Cuando tienes ganas de llorar y no sabes por qué.

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Hay días en los que no puedes explicar lo que te pasa. Días en los que falta algo, en los que te da por pensar con nostalgia en el pasado, en momentos en los que te sentías invencible. Quizás ni siquiera están pasando cosas difíciles en tu vida, simplemente te cuesta trabajo soportarte, porque no estás donde quisieras estar, porque sientes que ya no tienes 20, porque los planes que tenías para ti a esa edad no han salido como esperabas, porque ya no encuentras la determinación que antes te caracterizaba ni la inspiración que tenías de sobra. Porque las expectativas personales siempre fueron altísimas, porque te creíste los cuentos de las comedias románticas, porque quizás te han bombardeado tanto con la idea de disfrutar y vivir en el presente que hasta te sientes culpable de no estarla pasando poca madre tú que tienes lo que muchos otros seres en el mundo quisieran pero no lo que tú quieres, y que a veces ni siquiera sabes qué es. Y te da miedo. Te da miedo estar desperdiciando el tiempo, estar sufriendo por tonterías y, considerando nuestra naturaleza impermanente, que tu existencia se extinga sin más, porque si fuera el último día de tu vida no querrías gastártelo lamentando las cosas que no hiciste.

Si has perdido a alguien importante en tu vida, conoces el vacío asfixiante que deja el hubiera, conoces la culpa y la impotencia, los conoces tan bien que quizás te persiguen como fantasmas, aterrándote y amenazando con volverse a aparecer de una nueva manera. Y tú perdiendo el tiempo con tonterías. Culpa de nuevo. ¿Qué hacer cuando tienes ganas de llorar y no sabes por qué? Llora y no te pidas explicaciones. Llora y saca la frustración, el miedo, la impotencia y todo aquello que te quite la paz. Llora hasta que tus fantasmas se ahoguen y tú puedas volver a respirar.

Y si tienes ganas de reírte busca una playlist con canciones de tu adolescencia. Esas que, si tienes mi edad, bajabas de Kazaa junto con un zoológico de virus, troyanos y malware que se instalaba en tu computadora en nombre de la canción con la que le llorabas a la chavita que no te peló en la tardeada de la secundaria. Ríete. ríete de las cosas que te atormentaban a los 13 y observa cómo cambiaste, superaste tus miedos y te convertiste en un ser humano completo tras esa complicada y dramática etapa amorfa que le dicen pubertad. Verás que ahora no estás tan perdido.

Y por último, piensa en lo que te hace sentir vivo. Pregúntate desde cuándo no te das el lujo de hacer aquello que amas. Piensa en los lugares con los que soñabas conocer y que quizás ya habías olvidado, piensa en las experiencias que tienes ganas de vivir, en la gente que te falta por conocer, las historias que aún no te han contado. Y sonríe, sonríe porque estás aquí, porque puedes ir tras aquello que sueñas y vivirlo.

 

 

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Lo que el Fenómeno de los XV de Rubí Nos Dice de la Sociedad Mexicana

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Si abriste este artículo es porque sabes de lo que estoy hablando. ¿Y quién no? Hace unos días la invitación que Crescencio Ibarra hacía a la comunidad de la Joya para formar parte de la celebración por los quince años de su hija Rubí, se viralizó a tal punto de convertirse en noticia en Estados Unidos, Francia, Reino Unido y demás países. Las reacciones han sido por demás coloridas. Memes de todo tipo, parodias, notas periodísticas y manifestaciones de famosos deseosos de asistir al evento,  inundaron nuestras redes sociales, y tanto el contenido como los comentarios interminables de la gente, nos dicen un montón de cosas acerca de nuestra curiosa y retorcida sociedad. Aquí una pequeña lista de las impresiones con las que me quedo.

1. Hay un sector de la sociedad mexicana tremendamente clasista y ASQUEROSAMENTE prejuicioso.

Ese sector educado por los gritos de Soraya Montenegro y tantas otras villanas ricachonas de telenovela, que tratan de reafirmar su superioridad tildando de “nacos”, “indios” y “marginales” a quienes consideran inferiores en status socioeconómico o clase. Pues varios de estos funestos personajes sacaron sus prejuicios y frustraciones en redes, con sus comentarios despectivos hacia la quinceañera, los padres y la situación en general. La familia de Rubí lo único que hace en el video es invitar muy amablemente a su comunidad a ser partícipe de una celebración completamente inofensiva, basada en tradiciones regionales muy respetables y que no le hacen daño a nadie. El México rural, con sus fiestas interminables, sus carreras de caballos y su gente sencilla y cero pretenciosa, es cultura. ¿O me vas a decir que cuando sales del antro vomitando en tus tacones de marca vas escuchando a Mozart?

Es hora de que empecemos a ser más personas y dejemos de insultar, discriminar y menospreciar las tradiciones de nuestros compatriotas. México es amplio y su folklore es rico y variado. Ultimadamente, si la chiva es en billetes o en barbacoa, ¿cuál es el chingado problema?

