Crónicas de Una Terrible Ama de Casa: Un Pedacito de Primavera

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Si tuviera que encontrar una explicación a las personalidades en extremo violentas,  psicópatas y sociópatas de la mayoría de los personajes de Game of Thrones, diría que el es culpa de las estaciones.  Sí, sí… veranos largos, cálidos e idílicos… pero,  ¿inviernos que duran diez años? ¿quién podría soportar eso sin volverse medio loco? Incluso si hubieras nacido al inicio del verano… vivir toda tu adolescencia a quién sabe cuántos grados bajo cero, sin tregua,  dudo que te convirtiera en un adulto con salud mental. Eso, en el hipotético caso de que lograras sobrevivir a las múltiples guerras, los saqueos y, obviamente,  los white walkers.

Pues yo vivo en Winterfell, pero en otro Winterfell. Uno a donde las guerras y los saqueos afortunadamente no llegan, o eso es lo que creemos. Y, mientras que uno puede encontrarse  de vez en cuando con algún  white walker, un par de insultos acompañados del “go back to your country” es lo único que el zombie puede hacerte. A menos que tenga un arma. Y, bueno, no es poco probable que tenga un arma. Pero no quiero entrar en política. Afortunadamente, ninguna de estas cosas me ha sucedido y en general los locales suelen ser muy amables y respetuosos; sin olvidar que el invierno dura sólo entre cinco y seis meses, (aunque a veces bien puedan parecerte diez años).

Tu primer invierno en Winterfell suele ser mágico. Esperas la primera nevada con ansias, juegas como niño, te maravillas con las diferentes sensaciones, el sonido de tus botas al enterrarse en diez pulgadas de nieve, la textura suave y esponjada cuando acaba de caer, lo puro, limpio y elemental del paisaje blanco. Descubres que salir a -15º C no está tan mal si llevas la ropa adecuada, y disfrutas de actividades que en tu país nunca hubieras podido realizar. Pero en los inviernos que siguen te falta algo.  Y se llama capacidad de asombro.

Y entonces las múltiples capas de ropa empiezan a pesar. Salir de la casa  se vuelve un tedioso ritual porque hay que cargar chamarra, guantes, gorro y botas de nieve. El frío comienza a doler, los días cortos de noches largas y la ausencia de sol deprimen, aunque estés tomando vitamina D (que es un hecho que ayuda).  Y si por casualidad, como yo,  has vivido la particular experiencia de romperte la madre en algún deporte invernal, tu cariño por esta estación es posible que se reduzca considerablemente.

Me abrí la frente esquiando. Nunca me había abierto nada. Mi experiencia más extrema hasta entonces había sido rasparme las rodillas contra la banqueta e mi casa. Nunca había sentido un chorro de sangre correr por mi cara, ni por ninguna parte de mi cuerpo, excepto cuando en Sonora me sangraba la nariz por el calor, pero eso no cuenta. Así que ya pueden imaginarse las ganas que tengo de volver a probar suerte con los deportes extremos. Afortunadamente no fue nada serio, pero en aquel momento, presa de un profundo encabronamiento, no pude evitar preguntarme qué chingados andaba haciendo una sonorense sedentaria con un par de esquís. Patinar en hielo te lo paso porque me encanta y “se me da”, pero lanzarte de una colina de quién sabe cuántos metros con nulo conocimiento del deporte, y más importante aún: sin saber cómo caer de la manera correcta ¿A quién se le ocurre? Pobre de mi marido, le tocó una maltratada de aquellas, como si él me hubiera empujado de la colina sin frenos, porque, bueno, ir a esquiar el 31 de diciembre no fue mi idea.

Así que empecé este año agradecida por estar viva y completa, pero convencida de que me urgía que llegara el verano.  Si algo tiene de bueno el Winterfell en el que vivo es que el clima no tiene razón de ser. O la diosa Deméter es medio bipolar o el cambio climático se manifiesta en su esplendor.  Pero a mí me gusta pensar que el Dios en el que creo, en su infinita misericordia se apiada de nuestro sufrimiento invernal y en febrero nos manda un pedacito de primavera para cargar pila y no desesperar.

Desde el lunes pasado tuvimos cielos despejados y temperaturas primaverales de entre los 10 ºC y los 16ºC. Como para salir en bikini a tomar el sol al parque. Obvio tanto locales como extranjeros nos volvimos locos y salimos a las calles a adorar al sol. Y esto me hace darme cuenta de que el invierno tiene un propósito: no sólo nos ayuda a valorar y atesorar los días soleados; nos obliga a encontrar la primavera dentro de nosotros mismos, en una cena con los amigos, en un rato de risas sin control con tu pareja, en una taza de té de jazmín, en una tarde horneando galletas de limón, en las flores del pequeño árbol que te regaló tu amiga, en las dos horas de skype platicando con tu mamá.

