Promesas de Una Madre Feminista a su Futura Hija

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1. No criticaré el cuerpo de otras mujeres, ni su peso, ni su manera de vestir. Trabajaré para enseñarte a respetar y amar tu cuerpo, y el día en que la publicidad y los estándares de belleza imposibles amenacen tu seguridad, tú puedas reflexionar, cuestionar y tener claridad.

2.Tendrás tantas muñecas para jugar  como carritos, bloques de construcción y juegos de química. Siempre podrás elegir entre azul, rosa, verde o amarillo y respetaré si un día decides vestirte de princesa o de astronauta.

3. Hablaré de sexo y sexualidad responsable contigo, cuando llegue el momento.

4. Te compartiré mi fé, lo que creo y lo que no creo; y te llevaré a conocer otros métodos y formas de espiritualidad con el objetivo de que formes un criterio rico, tolerante y propio.

5. No juzgaré las decisiones sexuales o reproductivas de otras mujeres. Porque no me corresponde, porque el mundo ya tiene suficientes prejuicios y quiero que, por lo menos desde mi ejemplo, sepas que a la hora del café con las amigas, hay temas de conversación mucho más interesantes que las decisiones de alcoba de otras personas.

6. Jamás escucharás en casa comentarios que discriminen o minimicen a alguien por su orientación sexual, religión, género, raza o posición social. Trabajaré para que aceptes y respetes a los demás por su condición de humanos, pues de ello dependerá tu propia aceptación.

7. Te trataré con total equidad con respecto a tu hermano, tus primos o amigos varones. Las reglas en casa serán las mismas para ambos, al igual que las consecuencias. Construiré día a día desde nuestro hogar, el mundo equitativo con el que sueño.

8. Haré todo lo que esté en mis manos para que seas una mujer preparada, independiente y capaz de valerse por sí misma. Y si un día decides formar una familia y dedicarte a ella, te apoyaré incondicionalmente.

9. Apoyaré y promoveré tus sueños vocacionales, por difíciles que parezcan, tanto como haré con los míos.

10. Trataré con respeto y amor a tu padre y te mantendré ajena a cualquier conflicto que se dé entre nosotros.

11. Respetaré tu cuerpo y nunca te obligaré a dar besos o abrazos si no quieres. Sí la tía o la abuela quieren muestras de cariño, que se ganen tu confianza primero. Tu cuerpo es tuyo.

12. Aunque para mí seas lo más bello del universo, no me limitaré a llamarte “bonita”, “preciosa” o adjetivos similares. Reforzaré tu confianza en ti, reconociendo tu inteligencia, tu audacia, tu valentía, tu generosidad y dedicación. Trabajaré para que aprendas a valorarte y valorar a los demás  más allá de las apariencias.

13. En su momento, te hablaré de la menstruación con naturalidad y como algo positivo, para que aprendas a amar tu cuerpo, honrar sus ciclos y la magia que habita en él.

15. Trabajé para sanar mis heridas como mujer, por mí, por mí individualidad, porque sanarse a sí mismo es sanar a la humanidad, y entre más completa y plena me sienta, más podré ayudarte a construirte como ser humano.

16. Te aburriré con mis clases de historia y trabajaré para que conozcas los retos a los que nuestro género se ha enfrentado a lo largo de los años, para que reconozcas la lucha de tantas mujeres y hombres valientes que permitieron que tú nacieras en un entorno más igualitario y menos hostil.

17. Te motivaré para que te involucres en la causa social que tú decidas, porque la lucha por un mundo más justo no ha terminado; para que puedas experimentar la satisfacción de formar parte de algo más grande que tus propios intereses individuales, para que seas un ser humano empático y sensible al dolor ajeno.

18. Te prometo que cada vez que me equivoque sabré pedirte perdón.  Porque aunque voy a dar lo mejor de mí y pondré todo mi empeño en ello, voy a cometer errores y no siempre sabré darte lo que necesites.

19. Te mostraré el mundo. Lo bello y lo no tanto. Porque aunque sigue siendo un lugar difícil y hostil para las mujeres, y es probable que en más de una ocasión vivas en carne propia la discriminación y la frustración, no estás sola; y este loco lugar lleno de maravillas merece ser recorrido.

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Cuando tienes ganas de llorar y no sabes por qué.

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Hay días en los que no puedes explicar lo que te pasa. Días en los que falta algo, en los que te da por pensar con nostalgia en el pasado, en momentos en los que te sentías invencible. Quizás ni siquiera están pasando cosas difíciles en tu vida, simplemente te cuesta trabajo soportarte, porque no estás donde quisieras estar, porque sientes que ya no tienes 20, porque los planes que tenías para ti a esa edad no han salido como esperabas, porque ya no encuentras la determinación que antes te caracterizaba ni la inspiración que tenías de sobra. Porque las expectativas personales siempre fueron altísimas, porque te creíste los cuentos de las comedias románticas, porque quizás te han bombardeado tanto con la idea de disfrutar y vivir en el presente que hasta te sientes culpable de no estarla pasando poca madre tú que tienes lo que muchos otros seres en el mundo quisieran pero no lo que tú quieres, y que a veces ni siquiera sabes qué es. Y te da miedo. Te da miedo estar desperdiciando el tiempo, estar sufriendo por tonterías y, considerando nuestra naturaleza impermanente, que tu existencia se extinga sin más, porque si fuera el último día de tu vida no querrías gastártelo lamentando las cosas que no hiciste.

Si has perdido a alguien importante en tu vida, conoces el vacío asfixiante que deja el hubiera, conoces la culpa y la impotencia, los conoces tan bien que quizás te persiguen como fantasmas, aterrándote y amenazando con volverse a aparecer de una nueva manera. Y tú perdiendo el tiempo con tonterías. Culpa de nuevo. ¿Qué hacer cuando tienes ganas de llorar y no sabes por qué? Llora y no te pidas explicaciones. Llora y saca la frustración, el miedo, la impotencia y todo aquello que te quite la paz. Llora hasta que tus fantasmas se ahoguen y tú puedas volver a respirar.