 

2.  A los pseudintelectuales de México su mamá no les hacía caso de chiquitos. Y quisieron echarle la culpa a Rubí.

Mientras unos encantados con el folklore compartían la información y los memes, otros dándose golpes de pecho vaticinaban el fin de la sociedad mexicana y le echaban la culpa a la quinceañera, con su familia y a los millones de “ignorantes” que formaban parte del “condenado circo” que estaba alienando y distrayendo al pueblo de los verdaderos problemas del país. Para ellos, tengo un par de comentarios:

  • Ni Rubí ni su familia tienen la culpa de que hace cuatro años la mayor parte del pueblo de México tomara una decisión tan pendeja a la hora de rayar su boleta electoral.
  • Pagar tus impuestos, no meterte en la fila y no ser corrupto es lo mínimo indispensable para ser un ciudadano decente, pero no es suficiente para cambiar el sistema ENORME de corrupción y tráfico de influencias que gobierna al país. Si no participas como ciudadano en la política de tu comunidad, no esperes que la cosa cambie pronto.
  • La gente no se la puede pasar llorando por la realidad surrealista en la que vive. Todos los seres humanos necesitamos entretenimiento y distracción. Eso no significa que no estemos conscientes de nuestra realidad. Si un video en las redes sociales nos saca una sonrisa y no ofende a nadie, ¿cuál es el problema?
  • Los gasolinazos del 2017 y el robo masivo te los va a aplicar el gobierno de cualquier manera, como todo el tiempo. Mejor preocúpate por elegir bien en 2018 y forma parte de las iniciativas ciudadanas que buscan cambiar desde dentro el sistema político. INVOLÚCRATE con las ONG’s que trabajan por el desarrollo social y educativo de tu comunidad.
  • Ser hater no te hace más importante ni más inteligente ni mejor ciudadano. Mucho menos si has llorado más por la muerte de Ned Stark que por los 43 de Ayotzinapa. Cada quien decide qué hacer con su tiempo de ocio.

 

4. A los mexicanos nos encanta el tren del mame

Para muestra bastan las más de un millón de confirmaciones al evento (falso) de Facebook sobre la fiesta de Rubí, y los miles de memes.  Insisto, si te saca una sonrisa y no ofende a nadie, ¿cuál es el problema con compartir?

 

5. A las televisoras les URGE rating. Y esto es una buena señal.

Si viste el video de Rubí bailando el vals en televisión nacional con su padrino el “Hay muchas cosas… wuuu” sabes de qué hablo. Y esto particularmente me da un gusto ENORME, porque muestra que la audiencia ya no se engancha tan fácil con el contenido basura de siempre. Tan desesperadas están estas empresas, que recurren a los personajes de las redes para ganar un poco de interés. Claro, en redes también hay contenido basura, pero por lo menos no enriquece a la maquinaria propagandística cómplice del podrido sistema político, y tienes la libertad de elegir la basura que consumes, con la tranquilidad de que no te está vendiendo a un mal presidente.

Yo por mi parte le deseo un feliz cumpleaños a Rubí y me quedo con las ganas de colarme, porque si algo puedo decir al respecto, es que las fiestas de rancho son una chulada. La música  y el ambiente no paran, la comida es deliciosa (si te toca) y la gente súper buena onda.

 

De Cuando a una Amiga le Salen Alas

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En la medida en la que creces te vas haciendo consciente de realidades complejas y muy difíciles de asimilar y que, por más que pasa el tiempo siguen siendo incomprensibles. Hoy hace ocho años me tocó enfrentarme a una de ellas, la muerte repentina e injusta de mi papá. Gracias al amor que recibí de él y de toda la gente que me apoyó en ese proceso, fui capaz de perdonar y agradecer los 18 años que lo tuve a mi lado, atesorar su recuerdo y todo lo que me enseñó. Hoy, ocho años después de aquel día, me toca enfrentar de nuevo a esa realidad cruel de la impermanencia, de la fragilidad de la vida, con la pérdida de una muy querida amiga, un hermoso ser humano con el futuro por delante, una de esas personas a las que la sola idea de perderlas suena absurda porque son jóvenes, son buenas, tienen ganas de vivir, hacen al mundo más bonito,  la vida más vivible.

En un mundo lleno de guerra, de tragedia y de injusticia, sé que no soy la única que se pregunta por qué alguien así tendría que irse. Me lo pregunté hace ocho años y me lo vuelvo a preguntar hoy. Tengo la voz de Rosa grabada en mi cabeza. Su imagen amable, cálida y hermosa. Pensar en ella es pensar en positivo porque no se puede de otra manera. Perderla simplemente no hace sentido.

La conocí cuando ambas teníamos 14 años y bastó muy poco tiempo para darme cuenta de que su sensibilidad, su madurez,  su inteligencia no correspondían a la de una adolescente, sino a alguien que había vivido situaciones difíciles de las que había sacado una fe enorme y una fortaleza tremenda. La admiré entonces y la admiraré siempre. Hoy quiero quedarme con las risas de la secundaria, las pláticas interminables de amores mal escogidos, los dramas que inventábamos para no aburrirnos en un tiempo en el que no había verdaderos motivos para sufrir.

Hoy le pido a Dios entendimiento  y claridad para aquello que simplemente no entra en mi cabeza. Quiero pedirle paz y fortaleza para todos sus seres queridos, especialmente para su madre, una mujer tan admirable como mi amiga.

A Rosa la vamos a extrañar un mundo de gente pero no la vamos a perder nunca. Porque seres así de grandes, de llenos de amor y luz nos transforman, y dejan algo de ellos en nuestras vidas.

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Nutella Vegana. Receta y un Poco de Historia

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Por alguna razón, esta sección de mi blog ha sido la más relegada, o a la que menos le hago caso. Quizás mi inconsciente quiere guardarse para sí las recetas y no compartirlas con nadie, cual Bree Van de Kamp o abuelita cabrona. O quizás lo que me gusta de la cocina es la práctica  y no describir el proceso y la teoría; aunque esta última suposición puede ser descartada al leer las aventuras enmantequilladas de Adélaïde en  El Veneno de las Mariposas. Quizás es simplemente que  no me había dado la gana, pero hoy como hay muchas nubes y está a punto de llover se me antojó no quedarme el aroma a avellanas tostadas para mí solita.

