De Cuando a una Amiga le Salen Alas

cherry-blossom-1260624_1920

En la medida en la que creces te vas haciendo consciente de realidades complejas y muy difíciles de asimilar y que, por más que pasa el tiempo siguen siendo incomprensibles. Hoy hace ocho años me tocó enfrentarme a una de ellas, la muerte repentina e injusta de mi papá. Gracias al amor que recibí de él y de toda la gente que me apoyó en ese proceso, fui capaz de perdonar y agradecer los 18 años que lo tuve a mi lado, atesorar su recuerdo y todo lo que me enseñó. Hoy, ocho años después de aquel día, me toca enfrentar de nuevo a esa realidad cruel de la impermanencia, de la fragilidad de la vida, con la pérdida de una muy querida amiga, un hermoso ser humano con el futuro por delante, una de esas personas a las que la sola idea de perderlas suena absurda porque son jóvenes, son buenas, tienen ganas de vivir, hacen al mundo más bonito,  la vida más vivible.

En un mundo lleno de guerra, de tragedia y de injusticia, sé que no soy la única que se pregunta por qué alguien así tendría que irse. Me lo pregunté hace ocho años y me lo vuelvo a preguntar hoy. Tengo la voz de Rosa grabada en mi cabeza. Su imagen amable, cálida y hermosa. Pensar en ella es pensar en positivo porque no se puede de otra manera. Perderla simplemente no hace sentido.

La conocí cuando ambas teníamos 14 años y bastó muy poco tiempo para darme cuenta de que su sensibilidad, su madurez,  su inteligencia no correspondían a la de una adolescente, sino a alguien que había vivido situaciones difíciles de las que había sacado una fe enorme y una fortaleza tremenda. La admiré entonces y la admiraré siempre. Hoy quiero quedarme con las risas de la secundaria, las pláticas interminables de amores mal escogidos, los dramas que inventábamos para no aburrirnos en un tiempo en el que no había verdaderos motivos para sufrir.

Hoy le pido a Dios entendimiento  y claridad para aquello que simplemente no entra en mi cabeza. Quiero pedirle paz y fortaleza para todos sus seres queridos, especialmente para su madre, una mujer tan admirable como mi amiga.

A Rosa la vamos a extrañar un mundo de gente pero no la vamos a perder nunca. Porque seres así de grandes, de llenos de amor y luz nos transforman, y dejan algo de ellos en nuestras vidas.

10314742_10153046234155931_2749862495509714299_n

Anuncios

Mujer, Por Favor, Ponte Lo Que Te Dé la Gana

girl-1130761_1920

“La forma correcta de usar leggings” “Siete prendas que te harán lucir más delgada” “Tipos de blusas para senos pequeños””Cómo disimular un busto grande” Pareciera que las revistas se dedican a vender inseguridades. Dentro de nuestra cultura la mujer no tiene derecho a mostrarse tal cual es, al natural. El ideal de belleza inalcanzable de la publicidad nos vuelve dependientes de mil y un productos y trucos para acercarnos a la supuesta perfección, representada por mujeres manipuladas con cirugías estéticas y retoques fotográficos. Eso sí, nada es gratis, señoras.

A su vez los medios de comunicación manejan un doble discurso, invitándonos a expresar nuestra individualidad, siempre y cuando ésta vaya de acuerdo con los parámetros que ellos establecen: Cintura pequeña, bubble butt, senos firmes y redondos como pelotas, nariz recta y ligeramente respingada, ojos grandes, labios carnosos, facciones finas. Si la lotería genética no te dotó con éstas características, la industria te ofrece soluciones que van  desde prendas de ropa para disimular los defectos, hasta procesos quirúrgicos para alcanzar las metas estéticas del momento. Una enorme industria que se alimenta de algo muy feo: nuestras inseguridades.