Y si tienes ganas de reírte busca una playlist con canciones de tu adolescencia. Esas que, si tienes mi edad, bajabas de Kazaa junto con un zoológico de virus, troyanos y malware que se instalaba en tu computadora en nombre de la canción con la que le llorabas a la chavita que no te peló en la tardeada de la secundaria. Ríete. ríete de las cosas que te atormentaban a los 13 y observa cómo cambiaste, superaste tus miedos y te convertiste en un ser humano completo tras esa complicada y dramática etapa amorfa que le dicen pubertad. Verás que ahora no estás tan perdido.

Y por último, piensa en lo que te hace sentir vivo. Pregúntate desde cuándo no te das el lujo de hacer aquello que amas. Piensa en los lugares con los que soñabas conocer y que quizás ya habías olvidado, piensa en las experiencias que tienes ganas de vivir, en la gente que te falta por conocer, las historias que aún no te han contado. Y sonríe, sonríe porque estás aquí, porque puedes ir tras aquello que sueñas y vivirlo.

 

 

Lo que el Fenómeno de los XV de Rubí Nos Dice de la Sociedad Mexicana

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Si abriste este artículo es porque sabes de lo que estoy hablando. ¿Y quién no? Hace unos días la invitación que Crescencio Ibarra hacía a la comunidad de la Joya para formar parte de la celebración por los quince años de su hija Rubí, se viralizó a tal punto de convertirse en noticia en Estados Unidos, Francia, Reino Unido y demás países. Las reacciones han sido por demás coloridas. Memes de todo tipo, parodias, notas periodísticas y manifestaciones de famosos deseosos de asistir al evento,  inundaron nuestras redes sociales, y tanto el contenido como los comentarios interminables de la gente, nos dicen un montón de cosas acerca de nuestra curiosa y retorcida sociedad. Aquí una pequeña lista de las impresiones con las que me quedo.

1. Hay un sector de la sociedad mexicana tremendamente clasista y ASQUEROSAMENTE prejuicioso.

Ese sector educado por los gritos de Soraya Montenegro y tantas otras villanas ricachonas de telenovela, que tratan de reafirmar su superioridad tildando de “nacos”, “indios” y “marginales” a quienes consideran inferiores en status socioeconómico o clase. Pues varios de estos funestos personajes sacaron sus prejuicios y frustraciones en redes, con sus comentarios despectivos hacia la quinceañera, los padres y la situación en general. La familia de Rubí lo único que hace en el video es invitar muy amablemente a su comunidad a ser partícipe de una celebración completamente inofensiva, basada en tradiciones regionales muy respetables y que no le hacen daño a nadie. El México rural, con sus fiestas interminables, sus carreras de caballos y su gente sencilla y cero pretenciosa, es cultura. ¿O me vas a decir que cuando sales del antro vomitando en tus tacones de marca vas escuchando a Mozart?

Es hora de que empecemos a ser más personas y dejemos de insultar, discriminar y menospreciar las tradiciones de nuestros compatriotas. México es amplio y su folklore es rico y variado. Ultimadamente, si la chiva es en billetes o en barbacoa, ¿cuál es el chingado problema?

 

2.  A los pseudintelectuales de México su mamá no les hacía caso de chiquitos. Y quisieron echarle la culpa a Rubí.

Mientras unos encantados con el folklore compartían la información y los memes, otros dándose golpes de pecho vaticinaban el fin de la sociedad mexicana y le echaban la culpa a la quinceañera, con su familia y a los millones de “ignorantes” que formaban parte del “condenado circo” que estaba alienando y distrayendo al pueblo de los verdaderos problemas del país. Para ellos, tengo un par de comentarios:

  • Ni Rubí ni su familia tienen la culpa de que hace cuatro años la mayor parte del pueblo de México tomara una decisión tan pendeja a la hora de rayar su boleta electoral.
  • Pagar tus impuestos, no meterte en la fila y no ser corrupto es lo mínimo indispensable para ser un ciudadano decente, pero no es suficiente para cambiar el sistema ENORME de corrupción y tráfico de influencias que gobierna al país. Si no participas como ciudadano en la política de tu comunidad, no esperes que la cosa cambie pronto.
  • La gente no se la puede pasar llorando por la realidad surrealista en la que vive. Todos los seres humanos necesitamos entretenimiento y distracción. Eso no significa que no estemos conscientes de nuestra realidad. Si un video en las redes sociales nos saca una sonrisa y no ofende a nadie, ¿cuál es el problema?
  • Los gasolinazos del 2017 y el robo masivo te los va a aplicar el gobierno de cualquier manera, como todo el tiempo. Mejor preocúpate por elegir bien en 2018 y forma parte de las iniciativas ciudadanas que buscan cambiar desde dentro el sistema político. INVOLÚCRATE con las ONG’s que trabajan por el desarrollo social y educativo de tu comunidad.
  • Ser hater no te hace más importante ni más inteligente ni mejor ciudadano. Mucho menos si has llorado más por la muerte de Ned Stark que por los 43 de Ayotzinapa. Cada quien decide qué hacer con su tiempo de ocio.

 

4. A los mexicanos nos encanta el tren del mame

Para muestra bastan las más de un millón de confirmaciones al evento (falso) de Facebook sobre la fiesta de Rubí, y los miles de memes.  Insisto, si te saca una sonrisa y no ofende a nadie, ¿cuál es el problema con compartir?