La obsesión del millennial con la Nutella no es cosa nueva. Algo tiene esta crema de chocolate con avellanas que nos vuelve adictos, y como a mí me encanta indagar en el origen, el drama y la historia detrás de mis cosas favoritas, aquí un poco de cómo se inventó.

La zona del Piemonte, en el norte de Italia,  se conoce por  su tradición chocolatera, pues en su capital, Torino, se creó por primera vez la barra sólida de chocolate; antes de eso la fascinación de las cortes europeas por el cacao se limitaba a la bebida en taza, algo más similar a la tradiciónal bebida maya denominada xocolatl, sin el chile, por supuesto y con azúcar y un poco de leche.  

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Escaparate de Stratta, una de las chocolaterías más antiguas del mundo. Torino, Italia. Octubre, 2015.

Pero volviendo a los 40’s, resulta que en uno de mis rincones favoritos del mundo, la ciudad de Alba en el valle del Langhe, a unos 70 kms de Torino,  el señor Pietro Ferrero, repostero de tradición y dueño de una panadería, ante la escasez de cacao como resultado de la segunda guerra mundial, decide recurrir al invento de aquel cocinero piemontés que, en 1806 ante el mismo problema resultado de las dificultades para importar cacao y el bloqueo de napoleónico, incrementa la producción de chocolate mezclándolo con pasta de avellanas, las cuales abundan en la zona. A esta mezcla se le conoce como “Pasta Gianduja” y podríamos considerarla abuelita de la Nutella; consiste en un bloque sólido de chocolate con intenso sabor a nuez, compuesto por 50%chocolate y 50% avellanas.  Para 1951 Don Ferrero empieza a comercializar una versión cremosa de la Gianduja y la llama “Super Crema” y es así como nace la Nutella.

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Domingo en el centro de Alba durante la Feria de la Trufa.  Octubre 2015

Y después de la historia, quizás se pregunten como por qué alguien querría tomarse la molestia de preparar Nutella en casa si la que la que encontramos en el súper, producida por la compañía Ferrero (sí, del mismo Don Pietro), es deliciosa. Y la respuesta es variada: veganismo, control de calorías, alergias, etc. En lo personal, preparamos Nutella casera porque ni mi marido ni yo consumismo lácteos. Y la verdad es que por más deliciosa que sea, la Nutella industrial contiene muy pocas avellanas y un montón de azúcar, además de grasas saturadas como el tan controversial aceite de palma, que está acabando con selvas enteras. Por otro lado, quien me conoce sabe que me encanta cocinar “from scratch” y este es uno de mis varios caprichos caseros.

Hay quien me pregunta si sabe igual que la versión comercial, yo les aseguro que sabe mucho mejor. Algo sí puedo prometerles, después de preparar la versión casera, no querrán volver al producto industrial.

Crema de Avellanas Vegana

125 grs. de avellanas

200 grs. de chocolate semi amargo para repostería (la marca Turín es deliciosa).

1 cucharadita de azúcar

1 pizca de sal de mar

3 cucharadas (variable) de aceite líquido (puede ser de aguacate, oliva, girasol… etc) o cuatro cucharadas de aceite de coco

1 cucharada de cacao

1/2 cucharadita de extracto natural de vainilla

 

Instrucciones:

Tostar las avellanas durante diez minutos en el horno a 175 ºC  Tómate unos segundos para disfrutar el delicioso aroma ❤

Sacar del horno y dejar enfriar unos minutos. Las avellanas tostadas se verán así, con la piel desprendida.

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Retirar la piel de las avellanas con las manos mientras aún están tibias. Posteriormente, hay que ponerlas en la procesadora de alimentos o en la licuadora y licuar durante unos minutos. Primero se harán polvo y poco a poco comenzarán a soltar el aceite y a tomar una consistencia similar a la mantequilla de maní. Agregar la mitad del aceite y dejar reposar.

Derretir el chocolate a baño María con el aceite restante. Agregar a la mezcla y licuar. Al final se agrega el cacao en polvo, el azúcar, la sal y se continúa licuando hasta obtener la consistencia deseada.

Normalmente la pasta queda con pedazos pequeños de avellana, lo cual la hace todavía más irresistible, para mi gusto.

Importante: Las cantidades de aceite son variables pues la consistencia de esta crema dependerá en gran medida del clima. El Aceite de coco se solidifica por debajo de los 20ºC y esto puede resultar en una pasta más dura. Sugiero ir probando las cantidades  y los tipos de aceites. El chocolate también se solidificará a temperaturas bajas, así que hay que calcular según el clima en el que vivimos. Si al enfriarse la mezcla, la pasta está dura, hay que agregar un poco más de aceite.

Ponerse creativos: No es obligación respetar la receta al pie de la letra, lo mejor es experimentar hasta encontrar nuestra versión favorita. Se puede hacer con almendras en lugar de avellanas, o mitad y mitad, con chocolate con leche (para los no veganos) con canela, más o menos azúcar… cada quien decide 🙂

Andiamo a mangiare!

 

Referencias:

http://gastronomiaycia.republica.com/2009/09/28/gianduja/

 

 

 

 

Mujer, Por Favor, Ponte Lo Que Te Dé la Gana

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“La forma correcta de usar leggings” “Siete prendas que te harán lucir más delgada” “Tipos de blusas para senos pequeños””Cómo disimular un busto grande” Pareciera que las revistas se dedican a vender inseguridades. Dentro de nuestra cultura la mujer no tiene derecho a mostrarse tal cual es, al natural. El ideal de belleza inalcanzable de la publicidad nos vuelve dependientes de mil y un productos y trucos para acercarnos a la supuesta perfección, representada por mujeres manipuladas con cirugías estéticas y retoques fotográficos. Eso sí, nada es gratis, señoras.