Lo más interesante del asunto es cómo las mujeres adoptamos, integramos y promovemos los prejuicios. Nuestras familias nos motivan a aceptarnos como somos, pero no tanto. En mi familia norteña, el que una mujer salga a la calle de cara lavada, sin peinar y en chanclas es políticamente incorrecto, nuestras madres no nos enseñaron a ser así de cuachalotas y descuidadas. Escuchamos desde niñas a las mujeres de nuestra familia criticando a la vecina por no arreglarse, a la tía por estar gorda, a la sobrina por estar demasiado flaca, a la amiga por usar ropa que no le favorece. Crecemos dentro de una cultura de la no aceptación y del disfraz, donde verte bonita y ser agradable a los ojos del otro es una obligación. Aprendemos desde pequeñas a avergonzarnos de nuestro cuerpo, pues  pareciera que lo último a lo que tenemos derecho es a salir a la calle y mostrarnos como somos. Desahogamos los prejuicios y las críticas despiadadas que hemos recibido de otros aplicándolas a otras mujeres, burlándonos de quienes consideramos que están más lejos del supuesto ideal de belleza, compartiendo en nuestras redes sociales imágenes de “pecados mortales” de la moda, que suelen no ser otra cosa que mujeres con sobrepeso utilizando una prenda exclusiva de las flacas, o viceversa. Nos damos el lujo de sentirnos ofendidas y agraviadas ante lo que consideramos el mal gusto ajeno, sin darnos cuenta de que al condenar y limitar la libertad del otro limitamos nuestra libertad propia. De pronto pareciera que las únicas mujeres con derecho de existir y caminar libremente por la vida son las que aparecen en las revistas. Nada más falso.

Por eso en este post tengo ganas de decirles que se pongan lo que les dé su chingada gana. Así, nada más. Ponte lo que te haga sentir cómoda, así sean unos tacones de 15 centímetros o un par de pantuflas. Maquíllate si se te antoja, o tanto como se te antoje. Arréglate las uñas si quieres, y desarréglatelas cada vez que decidas que tus manos sirven para cosas más valiosas que verse bonitas. Ni la vida es una eterna pasarela ni vale la pena desperdiciarla posando todo el tiempo para un público con inconformidad crónica. Dicen que las cosas que valen la pena arruinan el peinado, despéinate todo lo que puedas. Disfrútate, disfruta ser tú  nada más porque sí, porque no existe otra igual.

¿Y los hombres? Esos seres despistados viven ajenos a estas dinámicas sin sentido, en una realidad alterna que no les permite entender por qué pasas tres horas en el espejo. El ser humano que que valga la pena tener a tu lado será siempre aquel que te quiera más feliz que maquillada, ese que no entiende la razón por la que pasas horas arreglándote puesto que para él no tienes nada descompuesto.

Acéptate, deja de criticarte, recuerda que la industria de belleza es una ENORME mentira, que Natalie Portman, Emma Watson, Katy Perry, Beyoncé y las top models no son las únicas mujeres que merecen existir y ser libres, que ellas también tienen inseguridades y que, peor aún,  son juzgadas por millones de seres que creen que ellas no tienen derecho a engordar, a salir mal en una foto o a envejecer.  Para esta cultura de consumo y lo superficial, no hay nada más peligroso que una mujer que se acepta tal cual es, que atesora su feminidad, que se quiere y conoce su potencial. Una mujer así es una mujer invencible.

 

Lo que aprendí del hombre que más me amó y que ya no está conmigo

sea-758165_1920

De él aprendí un sinfín de cosas, y aunque han pasado años desde que él se fue, de alguna manera sigue conmigo. Escribo esta lista para evitar que el tiempo, la nostalgia y el caos de lo cotidiano me hagan olvidar poco a poco lo que soy.

Me enseñó a confiar en mí misma.

Tenía una capacidad especial para hacerme saber que podía alcanzar lo que fuera que me propusiera, aún sin decírmelo. Tenía una fe ciega en mí que gritaba en silencio a los cuatro vientos. Una fe que no he visto en nadie más. Ni siquiera en mí misma.

A seguir y amar mi vocación.

No pasábamos mucho tiempo juntos porque su trabajo no lo permitía, sin embargo nunca lo escuché quejarse. Aunque era claro que le dolía estar lejos, perderse momentos importantes, al regresar siempre hablaba con emoción sobre los nuevos retos en la oficina, los cambios en el sistema y lo que venía.

A ver al ser humano por encima de todo.

Admito que a veces podía llegar a ser bastante molesto. Salir con él y que en el camino se cruzaran un sinfín de conocidos para saludarlo o incluso pedirle un consejo. Jamás lo vi negarse, ni ante el niño o el indigente que le pedía una moneda, mucho menos ante la señora apesadumbrada que llegaba sin avisar pidiendo un consejo para sacar a su hijo de la cárcel. El respondía siempre con amabilidad, veía al otro a la cara, sin el dejo de superioridad y soberbia de muchos de sus colegas.