 

5. A las televisoras les URGE rating. Y esto es una buena señal.

Si viste el video de Rubí bailando el vals en televisión nacional con su padrino el “Hay muchas cosas… wuuu” sabes de qué hablo. Y esto particularmente me da un gusto ENORME, porque muestra que la audiencia ya no se engancha tan fácil con el contenido basura de siempre. Tan desesperadas están estas empresas, que recurren a los personajes de las redes para ganar un poco de interés. Claro, en redes también hay contenido basura, pero por lo menos no enriquece a la maquinaria propagandística cómplice del podrido sistema político, y tienes la libertad de elegir la basura que consumes, con la tranquilidad de que no te está vendiendo a un mal presidente.

Yo por mi parte le deseo un feliz cumpleaños a Rubí y me quedo con las ganas de colarme, porque si algo puedo decir al respecto, es que las fiestas de rancho son una chulada. La música  y el ambiente no paran, la comida es deliciosa (si te toca) y la gente súper buena onda.

 

Mujer, Por Favor, Ponte Lo Que Te Dé la Gana

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“La forma correcta de usar leggings” “Siete prendas que te harán lucir más delgada” “Tipos de blusas para senos pequeños””Cómo disimular un busto grande” Pareciera que las revistas se dedican a vender inseguridades. Dentro de nuestra cultura la mujer no tiene derecho a mostrarse tal cual es, al natural. El ideal de belleza inalcanzable de la publicidad nos vuelve dependientes de mil y un productos y trucos para acercarnos a la supuesta perfección, representada por mujeres manipuladas con cirugías estéticas y retoques fotográficos. Eso sí, nada es gratis, señoras.

A su vez los medios de comunicación manejan un doble discurso, invitándonos a expresar nuestra individualidad, siempre y cuando ésta vaya de acuerdo con los parámetros que ellos establecen: Cintura pequeña, bubble butt, senos firmes y redondos como pelotas, nariz recta y ligeramente respingada, ojos grandes, labios carnosos, facciones finas. Si la lotería genética no te dotó con éstas características, la industria te ofrece soluciones que van  desde prendas de ropa para disimular los defectos, hasta procesos quirúrgicos para alcanzar las metas estéticas del momento. Una enorme industria que se alimenta de algo muy feo: nuestras inseguridades.

Lo más interesante del asunto es cómo las mujeres adoptamos, integramos y promovemos los prejuicios. Nuestras familias nos motivan a aceptarnos como somos, pero no tanto. En mi familia norteña, el que una mujer salga a la calle de cara lavada, sin peinar y en chanclas es políticamente incorrecto, nuestras madres no nos enseñaron a ser así de cuachalotas y descuidadas. Escuchamos desde niñas a las mujeres de nuestra familia criticando a la vecina por no arreglarse, a la tía por estar gorda, a la sobrina por estar demasiado flaca, a la amiga por usar ropa que no le favorece. Crecemos dentro de una cultura de la no aceptación y del disfraz, donde verte bonita y ser agradable a los ojos del otro es una obligación. Aprendemos desde pequeñas a avergonzarnos de nuestro cuerpo, pues  pareciera que lo último a lo que tenemos derecho es a salir a la calle y mostrarnos como somos. Desahogamos los prejuicios y las críticas despiadadas que hemos recibido de otros aplicándolas a otras mujeres, burlándonos de quienes consideramos que están más lejos del supuesto ideal de belleza, compartiendo en nuestras redes sociales imágenes de “pecados mortales” de la moda, que suelen no ser otra cosa que mujeres con sobrepeso utilizando una prenda exclusiva de las flacas, o viceversa. Nos damos el lujo de sentirnos ofendidas y agraviadas ante lo que consideramos el mal gusto ajeno, sin darnos cuenta de que al condenar y limitar la libertad del otro limitamos nuestra libertad propia. De pronto pareciera que las únicas mujeres con derecho de existir y caminar libremente por la vida son las que aparecen en las revistas. Nada más falso.

Por eso en este post tengo ganas de decirles que se pongan lo que les dé su chingada gana. Así, nada más. Ponte lo que te haga sentir cómoda, así sean unos tacones de 15 centímetros o un par de pantuflas. Maquíllate si se te antoja, o tanto como se te antoje. Arréglate las uñas si quieres, y desarréglatelas cada vez que decidas que tus manos sirven para cosas más valiosas que verse bonitas. Ni la vida es una eterna pasarela ni vale la pena desperdiciarla posando todo el tiempo para un público con inconformidad crónica. Dicen que las cosas que valen la pena arruinan el peinado, despéinate todo lo que puedas. Disfrútate, disfruta ser tú  nada más porque sí, porque no existe otra igual.

¿Y los hombres? Esos seres despistados viven ajenos a estas dinámicas sin sentido, en una realidad alterna que no les permite entender por qué pasas tres horas en el espejo. El ser humano que que valga la pena tener a tu lado será siempre aquel que te quiera más feliz que maquillada, ese que no entiende la razón por la que pasas horas arreglándote puesto que para él no tienes nada descompuesto.

Acéptate, deja de criticarte, recuerda que la industria de belleza es una ENORME mentira, que Natalie Portman, Emma Watson, Katy Perry, Beyoncé y las top models no son las únicas mujeres que merecen existir y ser libres, que ellas también tienen inseguridades y que, peor aún,  son juzgadas por millones de seres que creen que ellas no tienen derecho a engordar, a salir mal en una foto o a envejecer.  Para esta cultura de consumo y lo superficial, no hay nada más peligroso que una mujer que se acepta tal cual es, que atesora su feminidad, que se quiere y conoce su potencial. Una mujer así es una mujer invencible.