A su vez los medios de comunicación manejan un doble discurso, invitándonos a expresar nuestra individualidad, siempre y cuando ésta vaya de acuerdo con los parámetros que ellos establecen: Cintura pequeña, bubble butt, senos firmes y redondos como pelotas, nariz recta y ligeramente respingada, ojos grandes, labios carnosos, facciones finas. Si la lotería genética no te dotó con éstas características, la industria te ofrece soluciones que van  desde prendas de ropa para disimular los defectos, hasta procesos quirúrgicos para alcanzar las metas estéticas del momento. Una enorme industria que se alimenta de algo muy feo: nuestras inseguridades.

Lo más interesante del asunto es cómo las mujeres adoptamos, integramos y promovemos los prejuicios. Nuestras familias nos motivan a aceptarnos como somos, pero no tanto. En mi familia norteña, el que una mujer salga a la calle de cara lavada, sin peinar y en chanclas es políticamente incorrecto, nuestras madres no nos enseñaron a ser así de cuachalotas y descuidadas. Escuchamos desde niñas a las mujeres de nuestra familia criticando a la vecina por no arreglarse, a la tía por estar gorda, a la sobrina por estar demasiado flaca, a la amiga por usar ropa que no le favorece. Crecemos dentro de una cultura de la no aceptación y del disfraz, donde verte bonita y ser agradable a los ojos del otro es una obligación. Aprendemos desde pequeñas a avergonzarnos de nuestro cuerpo, pues  pareciera que lo último a lo que tenemos derecho es a salir a la calle y mostrarnos como somos. Desahogamos los prejuicios y las críticas despiadadas que hemos recibido de otros aplicándolas a otras mujeres, burlándonos de quienes consideramos que están más lejos del supuesto ideal de belleza, compartiendo en nuestras redes sociales imágenes de “pecados mortales” de la moda, que suelen no ser otra cosa que mujeres con sobrepeso utilizando una prenda exclusiva de las flacas, o viceversa. Nos damos el lujo de sentirnos ofendidas y agraviadas ante lo que consideramos el mal gusto ajeno, sin darnos cuenta de que al condenar y limitar la libertad del otro limitamos nuestra libertad propia. De pronto pareciera que las únicas mujeres con derecho de existir y caminar libremente por la vida son las que aparecen en las revistas. Nada más falso.

Por eso en este post tengo ganas de decirles que se pongan lo que les dé su chingada gana. Así, nada más. Ponte lo que te haga sentir cómoda, así sean unos tacones de 15 centímetros o un par de pantuflas. Maquíllate si se te antoja, o tanto como se te antoje. Arréglate las uñas si quieres, y desarréglatelas cada vez que decidas que tus manos sirven para cosas más valiosas que verse bonitas. Ni la vida es una eterna pasarela ni vale la pena desperdiciarla posando todo el tiempo para un público con inconformidad crónica. Dicen que las cosas que valen la pena arruinan el peinado, despéinate todo lo que puedas. Disfrútate, disfruta ser tú  nada más porque sí, porque no existe otra igual.

¿Y los hombres? Esos seres despistados viven ajenos a estas dinámicas sin sentido, en una realidad alterna que no les permite entender por qué pasas tres horas en el espejo. El ser humano que que valga la pena tener a tu lado será siempre aquel que te quiera más feliz que maquillada, ese que no entiende la razón por la que pasas horas arreglándote puesto que para él no tienes nada descompuesto.

Acéptate, deja de criticarte, recuerda que la industria de belleza es una ENORME mentira, que Natalie Portman, Emma Watson, Katy Perry, Beyoncé y las top models no son las únicas mujeres que merecen existir y ser libres, que ellas también tienen inseguridades y que, peor aún,  son juzgadas por millones de seres que creen que ellas no tienen derecho a engordar, a salir mal en una foto o a envejecer.  Para esta cultura de consumo y lo superficial, no hay nada más peligroso que una mujer que se acepta tal cual es, que atesora su feminidad, que se quiere y conoce su potencial. Una mujer así es una mujer invencible.

 

Lo que aprendí del hombre que más me amó y que ya no está conmigo

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De él aprendí un sinfín de cosas, y aunque han pasado años desde que él se fue, de alguna manera sigue conmigo. Escribo esta lista para evitar que el tiempo, la nostalgia y el caos de lo cotidiano me hagan olvidar poco a poco lo que soy.

Me enseñó a confiar en mí misma.

Tenía una capacidad especial para hacerme saber que podía alcanzar lo que fuera que me propusiera, aún sin decírmelo. Tenía una fe ciega en mí que gritaba en silencio a los cuatro vientos. Una fe que no he visto en nadie más. Ni siquiera en mí misma.

A seguir y amar mi vocación.

No pasábamos mucho tiempo juntos porque su trabajo no lo permitía, sin embargo nunca lo escuché quejarse. Aunque era claro que le dolía estar lejos, perderse momentos importantes, al regresar siempre hablaba con emoción sobre los nuevos retos en la oficina, los cambios en el sistema y lo que venía.

A ver al ser humano por encima de todo.

Admito que a veces podía llegar a ser bastante molesto. Salir con él y que en el camino se cruzaran un sinfín de conocidos para saludarlo o incluso pedirle un consejo. Jamás lo vi negarse, ni ante el niño o el indigente que le pedía una moneda, mucho menos ante la señora apesadumbrada que llegaba sin avisar pidiendo un consejo para sacar a su hijo de la cárcel. El respondía siempre con amabilidad, veía al otro a la cara, sin el dejo de superioridad y soberbia de muchos de sus colegas.

A luchar por lo que quiero. 