A luchar por lo que quiero. 

Vender el periódico en la madrugada para poder ir a la primaria. Recorrer kilómetros para poder asistir a la secundaria. Trabajar horas extras para pagarse la universidad. Estudiar en la madrugada para tener un título. Muchos fueron los obstáculos con los que se encontró para poder salir adelante, obstáculos que logró superar gracias a un espíritu de lucha y un gran amor por la vida.

A valorarme. A sacar fuerza de la debilidad. 

El día que lo perdí, supe que nadie me  iba a amar nunca como él lo había hecho, pero supe también que mi tarea sería no aceptar nunca menos. Gracias al hecho de haber recibido su amor incondicional supe el tipo de amor que merecía, que después de haber sobrevivido la pérdida del hombre que más me amó en el mundo, llorar por cualquier individuo inmaduro y egoísta no sería opción. Gracias a él conocí mi valor como mujer y como ser humano, y en su nombre, mi obligación es y será siempre defender mi dignidad, dar y aceptar amor verdadero, no pretensiones, no migajas.

El hombre que más me amó es mi padre. Y aunque lo perdí hace siete años y ahora tengo la bendición de compartir mi vida con un ser humano maravilloso con quien descubro diferentes tipos de amor, su ausencia sigue presente. Tal vez  es cierto que el dolor año con año se disipa y  aumenta la capacidad de recordar lo bueno sin sufrir por su partida, pero también sé que siempre me va a hacer falta. Porque el amor de un padre a una hija es irreemplazable.

Y ese amor vive en mí.

El día que Gaby Perdió su Virginidad en 1º de Primaria

girl-535251_1920.jpg

Gaby tenía seis o siete años, era unos meses mayor que yo y una de mis mejores amigas. De hecho me superaba en peso y tamaño y nuestra relación comenzó con una de nosotras siendo intimidada por la otra. El segundo día que llegué a casa lamentando que Gaby me había pegado, mi papá me contestó que, o me defendía y le metía un trancazo, o él me iba a pegar a mí (cosa que obviamente, nunca en su vida hizo  y yo tuve una infancia bastante normal, enfrentando el bullying “a la sonorense”). Al siguiente día descubrí mi súper poder, esa increíble capacidad escondida en un cuerpo pequeño y delgado, pero con una mano dura, bastante dura. A Gaby le bastó con probar una sola de mis ultra poderosas cachetadas para tenerme un poco de respeto y dejar de meterse conmigo. Hasta amigas nos hicimos y yo me di cuenta de que detrás de su imagen de grandulona aprovechada, había un gran corazón. Uno muy enamoradizo. Ahora vamos al escabroso asunto de la virginidad.

Mi primer acercamiento al tema tuvo lugar una calurosa tarde, de esas que no dan más que para encerrarse con el aire acondicionado a todo y ver la horripilante novela de las tres. Estaba sentada con Graciela, mi madre, y veíamos un drama de esos ridículos con los que Televisa planeaba atrapar a sus televidentes transportándolos a un contexto rural, idílico y estúpidamente apasionado. El asunto es que, en medio de unas caballerizas pulcras y prefabricadas (nada parecidas a las que yo había visto en el pueblo de mis abuelos), un personaje femenino —que no era la sacrosanta protagonista a la que se le iba la novela en llorar y rezarle a la Virgencita para que Francisco José Máximiliano del Campo y la Madre le hiciera caso — le reclamaba al Francisco José Ma…. que le había entregado su vida, sus sueños y —pausa dramática y close up— SU VIRGINIDAAAAD.

— Mami, ¿qué es la VIRGINIDAAAAD?

Mi madre puso una cara como de “y yo pensé que después de cómo nacen los bebés, las preguntas incómodas se habían acabado”.  Se quedó pensando un ratito y, con esa cara que años después descubrí que ponía cada vez que se inventaba un buen cuento, me dijo:

— Es cuando una mujer nunca le ha dado un beso a un hombre, tesoro.

Día siguiente llega mi  amiga Gaby después del recreo presumiendo que le había dado un beso a su novio Jesús Javier (mi crush de los seis años).  A lo que yo, escenificando un poco del drama que según la novela, requería el asunto de la virginidad, la vi abriendo mis ojos lo más que podía y con una expresión mitad susto mitad desprecio le dije:

— Gaby…. YA NO ERES VIRGEN.