 

El día que Gaby Perdió su Virginidad en 1º de Primaria

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Gaby tenía seis o siete años, era unos meses mayor que yo y una de mis mejores amigas. De hecho me superaba en peso y tamaño y nuestra relación comenzó con una de nosotras siendo intimidada por la otra. El segundo día que llegué a casa lamentando que Gaby me había pegado, mi papá me contestó que, o me defendía y le metía un trancazo, o él me iba a pegar a mí (cosa que obviamente, nunca en su vida hizo  y yo tuve una infancia bastante normal, enfrentando el bullying “a la sonorense”). Al siguiente día descubrí mi súper poder, esa increíble capacidad escondida en un cuerpo pequeño y delgado, pero con una mano dura, bastante dura. A Gaby le bastó con probar una sola de mis ultra poderosas cachetadas para tenerme un poco de respeto y dejar de meterse conmigo. Hasta amigas nos hicimos y yo me di cuenta de que detrás de su imagen de grandulona aprovechada, había un gran corazón. Uno muy enamoradizo. Ahora vamos al escabroso asunto de la virginidad.

Mi primer acercamiento al tema tuvo lugar una calurosa tarde, de esas que no dan más que para encerrarse con el aire acondicionado a todo y ver la horripilante novela de las tres. Estaba sentada con Graciela, mi madre, y veíamos un drama de esos ridículos con los que Televisa planeaba atrapar a sus televidentes transportándolos a un contexto rural, idílico y estúpidamente apasionado. El asunto es que, en medio de unas caballerizas pulcras y prefabricadas (nada parecidas a las que yo había visto en el pueblo de mis abuelos), un personaje femenino —que no era la sacrosanta protagonista a la que se le iba la novela en llorar y rezarle a la Virgencita para que Francisco José Máximiliano del Campo y la Madre le hiciera caso — le reclamaba al Francisco José Ma…. que le había entregado su vida, sus sueños y —pausa dramática y close up— SU VIRGINIDAAAAD.

— Mami, ¿qué es la VIRGINIDAAAAD?

Mi madre puso una cara como de “y yo pensé que después de cómo nacen los bebés, las preguntas incómodas se habían acabado”.  Se quedó pensando un ratito y, con esa cara que años después descubrí que ponía cada vez que se inventaba un buen cuento, me dijo:

— Es cuando una mujer nunca le ha dado un beso a un hombre, tesoro.

Día siguiente llega mi  amiga Gaby después del recreo presumiendo que le había dado un beso a su novio Jesús Javier (mi crush de los seis años).  A lo que yo, escenificando un poco del drama que según la novela, requería el asunto de la virginidad, la vi abriendo mis ojos lo más que podía y con una expresión mitad susto mitad desprecio le dije:

— Gaby…. YA NO ERES VIRGEN.

Su cara de travesura se transformó en desconcierto, me dijo “estás loca, flaca” y el llamado de nuestra maestra nos distrajo del tema.

A los seis años tuve un acercamiento bastante cómico  con un tema tormentoso. Si mi madre creía que con el cuento del beso se me iba a olvidar el tema, estaba muy equivocada. La niña de seis años sacó sus conclusiones aquella tarde, y me quedaron clarísimos algunos conceptos acerca de la virginidad:

  1. Es exclusiva de la mujer.  Mi madre fue bastante clara cuando dijo que es cuando una MUJER nunca ha besado a un HOMBRE, así que supuse que los hombres no tenían que preocuparse por la suya y ellos eran libres de besar a las mujeres que quisiesen, y hasta podían darse el lujo de rechazarlas por ello.
  2. Es importante conservarla.  La fulana lloraba porque la había perdido y Francisco José Maximiliano la miraba con cara de desprecio.
  3. A los hombres no les gusta que no la tengas, aunque la hayas perdido con ellos. Francisco José Maximiliano con cara de desprecio.
  4. La protagonista bonita, buena y rezadora la conserva hasta el final de la novela. O Francisco José Maximiliano ya no la querría. Esperen un momento, la protagonista se ha besado varias veces con el fulano… entonces ya no es virgen, entonces la virginidad no es tan importante, ¿o sí? mamáaaaaaaa….

Con el tiempo el tema perdió importancia. Después volvió con más fuerza un fantasma disfrazado de virtud obligada, de religiosidad misógina, de control milenario. Dicen que todo empezó con la propiedad privada, hace siglos. El hombre, al adquirir el derecho de heredar, tenía que asegurarse de que sus hijos fueran realmente suyos, así que, mujer: al claustro, a la torre más alta, donde no te vean, donde no veas a nadie, donde no peques. El hombre, a diferencia es libre de hacer y deshacer.

Durante mi adolescencia me tropecé con bienintencionadas advertencias como  “Hay que cuidar el tesorito porque fruta manoseada no hay quien la quiera”  “El hombre es de la calle y la mujer es de la casa” y hasta hace no mucho tuve un altercado con un familiar que aseguraba que las muchachas de ahora “son muy facilitas”, que a los hombres les gusta correr un carro con kilometraje cero. Mi respuesta: ¿Quién te crees tú, que exiges coche agencia y ofreces motor desvielado al que hace siglos se le derramó el aceite?”

El concepto de la virginidad tiene una profunda relación con la satanización de la sexualidad, ésta última, uno de los principales detonantes de trastornos de carácter sexual e incluso abuso sexual. Durante el tiempo que colaboré con Fundación PAS, organización dedicada a la prevención del abuso sexual infantil, fui testigo de muchos casos terribles. Entre ellos, el de una niña de 14 años que presentaba conductas sexuales de  riesgo, múltiples parejas a tan corta edad, relaciones sin protección, etc. Al preguntarle la terapeuta la razón de todo aquello, la respuesta fue la siguiente: mi tío me violó cuando tenía 10 años. Ya no soy virgen, ¿qué tengo que perder?