Vender el periódico en la madrugada para poder ir a la primaria. Recorrer kilómetros para poder asistir a la secundaria. Trabajar horas extras para pagarse la universidad. Estudiar en la madrugada para tener un título. Muchos fueron los obstáculos con los que se encontró para poder salir adelante, obstáculos que logró superar gracias a un espíritu de lucha y un gran amor por la vida.

A valorarme. A sacar fuerza de la debilidad. 

El día que lo perdí, supe que nadie me  iba a amar nunca como él lo había hecho, pero supe también que mi tarea sería no aceptar nunca menos. Gracias al hecho de haber recibido su amor incondicional supe el tipo de amor que merecía, que después de haber sobrevivido la pérdida del hombre que más me amó en el mundo, llorar por cualquier individuo inmaduro y egoísta no sería opción. Gracias a él conocí mi valor como mujer y como ser humano, y en su nombre, mi obligación es y será siempre defender mi dignidad, dar y aceptar amor verdadero, no pretensiones, no migajas.

El hombre que más me amó es mi padre. Y aunque lo perdí hace siete años y ahora tengo la bendición de compartir mi vida con un ser humano maravilloso con quien descubro diferentes tipos de amor, su ausencia sigue presente. Tal vez  es cierto que el dolor año con año se disipa y  aumenta la capacidad de recordar lo bueno sin sufrir por su partida, pero también sé que siempre me va a hacer falta. Porque el amor de un padre a una hija es irreemplazable.

Y ese amor vive en mí.

El día que Gaby Perdió su Virginidad en 1º de Primaria

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Gaby tenía seis o siete años, era unos meses mayor que yo y una de mis mejores amigas. De hecho me superaba en peso y tamaño y nuestra relación comenzó con una de nosotras siendo intimidada por la otra. El segundo día que llegué a casa lamentando que Gaby me había pegado, mi papá me contestó que, o me defendía y le metía un trancazo, o él me iba a pegar a mí (cosa que obviamente, nunca en su vida hizo  y yo tuve una infancia bastante normal, enfrentando el bullying “a la sonorense”). Al siguiente día descubrí mi súper poder, esa increíble capacidad escondida en un cuerpo pequeño y delgado, pero con una mano dura, bastante dura. A Gaby le bastó con probar una sola de mis ultra poderosas cachetadas para tenerme un poco de respeto y dejar de meterse conmigo. Hasta amigas nos hicimos y yo me di cuenta de que detrás de su imagen de grandulona aprovechada, había un gran corazón. Uno muy enamoradizo. Ahora vamos al escabroso asunto de la virginidad.

Mi primer acercamiento al tema tuvo lugar una calurosa tarde, de esas que no dan más que para encerrarse con el aire acondicionado a todo y ver la horripilante novela de las tres. Estaba sentada con Graciela, mi madre, y veíamos un drama de esos ridículos con los que Televisa planeaba atrapar a sus televidentes transportándolos a un contexto rural, idílico y estúpidamente apasionado. El asunto es que, en medio de unas caballerizas pulcras y prefabricadas (nada parecidas a las que yo había visto en el pueblo de mis abuelos), un personaje femenino —que no era la sacrosanta protagonista a la que se le iba la novela en llorar y rezarle a la Virgencita para que Francisco José Máximiliano del Campo y la Madre le hiciera caso — le reclamaba al Francisco José Ma…. que le había entregado su vida, sus sueños y —pausa dramática y close up— SU VIRGINIDAAAAD.

— Mami, ¿qué es la VIRGINIDAAAAD?

Mi madre puso una cara como de “y yo pensé que después de cómo nacen los bebés, las preguntas incómodas se habían acabado”.  Se quedó pensando un ratito y, con esa cara que años después descubrí que ponía cada vez que se inventaba un buen cuento, me dijo:

— Es cuando una mujer nunca le ha dado un beso a un hombre, tesoro.

Día siguiente llega mi  amiga Gaby después del recreo presumiendo que le había dado un beso a su novio Jesús Javier (mi crush de los seis años).  A lo que yo, escenificando un poco del drama que según la novela, requería el asunto de la virginidad, la vi abriendo mis ojos lo más que podía y con una expresión mitad susto mitad desprecio le dije:

— Gaby…. YA NO ERES VIRGEN.

Su cara de travesura se transformó en desconcierto, me dijo “estás loca, flaca” y el llamado de nuestra maestra nos distrajo del tema.

A los seis años tuve un acercamiento bastante cómico  con un tema tormentoso. Si mi madre creía que con el cuento del beso se me iba a olvidar el tema, estaba muy equivocada. La niña de seis años sacó sus conclusiones aquella tarde, y me quedaron clarísimos algunos conceptos acerca de la virginidad:

  1. Es exclusiva de la mujer.  Mi madre fue bastante clara cuando dijo que es cuando una MUJER nunca ha besado a un HOMBRE, así que supuse que los hombres no tenían que preocuparse por la suya y ellos eran libres de besar a las mujeres que quisiesen, y hasta podían darse el lujo de rechazarlas por ello.
  2. Es importante conservarla.  La fulana lloraba porque la había perdido y Francisco José Maximiliano la miraba con cara de desprecio.
  3. A los hombres no les gusta que no la tengas, aunque la hayas perdido con ellos. Francisco José Maximiliano con cara de desprecio.
  4. La protagonista bonita, buena y rezadora la conserva hasta el final de la novela. O Francisco José Maximiliano ya no la querría. Esperen un momento, la protagonista se ha besado varias veces con el fulano… entonces ya no es virgen, entonces la virginidad no es tan importante, ¿o sí? mamáaaaaaaa….