Su cara de travesura se transformó en desconcierto, me dijo “estás loca, flaca” y el llamado de nuestra maestra nos distrajo del tema.

A los seis años tuve un acercamiento bastante cómico  con un tema tormentoso. Si mi madre creía que con el cuento del beso se me iba a olvidar el tema, estaba muy equivocada. La niña de seis años sacó sus conclusiones aquella tarde, y me quedaron clarísimos algunos conceptos acerca de la virginidad:

  1. Es exclusiva de la mujer.  Mi madre fue bastante clara cuando dijo que es cuando una MUJER nunca ha besado a un HOMBRE, así que supuse que los hombres no tenían que preocuparse por la suya y ellos eran libres de besar a las mujeres que quisiesen, y hasta podían darse el lujo de rechazarlas por ello.
  2. Es importante conservarla.  La fulana lloraba porque la había perdido y Francisco José Maximiliano la miraba con cara de desprecio.
  3. A los hombres no les gusta que no la tengas, aunque la hayas perdido con ellos. Francisco José Maximiliano con cara de desprecio.
  4. La protagonista bonita, buena y rezadora la conserva hasta el final de la novela. O Francisco José Maximiliano ya no la querría. Esperen un momento, la protagonista se ha besado varias veces con el fulano… entonces ya no es virgen, entonces la virginidad no es tan importante, ¿o sí? mamáaaaaaaa….

Con el tiempo el tema perdió importancia. Después volvió con más fuerza un fantasma disfrazado de virtud obligada, de religiosidad misógina, de control milenario. Dicen que todo empezó con la propiedad privada, hace siglos. El hombre, al adquirir el derecho de heredar, tenía que asegurarse de que sus hijos fueran realmente suyos, así que, mujer: al claustro, a la torre más alta, donde no te vean, donde no veas a nadie, donde no peques. El hombre, a diferencia es libre de hacer y deshacer.

Durante mi adolescencia me tropecé con bienintencionadas advertencias como  “Hay que cuidar el tesorito porque fruta manoseada no hay quien la quiera”  “El hombre es de la calle y la mujer es de la casa” y hasta hace no mucho tuve un altercado con un familiar que aseguraba que las muchachas de ahora “son muy facilitas”, que a los hombres les gusta correr un carro con kilometraje cero. Mi respuesta: ¿Quién te crees tú, que exiges coche agencia y ofreces motor desvielado al que hace siglos se le derramó el aceite?”

El concepto de la virginidad tiene una profunda relación con la satanización de la sexualidad, ésta última, uno de los principales detonantes de trastornos de carácter sexual e incluso abuso sexual. Durante el tiempo que colaboré con Fundación PAS, organización dedicada a la prevención del abuso sexual infantil, fui testigo de muchos casos terribles. Entre ellos, el de una niña de 14 años que presentaba conductas sexuales de  riesgo, múltiples parejas a tan corta edad, relaciones sin protección, etc. Al preguntarle la terapeuta la razón de todo aquello, la respuesta fue la siguiente: mi tío me violó cuando tenía 10 años. Ya no soy virgen, ¿qué tengo que perder?

Ninguna niña, ningún niño merece cargar una culpa de ese tamaño. Ninguna mujer, ningún ser humano merece ser juzgado por las decisiones que toma respecto a su cuerpo. Quizás es momento de  dejar de educar en el miedo  y promover el respeto y el amor hacia nosotros mismos. Tan absurdo es discriminar a alguien por ser virgen como por no serlo.

Sobre Gaby, creo que el trauma psicológico resultante de la confusión no fue muy grande. Años después que le pregunté si recordaba el incidente, se botó de risa y respondió que no.

 

 

Lo que las Mexicanas Necesitan y Quizás no te Han Dicho

fantasy-girl-1082212_1920Ir por la calle cuidándote las espaldas. Tratar de ignorar los insultos  del cerdo que te grita en la esquina porque al final sabes que es más fuerte que tú y es mejor no provocarlo. Subir las escaleras de tu departamento de prisa, preguntándote si alguien te sigue. Cerrar la puerta de golpe y poner el candado lo más rápido que puedes. Meterte en la cama tratando de no quedarte dormida tan rápido, pese al cansancio, por si llegas a escuchar a algún ruido, porque finalmente estás sola y sabes el riesgo que ello implica. No es agradable, pero es cosa de todos los días. Te preguntas si en algún punto acabarás acostumbrándote.

