complicada y dramática etapa amorfa que le dicen pubertad. Verás que ahora no estás tan perdido.

Y por último, piensa en lo que te hace sentir vivo. Pregúntate desde cuándo no te das el lujo de hacer aquello que amas. Piensa en los lugares con los que soñabas conocer y que quizás ya habías olvidado, piensa en las experiencias que tienes ganas de vivir, en la gente que te falta por conocer, las historias que aún no te han contado. Y sonríe, sonríe porque estás aquí, porque puedes ir tras aquello que sueñas y vivirlo.

 

 

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