Ninguna niña, ningún niño merece cargar una culpa de ese tamaño. Ninguna mujer, ningún ser humano merece ser juzgado por las decisiones que toma respecto a su cuerpo. Quizás es momento de  dejar de educar en el miedo  y promover el respeto y el amor hacia nosotros mismos. Tan absurdo es discriminar a alguien por ser virgen como por no serlo.

Sobre Gaby, creo que el trauma psicológico resultante de la confusión no fue muy grande. Años después que le pregunté si recordaba el incidente, se botó de risa y respondió que no.

 

 

Lo que las Mexicanas Necesitan y Quizás no te Han Dicho

fantasy-girl-1082212_1920Ir por la calle cuidándote las espaldas. Tratar de ignorar los insultos  del cerdo que te grita en la esquina porque al final sabes que es más fuerte que tú y es mejor no provocarlo. Subir las escaleras de tu departamento de prisa, preguntándote si alguien te sigue. Cerrar la puerta de golpe y poner el candado lo más rápido que puedes. Meterte en la cama tratando de no quedarte dormida tan rápido, pese al cansancio, por si llegas a escuchar a algún ruido, porque finalmente estás sola y sabes el riesgo que ello implica. No es agradable, pero es cosa de todos los días. Te preguntas si en algún punto acabarás acostumbrándote.

Existe un sentimiento que tristemente nos une a la mayoría de las mexicanas, si no es que a todas: El miedo. Vivimos con él desde hace bastante tiempo, desde la vez que nuestra bienintencionada madre nos hizo prometer que no confiaríamos en ningún amigo durante la fiesta, que no aceptáramos bebidas que no abrieran frente a nosotras, que no diéramos “motivo” para que nos faltasen al respeto. O quizás desde antes, cuando nos negaron el permiso de ir a dormir en casa de la amiga que tenía papá o hermanitos, o cuando nos explicaron por qué nuestro hermano menor sí podía usar el coche y regresar tarde de la fiesta. O peor, cuando un hombre mayor nos violentó, nos tocó o nos abusó siendo apenas unas niñas y nos hizo creer que había sido nuestra culpa.

Porque nos han dicho que “está en nosotras” que nada nos pase. Que las víctimas de violaciones, feminicidios, violencia en todas sus expresiones, se lo buscaron. Que las turistas argentinas asesinadas en Ecuador se descuidaron, porque, estando el mundo como está, ¿cómo se les ocurrió viajar solas? Puesto que la compañía de una mujer a los ojos del mundo no vale nada. Que la chica a la que encontraron muerta, violada, torturada, en uno de los muchos canales de este país seguramente andaba con un narco y jugó con fuego; que la compañera de la universidad que despertó inconsciente y desnuda en el departamento de un desconocido seguramente pensó que tenía tremendas ganas de ser violada cuando tomó la primera copa, porque a propósito no quiso darse cuenta de que la bebida estaba adulterada.

Y como se supone que “está en ti” que nada te pase, tomas tus precauciones, por simples o extremas que parezcan. Porque salir a la calle en este país es preguntarte cada día si vas a regresar, si no acabarás en una de las tantas imágenes que se comparten en redes sociales solicitando información sobre tu paradero, o en la portada de uno de esos periodicuchos que muestran sin respeto alguno el cuerpo mutilado de las víctimas de la violencia; o peor, en un lugar remoto junto a las miles de mujeres víctimas de trata.

Los reportes de desaparecidas en México son interminables. Los casos de intentos de secuestro y violaciones se multiplican día con día. Las autoridades no dicen mucho al respecto. Te enteras de que en su mayoría se trata de mujeres menores de 25 años, y aquí es cuando le pides a Dios que el tiempo corra, que los años pasen; pues tu juventud, esa que tendría que ser sinónimo de libertad y aventura, no te representa otra cosa que vulnerabilidad, y una vez más, miedo.

Y no es justo. No mereces ser gobernada por el chingado miedo. No basta con cambiar nuestra mentalidad, no basta salir a la calle de manera optimista e ingenua; tampoco basta con armarnos de gas pimienta, revolver y silbato. Eso nos puede hacer sentir más seguras pero no más libres. La raíz de esta problemática va más allá de nosotras, nuestro entorno y capacidad de impacto, y si queremos cambiarlo  tenemos que empezar por saber lo que como mujeres merecemos.

Merecemos salir a la calle de manera libre, merecemos ser vistas como seres humanos por parte del albañil, por el chofer de autobús, el político, el primo, el hermano, el padre, la pareja, todos los hombres y todas las mujeres. Merecemos dejar de juzgarnos entre nosotras, dejar de culpar a las víctimas de violencia para sentirnos menos vulnerables, menos inseguras. Merecemos un país que se reeduque en perspectiva de género, un país en el que se le ponga un verdadero alto a la violencia que viven esos niños invisibles y futuros agresores. Merecemos familias que eduquen en el amor y la asertividad, NO EN EL MIEDO. Familias en las que se respete a cada uno de sus miembros, donde se les enseñe a las niñas cuán capaces son de conseguir lo que deseen por medio de su inteligencia y sus capacidades; y donde se les enseñe a los niños a  respetar tanto a hombres como a mujeres, donde un NO signifique un NO. Merecemos un país en el que se marche y se haga algo verdaderamente por los niños, los que están en la calle, los que viven en pobreza, víctimas de esclavitud y violencia. Merecemos, hombres y mujeres,  una sociedad que no se olvide de que el monstruo que hoy la aterroriza, ayer era el mismo niño aterrorizado y violentado al que se negó y se sigue negando a voltear a ver.

Las mujeres en México podemos armarnos, prevenirnos, encerrarnos en una burbuja con tal de escapar del maldito miedo. Pero, desgraciadamente, no está en nosotras que no nos violen, que no nos juzguen, que no nos maten.

Necesitamos de ustedes.

 

No Soy tu Reina. Carta a un Acosador Callejero.