Existe un sentimiento que tristemente nos une a la mayoría de las mexicanas, si no es que a todas: El miedo. Vivimos con él desde hace bastante tiempo, desde la vez que nuestra bienintencionada madre nos hizo prometer que no confiaríamos en ningún amigo durante la fiesta, que no aceptáramos bebidas que no abrieran frente a nosotras, que no diéramos “motivo” para que nos faltasen al respeto. O quizás desde antes, cuando nos negaron el permiso de ir a dormir en casa de la amiga que tenía papá o hermanitos, o cuando nos explicaron por qué nuestro hermano menor sí podía usar el coche y regresar tarde de la fiesta. O peor, cuando un hombre mayor nos violentó, nos tocó o nos abusó siendo apenas unas niñas y nos hizo creer que había sido nuestra culpa.

Porque nos han dicho que “está en nosotras” que nada nos pase. Que las víctimas de violaciones, feminicidios, violencia en todas sus expresiones, se lo buscaron. Que las turistas argentinas asesinadas en Ecuador se descuidaron, porque, estando el mundo como está, ¿cómo se les ocurrió viajar solas? Puesto que la compañía de una mujer a los ojos del mundo no vale nada. Que la chica a la que encontraron muerta, violada, torturada, en uno de los muchos canales de este país seguramente andaba con un narco y jugó con fuego; que la compañera de la universidad que despertó inconsciente y desnuda en el departamento de un desconocido seguramente pensó que tenía tremendas ganas de ser violada cuando tomó la primera copa, porque a propósito no quiso darse cuenta de que la bebida estaba adulterada.

Y como se supone que “está en ti” que nada te pase, tomas tus precauciones, por simples o extremas que parezcan. Porque salir a la calle en este país es preguntarte cada día si vas a regresar, si no acabarás en una de las tantas imágenes que se comparten en redes sociales solicitando información sobre tu paradero, o en la portada de uno de esos periodicuchos que muestran sin respeto alguno el cuerpo mutilado de las víctimas de la violencia; o peor, en un lugar remoto junto a las miles de mujeres víctimas de trata.

Los reportes de desaparecidas en México son interminables. Los casos de intentos de secuestro y violaciones se multiplican día con día. Las autoridades no dicen mucho al respecto. Te enteras de que en su mayoría se trata de mujeres menores de 25 años, y aquí es cuando le pides a Dios que el tiempo corra, que los años pasen; pues tu juventud, esa que tendría que ser sinónimo de libertad y aventura, no te representa otra cosa que vulnerabilidad, y una vez más, miedo.

Y no es justo. No mereces ser gobernada por el chingado miedo. No basta con cambiar nuestra mentalidad, no basta salir a la calle de manera optimista e ingenua; tampoco basta con armarnos de gas pimienta, revolver y silbato. Eso nos puede hacer sentir más seguras pero no más libres. La raíz de esta problemática va más allá de nosotras, nuestro entorno y capacidad de impacto, y si queremos cambiarlo  tenemos que empezar por saber lo que como mujeres merecemos.

Merecemos salir a la calle de manera libre, merecemos ser vistas como seres humanos por parte del albañil, por el chofer de autobús, el político, el primo, el hermano, el padre, la pareja, todos los hombres y todas las mujeres. Merecemos dejar de juzgarnos entre nosotras, dejar de culpar a las víctimas de violencia para sentirnos menos vulnerables, menos inseguras. Merecemos un país que se reeduque en perspectiva de género, un país en el que se le ponga un verdadero alto a la violencia que viven esos niños invisibles y futuros agresores. Merecemos familias que eduquen en el amor y la asertividad, NO EN EL MIEDO. Familias en las que se respete a cada uno de sus miembros, donde se les enseñe a las niñas cuán capaces son de conseguir lo que deseen por medio de su inteligencia y sus capacidades; y donde se les enseñe a los niños a  respetar tanto a hombres como a mujeres, donde un NO signifique un NO. Merecemos un país en el que se marche y se haga algo verdaderamente por los niños, los que están en la calle, los que viven en pobreza, víctimas de esclavitud y violencia. Merecemos, hombres y mujeres,  una sociedad que no se olvide de que el monstruo que hoy la aterroriza, ayer era el mismo niño aterrorizado y violentado al que se negó y se sigue negando a voltear a ver.

Las mujeres en México podemos armarnos, prevenirnos, encerrarnos en una burbuja con tal de escapar del maldito miedo. Pero, desgraciadamente, no está en nosotras que no nos violen, que no nos juzguen, que no nos maten.