Con el tiempo el tema perdió importancia. Después volvió con más fuerza un fantasma disfrazado de virtud obligada, de religiosidad misógina, de control milenario. Dicen que todo empezó con la propiedad privada, hace siglos. El hombre, al adquirir el derecho de heredar, tenía que asegurarse de que sus hijos fueran realmente suyos, así que, mujer: al claustro, a la torre más alta, donde no te vean, donde no veas a nadie, donde no peques. El hombre, a diferencia es libre de hacer y deshacer.

Durante mi adolescencia me tropecé con bienintencionadas advertencias como  “Hay que cuidar el tesorito porque fruta manoseada no hay quien la quiera”  “El hombre es de la calle y la mujer es de la casa” y hasta hace no mucho tuve un altercado con un familiar que aseguraba que las muchachas de ahora “son muy facilitas”, que a los hombres les gusta correr un carro con kilometraje cero. Mi respuesta: ¿Quién te crees tú, que exiges coche agencia y ofreces motor desvielado al que hace siglos se le derramó el aceite?”

El concepto de la virginidad tiene una profunda relación con la satanización de la sexualidad, ésta última, uno de los principales detonantes de trastornos de carácter sexual e incluso abuso sexual. Durante el tiempo que colaboré con Fundación PAS, organización dedicada a la prevención del abuso sexual infantil, fui testigo de muchos casos terribles. Entre ellos, el de una niña de 14 años que presentaba conductas sexuales de  riesgo, múltiples parejas a tan corta edad, relaciones sin protección, etc. Al preguntarle la terapeuta la razón de todo aquello, la respuesta fue la siguiente: mi tío me violó cuando tenía 10 años. Ya no soy virgen, ¿qué tengo que perder?

Ninguna niña, ningún niño merece cargar una culpa de ese tamaño. Ninguna mujer, ningún ser humano merece ser juzgado por las decisiones que toma respecto a su cuerpo. Quizás es momento de  dejar de educar en el miedo  y promover el respeto y el amor hacia nosotros mismos. Tan absurdo es discriminar a alguien por ser virgen como por no serlo.

Sobre Gaby, creo que el trauma psicológico resultante de la confusión no fue muy grande. Años después que le pregunté si recordaba el incidente, se botó de risa y respondió que no.

 

 

Lo que las Mexicanas Necesitan y Quizás no te Han Dicho

fantasy-girl-1082212_1920Ir por la calle cuidándote las espaldas. Tratar de ignorar los insultos  del cerdo que te grita en la esquina porque al final sabes que es más fuerte que tú y es mejor no provocarlo. Subir las escaleras de tu departamento de prisa, preguntándote si alguien te sigue. Cerrar la puerta de golpe y poner el candado lo más rápido que puedes. Meterte en la cama tratando de no quedarte dormida tan rápido, pese al cansancio, por si llegas a escuchar a algún ruido, porque finalmente estás sola y sabes el riesgo que ello implica. No es agradable, pero es cosa de todos los días. Te preguntas si en algún punto acabarás acostumbrándote.

Existe un sentimiento que tristemente nos une a la mayoría de las mexicanas, si no es que a todas: El miedo. Vivimos con él desde hace bastante tiempo, desde la vez que nuestra bienintencionada madre nos hizo prometer que no confiaríamos en ningún amigo durante la fiesta, que no aceptáramos bebidas que no abrieran frente a nosotras, que no diéramos “motivo” para que nos faltasen al respeto. O quizás desde antes, cuando nos negaron el permiso de ir a dormir en casa de la amiga que tenía papá o hermanitos, o cuando nos explicaron por qué nuestro hermano menor sí podía usar el coche y regresar tarde de la fiesta. O peor, cuando un hombre mayor nos violentó, nos tocó o nos abusó siendo apenas unas niñas y nos hizo creer que había sido nuestra culpa.

Porque nos han dicho que “está en nosotras” que nada nos pase. Que las víctimas de violaciones, feminicidios, violencia en todas sus expresiones, se lo buscaron. Que las turistas argentinas asesinadas en Ecuador se descuidaron, porque, estando el mundo como está, ¿cómo se les ocurrió viajar solas? Puesto que la compañía de una mujer a los ojos del mundo no vale nada. Que la chica a la que encontraron muerta, violada, torturada, en uno de los muchos canales de este país seguramente andaba con un narco y jugó con fuego; que la compañera de la universidad que despertó inconsciente y desnuda en el departamento de un desconocido seguramente pensó que tenía tremendas ganas de ser violada cuando tomó la primera copa, porque a propósito no quiso darse cuenta de que la bebida estaba adulterada.

Y como se supone que “está en ti” que nada te pase, tomas tus precauciones, por simples o extremas que parezcan. Porque salir a la calle en este país es preguntarte cada día si vas a regresar, si no acabarás en una de las tantas imágenes que se comparten en redes sociales solicitando información sobre tu paradero, o en la portada de uno de esos periodicuchos que muestran sin respeto alguno el cuerpo mutilado de las víctimas de la violencia; o peor, en un lugar remoto junto a las miles de mujeres víctimas de trata.

Los reportes de desaparecidas en México son interminables. Los casos de intentos de secuestro y violaciones se multiplican día con día. Las autoridades no dicen mucho al respecto. Te enteras de que en su mayoría se trata de mujeres menores de 25 años, y aquí es cuando le pides a Dios que el tiempo corra, que los años pasen; pues tu juventud, esa que tendría que ser sinónimo de libertad y aventura, no te representa otra cosa que vulnerabilidad, y una vez más, miedo.

Y no es justo. No mereces ser gobernada por el chingado miedo. No basta con cambiar nuestra mentalidad, no basta salir a la calle de manera optimista e ingenua; tampoco basta con armarnos de gas pimienta, revolver y silbato. Eso nos puede hacer sentir más seguras pero no más libres. La raíz de esta problemática va más allá de nosotras, nuestro entorno y capacidad de impacto, y si queremos cambiarlo  tenemos que empezar por saber lo que como mujeres merecemos.