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No soy tu reina, aún no soy “mamacita” de nadie y para tu mala suerte,  no me considero “chiquitita”. Y precisamente por eso, tus palabras ni me halagan ni me intimidan, simplemente me desconciertan. Me pregunto si te gustaría que alguien más tratara así a tu “madrecita santa”, a tu hermana o a tu hija. Ellas, como yo, también tienen una vagina. La razón por la que tú, que ni siquiera me conoces, te sientes con derecho de fastidiarme en la calle.

Alguna vez pensé que me libraría de ti al salir de mi lugar de origen, demasiado surrealista incluso para Dalí; pero ya hace tiempo me di cuenta de que aquellas eran falsas esperanzas. Simplemente hoy temprano, del otro lado del mundo, he salido a la calle a caminar y tomar unas fotos en uno de los lugares sagrados del monoteísmo, repleto de las únicas mujeres a las que quizás respetas porque llevan hábito,  y ahí estabas. Con un acento distinto, una imagen diferente, pero con la misma risa descarada y gesto primitivo. Me lanzaste un par de besos de esos prolongados con los que parecías succionar tu propia boca, me miraste con burla.

En tu limitado universo te imaginas que me he ganado tu vulgaridad, tu falta de respeto; que merezco ser objetivada y minimizada, por pintarme la boca roja o no pintármela; por usar vestido, leggings, jeans o falda holgada; por ser amable, extrovertida o por apretada. Por caminar delante de ti, por respirar, por existir, por ser mujer.  Porque en algún punto de tu raquítica educación te hicieron creer que a las mujeres nos toca aguantar. Porque “boys will be boys” porque tus instintos sexuales están por encima de mi dignidad, una dignidad inferior a la tuya, una dignidad de mujer.

Me gustaría mandarte a chingar a tu madre, pero eso sería seguir la misma lógica machista. A veces mejor te ignoro, otras te grito en la cara que te vayas al diablo; y la mayoría de las veces, como hoy, siento lástima por ti.

Porque tu atrevimiento no denota otra cosa que tu tremenda inseguridad. Mi presencia te intimida. Eres incapaz de acercarte como un ser humano y preguntarme mi nombre, la hora o cómo está el clima. Me consideras fuera de tu alcance y eso te molesta, por eso decides agredirme, puesto que es lo único que te queda. Quizás después de molestarme con tu piropo vulgar  te preguntes cómo sería salir a comer, a bailar o a tomar un café conmigo. Y dado que, querido acosador sexual (porque eso eres), eso nunca sucederá y yo no tendré oportunidad  de analizar tu patológico inconsciente, quiero que sepas unas cuantas cosas:

1. Mi cuerpo, muy a tu pesar, es mío. Yo decido cómo lo visto y con quien lo desvisto. Tú no tienes absolutamente nada que ver en ello y mis decisiones no te dan derecho a agredirme.

2. No necesito tu aprobación. Sé mejor que tú, que el vestido negro de hace rato me queda bien, me hace sentir bonita; con él me seduzco a mí misma y a la persona que amo. Tú no figuras en NINGUNA parte de la historia. SUPÉRALO.

3. Tu conducta no es justificable, BAJO NINGUNA CIRCUNSTANCIA. Quizás antes podías resguardarte en nuestra vulnerabilidad para además hacernos sentir culpables de tu bravuconería. Pero, ¿adivina qué? ESTAMOS HARTAS. Ya no nos impresionas, hace tiempo dejaste de causarnos miedo.

4. Tu “estrategia” de seducción no sirve. Si alguna vez en tu estupidez, has creído que faltándole al respeto a una mujer  vas a conseguir algo de ella, estás muy equivocado. O dime cuántos de tus acercamientos ridículos han resultado en romance.

5. Lo que haces se llama ACOSO SEXUAL CALLEJERO; y no es nada de lo qué estar orgulloso.

Ojalá un día encuentres en algún lado un poquito de autoestima. Ojalá un día aprendas a respetarte a ti mismo, porque, querido acosador sexual, tu conducta es el claro reflejo de tu ignorancia, tus miedos y tu ENORME inseguridad.

Atte.

La mujer a la que no te atreves a invitar a salir.

El Veneno de las Mariposas. Primer Capítulo.

Como muchos ya saben, me he lanzado a la aventura de publicar mi primera novela, y gracias a un equipo de gente maravillosa estamos muy cerca de lograrlo. Les dejo aquí el primer capítulo de El Veneno de las Mariposas, esperando que lo disfruten y se animen a apoyar mi proyecto 🙂

Marie. Fotografía: César Alpuche. Actriz: Stana Carrillo

Marie. Fotografía: César Alpuche. Actriz: Stana Carrillo

I.Coïncidences

París. 1905

Léonore tiene 21 años.  Es una muchacha impaciente y le gusta. Le gusta molestarse cada vez que Adélaïde, la cocinera, sirve crème brûlée de postre y en el comedor comienza una guerra franco española en la que Mariana, su madre, digna defensora de la patria que la vio nacer, asegura que la crema catalana fue primero que la crème brûlée, retando la mirada suspicaz  y reprobatoria de su marido Dominique,  quien desde la trinchera francesa asegura que el caramelo fue un invento francés; por lo que la crème brûlée fue primero que la catalana. Ante el ataque, Mariana pide ayuda a su sobrina María Cecilia, pero a la joven le importan muy pocas cosas, y defender la  patria de su familia materna ante la ofensiva francesa no es una de ellas.  Léonore sabe que la discusión termina cuando el platillo se enfría un poco y está listo para ser degustado. Se escucha el crujir del caramelo al romperse y la familia ocupa sus lenguas en algo más placentero que una discusión sin fin.

Léonore habla mucho, pero también le gusta escuchar. A menudo riñe con su prima María Cecilia, porque no es capaz de seguirle el ritmo al momento de conversar.