Necesitamos de ustedes.

 

Diamantes asesinos. Tres anillos de compromiso que NO deberías aceptar.

4430528262_85ea81b5a6_o

Mi newsfeed de facebook, al igual que el tuyo, se está llenando de diamantes y propuestas de amor eterno. Hemos crecido, ya somos adultos y los adultos suelen casarse; mejor aceptarlo.  Muchas mujeres, si no es que la mayoría,  hemos soñado desde niñas con el momento mágico de la propuesta de matrimonio, con todo el romance y el simbolismo que conlleva el aceptar unir tu vida a quien más amas.  Pero, ¿qué sucede cuando el cuento de hadas nos sobrepasa y nos hace olvidar que los fuegos artificiales, las fotos de revista, la celebración y los  días de fiesta se van a acabar con la luna de miel? Casarse implica, para muchos, la decisión de compartir el resto de la vida con la persona amada, no sólo el corto y emocionante período que pasa entre la propuesta y la marcha nupcial. Y aunque una boda perfecta quizás requiera un año de planeación,  un matrimonio feliz implica toda una vida de esfuerzo, tolerancia, trabajo en pareja y no sé cuántas cosas más; y a los millennials a veces se nos olvida que los anillos de compromiso y las bodas, más que un acto simbólico de amor eterno, son el preámbulo de un largo camino, que no siempre será ni tan brillante ni tan glamoroso como la publicidad de Tiffany & Co.

Y dentro de este asunto hay tres situaciones absurdas que me dan escalofríos, frente a las que creo, cualquier mujer debería decir NO.

 

1. Anillo sorpresa

Pueden llevar dos meses, dos años o dos siglos. Nunca han hablado seriamente sobre un futuro en común, sabes poco de lo que él busca en el mediano o largo plazo y éste no tiene idea de lo que tú buscas. Y de pronto, en un arranque de romanticismo, de apego o peer pressure, se te aparece con la roca brillante en la situación más insospechada. Si a esto le sumas que el acto toma lugar en un lugar público o frente a todos tus amigos y familia, perdón por arruinarte el cuento, pero o estás siendo víctima de un tremendo y baratísimo chantaje, o tu hombre es un ingenuo e inmaduro ser perdido en la realidad moderna.

Porque el ¿Quieres casarte conmigo? Es un mero trámite, una  pregunta de opción múltiple que sólo admite el sí o sí.  Quizás no estás preparada, quizás tienes otros planes, quizás lo amas pero quieres seguir conociéndolo, quizás no te da la chingada gana casarte con él ni con NADIE. El punto es que él no ha sido capaz de tomar en cuenta tus expectativas a futuro, tus planes, tus deseos y sentimientos. Tras la supuesta galantería y el sorpresivo despliegue de romanticismo la verdad es que no ha hecho otra cosa que ponerte entre la espada y la pared, sin siquiera preguntarte antes. Ofrecer un anillo a alguien en estas circunstancias denota un enorme egoísmo. La vida en pareja tendría que empezar con un mutuo y libre acuerdo en el que tanto uno como otro puedan llevar a cabo sus planes, realizarse como individuos, compartir sueños y apoyarse en sus metas.  Y para que eso suceda el diálogo es necesario antes de presionar a la persona que se dice amar, con un acto social de romanticismo hipócrita.

Caballeros: Favor de hablar con sus damas y ser claros con respecto a lo que se busca de la relación en el corto y mediano plazo.

Damas: Favor de hacer lo mismo y recordar que no es manda ni obligación, que por más grande que sea la piedra, tienes todo el derecho a decir que no,  si no estás segura. La mismísima Jane Austen rechazó un par de propuestas de matrimonio doscientos años atrás. Tras siglos de lucha por la emancipación femenina, lo mínimo que las luchadoras sociales esperan de ti, es que te seas fiel a ti misma y busques tu verdadera felicidad.  La esperada fiesta de boda dura cinco horas, el lastre de una mala decisión, puede durar toda la vida.