Merecemos salir a la calle de manera libre, merecemos ser vistas como seres humanos por parte del albañil, por el chofer de autobús, el político, el primo, el hermano, el padre, la pareja, todos los hombres y todas las mujeres. Merecemos dejar de juzgarnos entre nosotras, dejar de culpar a las víctimas de violencia para sentirnos menos vulnerables, menos inseguras. Merecemos un país que se reeduque en perspectiva de género, un país en el que se le ponga un verdadero alto a la violencia que viven esos niños invisibles y futuros agresores. Merecemos familias que eduquen en el amor y la asertividad, NO EN EL MIEDO. Familias en las que se respete a cada uno de sus miembros, donde se les enseñe a las niñas cuán capaces son de conseguir lo que deseen por medio de su inteligencia y sus capacidades; y donde se les enseñe a los niños a  respetar tanto a hombres como a mujeres, donde un NO signifique un NO. Merecemos un país en el que se marche y se haga algo verdaderamente por los niños, los que están en la calle, los que viven en pobreza, víctimas de esclavitud y violencia. Merecemos, hombres y mujeres,  una sociedad que no se olvide de que el monstruo que hoy la aterroriza, ayer era el mismo niño aterrorizado y violentado al que se negó y se sigue negando a voltear a ver.

Las mujeres en México podemos armarnos, prevenirnos, encerrarnos en una burbuja con tal de escapar del maldito miedo. Pero, desgraciadamente, no está en nosotras que no nos violen, que no nos juzguen, que no nos maten.

Necesitamos de ustedes.

 

“Mercados de Italia: El Paraíso del Foodie” Parte I. Mercato Trionfale, Roma.

Fuente: https://pixabay.com/es/italia-mercado-frutas-mediterráneo-641656/

Con los últimos acontecimientos me he ausentado un poco de la cocina  y con ello  no sólo he bajado un par de kilos; una parte de mí (esa que se siente bruja y alquimista) ha estado medio muerta en días pasados, pero dado que por fin he tocado base, estamos de regreso con un nuevo tópico en la sección de Cuisine de este blog: Mercados del mundo.

Son lugares en los que podría pasarme el día entero vagando y descubriendo; que esconden tradiciones, historias y sobre todo, sabores. Estoy plenamente convencida de que visitar una ciudad y omitir su mercado, es casi como no visitarla. Estos míticos lugares nos dan la posibilidad de entrar en la rutina de los locales, conocer un poco de lo que viven, lo que comen y lo que cuentan; es incluso una manera de abrirnos la posibilidad de conocer a otros extranjeros con intereses similares a los nuestros (ya en el siguiente post les contaré de Babs, una australiana lindísima que conocí en el Mercato Centrale de Florencia). Además de todo, visitar mercados tiene otra gran ventaja: buena comida típica a precios razonables; las zonas turísticas pueden dejar en la ruina al viajero hambriento. Con este historial lo que quiero comprobarles, queridos lectores, es que los  mercados son una verdadera chulada y deberían considerarse parada prioritaria en cualquier recorrido turístico. Y bueno, como en las últimas semanas me he autoexiliado en el país de el prosciutto, la pasta y el vinagre balsámico, tengo el honor de traerles a ustedes, damas y caballeros, el primer post de tres que publicaré acerca de los mercados italianos: de Roma para el mundo, Mercato Trionfale.

Mercato Trionfale

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A sólo unos pasos de Plaza San Pedro, sobre Via Andrea Doria, encontramos este mercado de comida, y ¡qué comida! Mozzarella fresco artesanal, pan recién horneado, variedades inimaginables de carnes curadas, frutas y verduras de la estación, quesos de todo tipo y un sinfín de colores, aromas y sonrisas. Poco frecuentado por los turistas, el ambiente es tranquilo y bastante local. Hay que hacer acopio de paciencia y sacar nuestros apuntes de italiano, porque aquí casi nadie habla inglés; sin embargo, los encargados se muestran atentos y corteses con los extranjeros, pronuncian lentamente las palabras en busca de las tan comunes coincidencias con el español, y de una forma u otra, surge un código extraño pero amistoso de comunicación.

Recién entrar llama mi atención un local repleto de toneles de acero de muchos, muchos litros. Me acerco intrigada para descubrir que lo que se vende ahí, por galones, es nada más y nada menos que vino, placer de los dioses. En “Vini Sfusi” uno encuentra tanto tintos como blancos. Las recomendaciones de Manuele, el encargado, son el Chardonnay de Sicilia característicamente seco; el Nero d’avola también siciliano y de un rojo intensísimo;  pero sin lugar a dudas mi favorito resultó ser  el dulce y afrutado Cesanese, de la región de Lazio. Tan suave que podría tomarlo hasta con el desayuno.

Manuele, el encargado de Vini Sfusi mostrándonos las cantidades de vino que suele vender por cinco euros o menos.

Manuele, el encargado de Vini Sfusi mostrándonos las cantidades de vino que suele vender por cinco euros o menos.

Tras caminar un poco y ver algunas panaderías y stands dedicados completamente a la repostería que hacen que se me vayan los ojos entre merengues horneados y galletas de mantequilla, me encuentro con “Garofalo” un local dedicado a los quesos, del que penden provolones dorados y sus vitrinas presumen diferentes variedades de queso de cabra,  parmesanos añejos y mozzarellas elaborados artesanalmente.  Giovanni Guida, el encargado, nos invita a probar el mozzarella. Yo hago uso de mi basiquísimo italiano para conversar con él, que cuenta que el negocio lo inició su familia hace varios años. Con una sonrisa nos invita a probar una especie de pan suave con trozos de prosciutto y queso, horneado por su madre. No sin antes comprar un poco de mozzarella tierno, nos despedimos.