— ¿Para qué quieres que hable? Con tu conversación tenemos suficiente para las dos— contesta María.

— ¡Marie! Lo divertido de contarle secretos a alguien, es que te cuente sus secretos.

— Yo no tengo secretos — contesta Marie lacónicamente y con una sonrisa sincera.

Marie tiene la misma edad que Léonore. A Marie no le gusta hablar. Quizás porque no está conforme con su destino  y haber dejado Madrid a los 10 años — tras la muerte de su padre— para vivir con la familia de su tía materna en París,  le había obligado a aprender un idioma que desde la primera vez que lo escuchó le pareció cursi. Al principio se propuso no aprenderlo, pero la tía Mariana no podía ser la única persona  con la que se comunicara, y soportar el hecho de que sus primos murmuraran cosas en francés y se rieran de ella a diario le pareció tan imposible como dejar de patearles las costillas cada vez que lo hacían. Así que la pequeña María Cecilia se resignó a convertirse en  Marie Cécile, guardando en una cajita su español, junto con las palabras bonitas y los besos de su padre.

Esta tarde Adélaïde no ha servido crème brûlèe. En su lugar, ha agasajado a la familia con un pastel de miel y azahar, aroma que a Marie le provoca náuseas. Pero ni Adélaïde, ni sus tíos, ni Léonore lo saben. Ella no se los ha contado.

A Marie no le gusta hablar. Quizás porque tiene que hacerlo en francés. O quizás porque guarda secretos que le duelen como mariposas venenosas aleteando dentro de su estómago. Y Marie no es cobarde pero tiene un par de miedos que la paralizan. El que hablar con alguien provoque una confianza libertina que haga que alguna mariposa se le escape por boca,  es uno de esos miedos.


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Mujeres fuertes, mujeres libres. Mujeres que dan miedo.

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Si los hombres aman a las cabronas o las prefieren brutas, no lo sé. Y me genera algo de conflicto que exista un libro para cada uno de esos estereotipos tan extremos, irreales y que tan poca justicia nos hacen a la mayoría de las mujeres, que de entrada muy rara vez nos consideramos  brutas. Es indignante que se promueva la ignorancia o la estupidez aparente, como un método para lograr que tu macho alfa se quede a tu lado. Con respecto a las cabronas, no me imagino, ni te imagino, levantándote todos los días en busca de una nueva estrategia para dominar, someter y manipular a tu pareja.

Querer parecer bruta o cabrona con el fin de atraer al hombre de tus sueños, me parece una auténtica y gran pendejada. Las mujeres tenemos vidas, ideas y aspiraciones propias. Creer que vivimos por y para el hombre, es minimizar nuestro potencial y violentar nuestra condición de individuos libres. Con todo y eso, a la mayoría de los seres humanos nos gusta estar en pareja; algunos dicen que incluso es una necesidad biológica, y aquí es cuando las cosas se ponen un poquito complicadas.

Porque alrededor de la vida en pareja se han creado dramas, comedias, canciones y leyendas plagadas de mitos y creencias ridículas. Que si das el primer paso eres una “fácil”, que si no dejas pasar tres días para contestarle la llamada todo se irá al carajo, que hay que hacerse la difícil pero no tanto, que no te puedes acostar con él hasta la tercera cita, que acostarse en la tercera cita es de zorras, que no te puedes acostar con él hasta que te pida matrimonio, que te acuestes para que te de anillo de compromiso, que no te acuestes nunca, que no te arregles demasiado para verlo, que mejor sí, que no muestres interés, que seas una bitch. Es cansado. Es desgastante. Es ridículo.

¿Y si no nos da la gana? ¿Y si queremos ser nosotras mismas y hacer lo que nos nazca? ¿Y si decidimos darle prioridad a nuestros ideales y sentimientos por encima de cualquier estrategia macabra para cazar a la presa? ¿Y si resulta que nos queremos un poquito más de lo que la sociedad espera y decidimos sernos fieles a nosotras mismas?

Nos dicen que nos vamos a quedar solas. Que al hombre le gusta tener el control de la situación, que necesita una compañera complaciente y condescendiente, una mujer comprensiva y abnegada, alguien que sacrifique por él, que duerma con él y que viva por él. Y como tú, de manera egoísta decides ponerte en primer lugar en la lista de prioridades, estás condenada. Nadie va a tomarte en serio. Nunca serás considerada marriage material, y peor: nunca serás parte del selecto grupo de parejas matrimoniadas. ¡Qué tragedia!

Somos mujeres fuertes. Mujeres que podemos dar el primer paso si nos da la gana, o esperar tranquilas porque no esperamos nada, porque vivimos para nosotras mismas, porque un compañero representa una opción y una decisión, no un tema de vida o muerte. Una mujer valiente, fuerte y poderosa, puede dar miedo, porque no cabe en el estereotipo de “lo femenino” ese ser débil y dependiente que para vivir necesita la protección y validación masculinas.  Y sí,  podemos dar miedo. Los hombres inseguros son fácilmente  intimidados por nuestra fuerza e independencia; el reconocimiento de nuestra libertad los hace sentir amenazados; algunos intentarán opacarnos, minimizarnos, reducirnos y “ponernos en nuestro lugar”, en el lugar que sus limitadas mentes consideran que nos corresponde. Y en ese caso, mejor darles miedo. Que ni se acerquen. Que mejor se compren una mascota. Porque no estamos para estupideces, porque sabemos lo que queremos y al tipo de hombre que queremos a nuestro lado. Hombres maduros y seguros de sí mismos, hombres que se enamoran de nuestras ideas, nuestras capacidades y nuestra fuerza; que nos quieren como aliadas y como amantes; que buscan motivar nuestros sueños porque desean  vernos realizadas, que nos piden apoyo para cumplir los suyos porque valoran nuestro intelecto. Que nos quieren libres, porque saben que el único amor que vale la pena es aquel que nace de la libertad y la decisión consciente. Hombres para  los que nuestra fuerza, independencia y potencial son motivo de admiración, no de miedo. Hombres con los que vale la pena vivir nuestras vidas. Esos que buscan un ser humano con quien compartir, no una mascota que los espere junto a la puerta y a la cual sacar a pasear de vez en cuando.