 

children-ring-584970_1280 (1)

2. Anillo promesa, o pre compromiso.

Disculpen el francés, pero ¿qué mamada es esa?  ¿Me comprometo pero no me comprometo? ¿Te prometo que un día nos vamos a comprometer pero ahorita nomás te lo puedo prometer?  Dice Andrea, una de mis mejores amigas sonorenses, que este anillo es lo mismo que cuando un perro “orina un arbusto”; puro marcar terreno. Si de entrada el anillo de compromiso tiene sus matices machistas al ser indicativo social de que la mujer ya está apartada, o sea no disponible y que nadie se atreva a acercársele —mientras que el hombre no lleva ningún símbolo equivalente durante el período compromiso-boda— el anillo de promesa marca a una mujer cual res por un período de tiempo bastante más largo. No sé si me falta romanticismo o me suena al vil chantaje de un individuo inseguro, porque las promesas se rompen de un día para otro. Este tipo de anillo suelen llevarlo jóvenes de corta edad que aún no se pueden comprometer por diferentes cuestiones (no han terminado sus estudios, aún no pueden pagar una boda, etc.). Así que mientras la roca de verdad llega con todo y fecha factible de bodorrio, te doy una más chiquita pa que quede claro que ya eres mía, mija, y que ningún patán se te puede acercar.  Aquí la pregunta es: ¿Se necesita un anillo para mantener una promesa? ¿O más bien para etiquetar al ganado propio?

La sociedad medieval solía hacer “pre contratos” matrimoniales con los jóvenes nobles para asegurar  tal o cual alianza entre familias, cuando éstos eran aún muy jóvenes para casarse. Quinientos años después, la historia se repite.

 

3. Anillo chicle

Llevas algunos años con tu pareja. Las cosas no marchan muy bien y no te sientes segura dentro de la relación. Pleitos cada vez más constantes y  te preguntas con más frecuencia si no estás perdiendo tu tiempo y lo mejor sería terminar por lo sano para seguir con tu vida. Discuten de nuevo, están a punto de terminar, (o ya terminaron); y al día siguiente se aparece el enamorado frente a ti con una roca de quién sabe cuántos quilates que según él (y quizás, también tú) salvará la relación.

El momento romántico te hace olvidar tu realidad, las felicitaciones de tus amigos y familiares, los diez mil likes en la foto de tu mano con la roca puesta que subiste a instagram, los planes para la bachelorette party, las diez despedidas de soltera, boletos para la luna de miel en el sudeste asiático, preparativos para la boda, el día más especial de tu vida. Piensas en todo, menos en el novio. Al que se supone, acabas de aceptar como tu compañero para toda la vida. Si alguien te pregunta si te quieres casar, la respuesta es obvia. Fiesta elegante, familia y amigos, luna de miel, anillo perfecto, ¿quién no querría lo que siempre soñó? Bueno, pues la realidad es que no te casas sola, querida. Él también importa, o mejor dicho, él es lo más importante de tu decisión.  Mereces estar con alguien con quien, el solo hecho de pensar en pasar el resto de tus días en su compañía, te llene de mil veces  más emoción y alegría que el de una serie de eventos sociales efímeros. Si no es así, hazte un favor y hazle un favor retractándote. Es una decisión dolorosa, pero no más que pasar la vida entera arrepintiéndote.

Si el interesado ofreció una propuesta de amor eterno como salida de emergencia a los problemas  de su relación, o si tú ejerciste presión para que lo hiciera, con la misma idea;  lo más seguro es que el efecto de la aspirina dure lo que la parafernalia social, y una vez en el día  a día, en la vida real, esos mismos problemas regresarán con más fuerza.

 

Que la niña calladita se ve más bonita.

Por otro lado,  ¿qué es esa estupidez de que las mujeres tenemos que ser entes pasivos dentro del asunto del compromiso? Según las costumbres de algunos círculos sociales de nuestro querido y atropellado país,  una niña bien espera como damisela en la torre a que al individuo se le antoje proponer la formalización de la relación; y que ni se le ocurra  a ella insinuar nada porque la gente va a pensar que está “urgida” o  desesperada por casarse. Y cuando éste al fin hace la propuesta, ella está casi obligada a aceptarla, porque es un privilegio que un hombre te solicite como esposa, y quizás sea la única oportunidad que tendrás para pertenecer al selecto grupo de las parejas matrimoniadas. ¿Really? ¿En pleno siglo XXI?