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Galletas de limón. ¡Quedaron deliciosas! La receta es de Clotilde Dusoulier “The French Market Cookbook”

Ayer fue un día hermoso. Tenía varias cosas en la cabeza pero mientras me acercaba a alcanzar los rayos de sol que entraban por la ventana, me di cuenta que algunas de las flores blancas del “Pussy Willow” (sí, PUSSY willow, es una planta) que me regaló mi amiga Paty (que además hace los mejores pancakes saludables del mundo), habían “explotado” en pistilos amarillos y al contacto con los rayos de luz, se convertían en pequeños soles colgando de las ramitas del árbol. Pasé más de media hora contemplando ese pedazo de primavera dentro de mi casa. Creo que ha sido la sesión de “mindfullness” no intencional más bonita de mi vida. Gracias, Patricia, no sólo por ser sol en invierno, sino por regalarme un poquito de ti.

Este día, la nieve ha vuelto, desde mi ventana veo caer copos de nieve del tamaño de monedas de diez pesos. Las flores amarillas siguen brillando y, por alguna razón, hoy no me siento tan terrible ama de casa. Hasta es posible que vuelva a sacar a la Marie Kondo que llevo dentro y me ponga a organizar todo con precisión geométrica, como si mi vida dependiera de ello. Y quizás, un rato más, saque los guantes, la chamarra y las botas a dar un paseo.

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Crónicas de una terrible ama de casa: la vida de la “Expat Wife”

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Un día llega tu marido y te dice que ha recibido una oferta de trabajo en el extranjero. Como buena millennial piensas que es una gran oportunidad. Sí, seguro vas a extrañar a tus amigos, a tu familia y a tu cultura, pero la verdad es que puedes escribir donde sea, necesitas tiempo para tu desarrollar tu segunda novela, y aunque seguramente echarás de menos dar clases y la interacción con tus alumnos, la oportunidad de hacer vida en otro país y el enriquecimiento cultural, no te lo puedes perder.

Año y medio después, en pleno invierno y en medio de una crisis existencial, tienes ganas de salir corriendo a México Lindo y Querido.  Y no es el frío, es que ya no te reconoces.

“Maybe I’m taking for granted all the benefits we have here, in this country.” (Quizás no estoy valorando todas las ventajas de vivir en este país), le dije a mi terapeuta  la semana pasada. Porque es cierto, es un lugar hermoso aunque frío como la chingada, seguro, con excelente calidad de vida y en verano se te cruzan venados cuando vas a caminar al parque y salen conejitos del jardín.  Su respuesta fue contundente: “No. Lo que pasa es que te estás dando cuenta del precio que tienes que pagar por apoyar a tu marido y seguir sus sueños”. Puta; Si les contara que nunca en la vida me planteé seguir los sueños de alguien más y llevarme los míos a rastras. ¡Ese no era el trato! ¿Qué chingados le voy a decir a mi yo de 20 años? La decisión de vivir acá la tomamos los dos, esta profunda insatisfacción, este sentimiento de desconexión y el no reconocerme, no es responsabilidad de mi marido.  Yo acepté venir aquí, quizás sin conocer bien los retos a los que la vida de esposa expatriada te enfrenta.

Pero les explico de qué va el conflicto de la “expat wife”. Se le conoce así a toda mujer que deja su trabajo, su carrera y su familia para seguir a su marido a otro país. Al principio puede sonar a una aventura increíble, y tú, en el papel de esposa, puedes sentirte tremendamente privilegiada porque aunque en muchos casos (y dependiendo de la legislación del país de acogida) no podrás trabajar, por fin tendrás tiempo para dedicarte a los sueños y proyectos personales que la vida de godinez te robó.

Y llegas, y todo es nuevo. Te toma unos meses adaptarte, recuperar tu centro y empezar a echar a andar tus proyectos. Comienzas a ver las oportunidades y también los obstáculos de tu nuevo país. Durante este proceso es posible que, tanto deseches algunos de esos proyectos porque en el nuevo contexto no son realizables, como que descubras nuevas opciones.

Y aquí viene la parte tricky del “freelanceo” y el arte de ser tu propio jefe en este contexto. Ya no eres tú, en tu micro departamento en México cocinando y dejando que se acumulen los trastes y dándole prioridad a tus proyectos, que son los que pagan la renta. Ahora eres tú, compartiendo el espacio con la persona que elegiste y a la que no le va a gustar llegar del trabajo (que tanto tú como él inconscientemente consideran más importante y prioritario que tus múltiples proyectos, porque es el que paga las cuentas), y ver la casa hecha un desastre, exactamente como la tengo ahora. Hay platos sucios en la cocina, dos cestos de ropa sin doblar (que al menos está limpia), platos limpios en la lavavajillas que no tengo ganas de poner en su lugar… Y entonces se apodera de ti el espíritu de tu abuela mexicana que te dice “qué vergüenza que una nieta mía sea tan terrible ama de casa”. He tratado de reconciliarme con esa realidad, y ahí la llevo. Soy una TERRIBLE ama de casa, y saben por qué? PORQUE EN MI PUTA VIDA QUISE SERLO. (Al menos, no de tiempo completo).  Porque desde que tenía cinco años y mi mamá me obligaba a recoger y organizar mis zapatos (tarea que odiaba), ella me decía que tenía que aprender a hacer las cosas por mí misma y yo le contestaba que no, porque yo de grande iba a trabajar lo que fuera necesario para pagarle a una persona para ordenara mi casa. ¿A $40 USD la hora? POBRE NIÑA ILUSA. Afortunadamente la voluntad de mi madre por enseñarme fue más fuerte que la mía por no aprender, y aprendí. Gracias, amá, por enseñarme a hacer de todo, aunque a veces lo odie.