Y aunque el mundo está lleno de esos hombres maravillosos, quizás nos lleguemos a topar con alguno de los incorrectos;  y será fácil darnos cuenta, porque vamos a leer el miedo en sus ojos y el desdén en sus palabras; cuando eso pase, agradécele a tu fuerza por ser un excelente filtro. Porque lo tienes clarísimo: ni quieres, ni mereces ser mascota de nadie.

Quieres vivir, quieres amar, quieres ser libre.

El Donald Trump Mexicano

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El racismo y la xenophobia de Donald Trump han sido noticia internacional, tras sus declaraciones en contra de los migrantes mexicanos durante el discurso en el que anunció su candidatura por la presidencia de Estados Unidos. La respuesta de la comunidad latina no se hizo esperar, y las redes sociales se llenaron de expresiones de repudio e indignación.

Como ser humano  y como mujer, me preocupa que en pleno siglo XXI  exista gente con esos prejuicios. Las declaraciones de Trump,  el ataque a la iglesia de Charleston por un joven de 21 años —en el que murieron nueve afroamericanos— la nueva ola de neonazismo en europa; son indicadores de que,  contrario a las ideas de Oprah Winfrey, el racismo no morirá con los viejos.

Pero ahora toca hablar de México, el pueblo ofendido por las declaraciones de Trump. Un país que en lo oficial se enorgullece de su pluralidad, sus cientos de etnias indígenas y su riqueza cultural. País en el que, que por su naturaleza, uno supondría que no hay lugar para el racismo; pero que en la práctica es el más vivo ejemplo de una sociedad desigual, profundamente clasista y racista, aún marcada por las castas virreinales, en la que en ocasiones,  cuando un bebé nace más moreno que blanco, el comentario bienintencionado de los parientes no se hace esperar: “Pues está morenito pero muy bonito”. Pocos se dan cuenta de que a ésa última oración, le sobra un PERO.

En México nos enorgullecemos de Moctezuma y la grandeza de los Mayas y los Aztecas, enaltecemos la leyenda,  pero despreciamos a nuestros indígenas, no sólo en su color de piel; regateamos hasta el último centavo cuando compramos su artesanía  y nuestro lenguaje cotidiano está lleno de elementos que los minimizan.

Nos damos el lujo de odiar a los conquistadores “porque nos robaron todo el oro, la plata y la tierra”, pero queremos parecernos a ellos, porque después de más de doscientos años de ser pueblo independiente, el criollo sigue siendo valuado por encima del mestizo o el indígena. Somos aztecas cuando nos da la gana y españoles criollos cuando conviene. La única constante es que no aceptamos nuestro mestizaje. Y como diría Octavio Paz en El Laberinto de la Soledad, la realidad es que en México, aunque no queramos,  todos somos hijos de la chingada; esa mujer indígena sometida, que fue vendida y violada por el conquistador, dando origen a nuestro pueblo mestizo, un pueblo que no es España ni Tenochtitlan, un pueblo que nace de la colisión de ambas civilizaciones. Todos somos hijos de la Malinche. Aunque la condenemos por vende patrias, por puta y por lo que se ofrezca.

Quinientos años después nos ofenden las declaraciones racistas de un extranjero, pero no le damos importancia a nuestras propias manifestaciones prejuiciosas, resultado de la no aceptación de nuestro origen mixto. Tranquilamente cerramos los ojos para celebrar los chistes del Donald Trump mexicano. Ese álter ego latente que llevamos dentro, por no acepetar nuestro mestizaje, por ver la discriminación como una práctica cotidiana inevitable, que es mejor ejercer a que nos la ejerzan.

El Donald Trump mexicano se manifiesta de diferentes maneras y en diferentes momentos, como esa persona que puede ser toda educación y cortesía con los que considera de su mismo nivel, pero que no se detiene al humillar al mesero y al personal de servicio. Ese jefe cordial y amistoso con los clientes, pero que acostumbra gritarle al empleado porque, por el simple hecho de pagarle un sueldo, lo considera otro bien de su propiedad. La señora caritativa y cooperadora, que apoya a tres o cuatro causas sociales pero que no tiene pizca de humanidad y empatía para su trabajadora doméstica. El orgullo que nos da pertenecer a un club deportivo y social que no admite a gente “ni muy fea ni muy morena” aunque tengan para pagar la membrecía millonaria, porque claro, hay niveles, y la alcurnia nunca podrá comprarse con el dinero de los nuevos ricos. La satisfacción que como mujer sientes cuando, a la entrada abarrotada de un antro de moda, el vigilante te elige a ti y a tus amigas para pasar al exclusivo lugar, por encima de las demás, seguramente porque eres más guapa y tienes más clase, aunque por dentro sepas que estás pagando “el cover” para ser carnada, y que los mirreyes estén contentos con la variedad de especímenes femeninos dentro del lugar.

Sí, señores, México es una chulada de contrariedades. Y yo insisto: quizás para entendernos como pueblo, para aceptarnos y para avanzar en la igualdad,  tendríamos que perdonar a la Malinche, a nuestra madre; y exorcizar al ser inseguro, clasista y racista; sacarlo de nuestro inconsciente y de nuestro sistema de socialización. Expulsar de nuestro país al Donald Trump mexicano. Créanme, es más peligroso y hace más daño que el estadounidense.