Mujer, si estás en una relación que te hace feliz, con quien te gustaría pasar el resto de tu vida y según tus planes y prioridades sientes que te ha llegado el momento de formar una familia, ¿por qué no decirlo? Si están en la misma sintonía podrán dialogarlo y planear juntos un evento que sin duda será trascendental en la vida de ambos (Ya sea matrimonio, unión libre, o lo que ustedes decidan). Si él no tiene las mismas metas que tú o no está convencido de dar el paso, tendrás que decidir si pese a la diferencia de objetivos sigues en la relación, o lo dejas para avanzar e ir en busca de lo que quieres. Porque no tiene absolutamente nada de malo querer vivir y formar una familia con el ser que amas. Creo que tanto mujeres como hombres deberíamos ser capaces de tomar decisiones consensuadas, libres y claras dentro de nuestra relación (y en todo lo demás de la vida). Que el conocernos más y esperar menos del otro, nos ayudaría a entendernos mejor y evitar desilusiones.

Por lo pronto, a mí ya alguien me reclamó que “No se vale que sólo las mujeres merezcan que alguien planee un momento romántico e inolvidable y les regale un diamante. Los hombres también tenemos derecho a que nos hagan sentir princesas” después de morirme poquito de risa ante tal comentario, confieso que me quedé pensando un buen rato en el asunto y concluí que quizás sea momento de que nosotras empecemos a dar anillo de compromiso a nuestros machos en pro de la igualdad. Marcar al toro, como a la res. ¿Por qué no?

Hablemos de Acentos

typewriter2

Hace veinte años aprendí a escribir.  Fue un momento mágico en el que mi impaciencia de niña obligó a Graciela, mi santa madre, a enseñarme el abecedario completo antes de entrar al kinder.  Ese mismo día, mientras intentaba memorizar la relación símbolos – sonidos, logré componer la primera palabra que puse por escrito: AMOR.  Con mayúsculas. Para Graciela siempre ha sido más fácil escribir  de esa manera; así que cuando su primogénita decidió no dejarla descansar hasta recibir el regalo de las letras, la joven madre resolvió no complicarse ni complicarle demasiado la existencia  a su hija, omitiendo así el uso de las minúsculas, y por supuesto, los acentos. Porque en los noventa era gramaticalmente aceptable la carencia de las tildes en textos escritos en letras capitales.

Pero en el pecado iba a encontrar la penitencia. ¿Qué condenada diferencia hay entre las eses, las ces y las zetas? ¿Para qué sirve la hache? ¿Diferencia entre la ve chica y la be grande? Esos problemas nunca antes me habían atormentado !Pero la niña quería escribir! Así que con mi hallazgo llegaron años de oscuridad en los que la única respuesta que recibía  de mis maestros, era que no había más remedio que aprenderme de memoria las palabras. De esta manera, a escasa edad acabé por asumir que viviría mis días como una delincuente de las letras, víctima de la mala ortografía.

Pero con el tiempo, y algunos buenos profesores, empecé a ver la luz al final del camino. Uno de mis principales logros a los nueve o diez años, fue comprender el por qué de las tildes. La dinámica y diferenciación entre palabras graves, agudas y esdrújulas, me pareció mucho más consistente que las reglas irracionales de las consonantes homófonas.  Entonces descubrí, que pese a que  mi acta de nacimiento noventera estaba ESCRITA EN MAYÚSCULAS Y CARENTE DE ACENTOS, mi nombre, Dámaris, era una palabra esdrújula, y según la regla, SIEMPRE debía llevar acento.

Así que le empecé a poner acento. En mi familia mi nombre se ha prestado para diferentes apodos y muy pocos diminutivos, Damarusca, Damaruchis, Mayiyis y Dámadis son sólo algunos, pero hay algo que nunca ha estado en duda: Se dice Dámaris, acento en la primera A, palabra esdrújula. Pero claro, fuera del ámbito familiar las cosas son distintas.

Damaris, Damarís, Adamari, Damari, Mari… Me han cambiado el nombre tantas veces que desde hace años dejé de corregir a la gente y decidí tomarme  las cosas con humor. No ha faltado el incrédulo que con terquedad se ha atrevido a asegurarme que conoce a varias Damaris, que seguramente mi versión  es la incorrecta y que he vivido engañada, cosa que admito que me encanta que suceda, pues me da la oportunidad de  callar bocas con el infalible argumento de que en la sacrosanta y antiquísima Biblia, escrita supuestamente hace más de dosmil años, aparece mi peculiar nombre de origen griego en Hechos 18, ¿y adivinen qué? ES CON ACENTO.

Como la buena comida, las buenas historias, la buena música, los buenos momentos…

Bienvenidos a mi blog.