Y ya con el espíritu de mi abuela adentro, me pongo a limpiar, con la esperanza de que, tres horas después, cuando vuelva a tener un ataque de inspiración gastronómica, la cocina no quede hecha un asco, de nuevo. La realidad es que darte prioridad a veces es difícil. Darle prioridad a tus proyectos, en este contexto también lo es. Porque para la “expat wife” el marido es quien tiene el trabajo real, y eres tú la que se puede (y se tiene) que adaptar, la que tiene “horario flexible” la que “no pasa nada” si postpone sus lista de tareas o sus proyectos, ¿Al final eres tu propio jefe, no? Y el resultado: productividad mediocre, frustración por los cielos.

Pero estoy convencida de que este conflicto de prioridades depende de mí y estoy trabajando en ello, en equilibrarme, en organizarme (aunque me cague la palabra), en ser firme. Me acaba de hablar mi adorado para preguntar si puedo pasar por él para llevarlo a la oficina. Mi respuesta automática, la que se guía por la inmediatez y la tendencia a complacer, es “sí, en un rato voy por ti”. Pero mi lado más consciente me ha rescatado mientras escribo este artículo. Le llamo y le digo que porfis tome un Uber. Estoy escribiendo este artículo que lejos está de volverme millonaria, pero es mío, es mi catársis, me regresa un poco del propósito perdido. Si yo no me tomo en serio lo que hago, ¿quién?

Es un tema de inmediatez: ¿Qué es más urgente? ¿Que dedique tiempo a mi nueva novela, o que haga algo de comer porque tengo hambre? Creo que conocen la respuesta y el círculo vicioso que desencadena. Y así tardo meses en avanzar lo que en mi departamento cutre de soltera me tomaba un par de días. Soy una escritora idealista tratando de sobrevivir al tedio y la rutina de la vida del ama de casa expatriada. Porque, hablando de problemas de primer mundo, mis amigas en México tienen quien les ayude.

¿Ya se cansaron del lloriqueo? ¿O también les platico de lo sola que me siento a veces y lo mucho que extraño a mi familia y amigos cercanos? Yo ya me cansé, así que mejor dejamos ese tema hasta aquí y les hablo de lo que sí he hecho. He conocido amigas increíbles. Mujeres de diferentes nacionalidades, preparadas, cultas, excepcionales, que como expat wives se enfrentan a retos muy similares a los míos y están buscando la manera de enriquecer carreras y vocaciones que han estado en pausa durante el tiempo que han estado fuera de sus países; algunas de ellas, por convicción, dedican su energía y talento a uno de los proyectos más grandes y retadores a los que un ser humano se puede dedicar: la formación de otro ser humano. Y también están las que simplemente disfrutan la vida, las que viven el presente, las que sueltan, las que son libres. De éstas últimas tengo mucho qué aprender.

En mi tiempo de expat wife he dominado el arte de hace jabones orgánicos de proceso frío, un arte prácticamente medieval; he descifrado los ingredientes y secretos culinarios de un par de docenas de nuevos platillos favoritos de cocinas internacionales variadas (mi Instagram lo prueba), he sido voluntaria en una ONG, he superado con honores el reto gastronómico que creí que nunca iba a superar: la panadería. He dado clases de repostería francesa, he dado más de 70 sesiones gratuitas de asesoría emocional a diferentes personas, he escrito artículos sobre mi tierra, he sufrido bullying virtual de parte de algunos compatriotas por escribir acerca de lo que me gusta de vivir en fuera de México, he empezado una nueva novela que lucha por hacerse un espacio en mi rutina,  Ha habido días de verano en los que me siento completa, satisfecha y afortunada. Hoy, en pleno febrero, no es uno de ellos. No estoy contenta, no me siento completa porque extraño sentirme parte de algo más grande.

Tengo una gran tarea, amigos: O encuentro algo que me llene de verdad y me devuelva la identidad perdida aquí, en este lugar, o comienzo a hacer mi maleta. Y la de mi marido.

Advertencia: Es posible que en verano me caiga de risa al leer estas afirmaciones y me retracte por completo. Así de pinche bipolar es la vida en Winterfell.