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Mozzarella di bufala, natural, y queso con nueces.

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Las variedades de “Garofalo” en el Mercato Trionfale.

Giovanni Guida, un entusiasta de la comida italiana artesanal, encargado de "Garofalo"

Giovanni Guida, un entusiasta de la comida italiana artesanal, encargado de “Garofalo”

Por último, y antes de dejar el mercado, pasamos a visitar un local de mucha tradición, llamado “La Porchetta di Ariccia” dedicado a los productos de esa zona ubicada en el centro de Italia. Ivo, un señor de unos sesenta años y encargado del local, me platica en su idioma la tradición de sus productos, me enseña una foto de él mismo atendiendo el local hace 45 años, y me muestra con orgullo que la porchetta (un plato típico con el que tengo obsesión que consiste en un cerdo al horno relleno de hierbas), se ha acabado con rapidez aquel día. Me ofrece un poco de prosciutto crudo, fresco y de sabor suave, me pregunta cuánto tiempo estaré en Roma, me asegura que debo visitar Pompeya y Nápoles, y que debería conseguirme un marido italiano para que me lleve a viajar por toda italia. Reímos a carcajadas. Me asegura que en todo el Mercato no encontraré mejor porchetta, pero es una lástima que se haya acabado. Le pido una fotografía y con pena se niega, me asegura que él ya es un anciano abuelo, pero que su amigo Arsenio, que no se ha despegado de su quehacer del otro lado del puesto, estará encantado de tomarse una foto con “la bellissima messicana”.  Vuelvo a reír a carcajadas.

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Con Arsenio, de “La Porchetta di Ariccia”

Nos despedimos deseándonos buona giornata.

Y ahora, yo los dejo con la imagen de la obsesión gastronómica de la que les platicaré en la segunda parte de esta serie, cuando  hablemos del imperdible Mercato Centrale, en la ciudad de Florencia. Por lo pronto, me retiro a preparar un fettuccini con pana e prosciutto. Son las 2:30 de la tarde en Torino. Escribir este post me ha dado mucha, mucha hambre.

Porchetta ¡Mamma mia!

Porchetta ¡Mamma mia!

Buona sera!

No Soy tu Reina. Carta a un Acosador Callejero.

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No soy tu reina, aún no soy “mamacita” de nadie y para tu mala suerte,  no me considero “chiquitita”. Y precisamente por eso, tus palabras ni me halagan ni me intimidan, simplemente me desconciertan. Me pregunto si te gustaría que alguien más tratara así a tu “madrecita santa”, a tu hermana o a tu hija. Ellas, como yo, también tienen una vagina. La razón por la que tú, que ni siquiera me conoces, te sientes con derecho de fastidiarme en la calle.

Alguna vez pensé que me libraría de ti al salir de mi lugar de origen, demasiado surrealista incluso para Dalí; pero ya hace tiempo me di cuenta de que aquellas eran falsas esperanzas. Simplemente hoy temprano, del otro lado del mundo, he salido a la calle a caminar y tomar unas fotos en uno de los lugares sagrados del monoteísmo, repleto de las únicas mujeres a las que quizás respetas porque llevan hábito,  y ahí estabas. Con un acento distinto, una imagen diferente, pero con la misma risa descarada y gesto primitivo. Me lanzaste un par de besos de esos prolongados con los que parecías succionar tu propia boca, me miraste con burla.

En tu limitado universo te imaginas que me he ganado tu vulgaridad, tu falta de respeto; que merezco ser objetivada y minimizada, por pintarme la boca roja o no pintármela; por usar vestido, leggings, jeans o falda holgada; por ser amable, extrovertida o por apretada. Por caminar delante de ti, por respirar, por existir, por ser mujer.  Porque en algún punto de tu raquítica educación te hicieron creer que a las mujeres nos toca aguantar. Porque “boys will be boys” porque tus instintos sexuales están por encima de mi dignidad, una dignidad inferior a la tuya, una dignidad de mujer.

Me gustaría mandarte a chingar a tu madre, pero eso sería seguir la misma lógica machista. A veces mejor te ignoro, otras te grito en la cara que te vayas al diablo; y la mayoría de las veces, como hoy, siento lástima por ti.

Porque tu atrevimiento no denota otra cosa que tu tremenda inseguridad. Mi presencia te intimida. Eres incapaz de acercarte como un ser humano y preguntarme mi nombre, la hora o cómo está el clima. Me consideras fuera de tu alcance y eso te molesta, por eso decides agredirme, puesto que es lo único que te queda. Quizás después de molestarme con tu piropo vulgar  te preguntes cómo sería salir a comer, a bailar o a tomar un café conmigo. Y dado que, querido acosador sexual (porque eso eres), eso nunca sucederá y yo no tendré oportunidad  de analizar tu patológico inconsciente, quiero que sepas unas cuantas cosas:

1. Mi cuerpo, muy a tu pesar, es mío. Yo decido cómo lo visto y con quien lo desvisto. Tú no tienes absolutamente nada que ver en ello y mis decisiones no te dan derecho a agredirme.

2. No necesito tu aprobación. Sé mejor que tú, que el vestido negro de hace rato me queda bien, me hace sentir bonita; con él me seduzco a mí misma y a la persona que amo. Tú no figuras en NINGUNA parte de la historia. SUPÉRALO.

3. Tu conducta no es justificable, BAJO NINGUNA CIRCUNSTANCIA. Quizás antes podías resguardarte en nuestra vulnerabilidad para además hacernos sentir culpables de tu bravuconería. Pero, ¿adivina qué? ESTAMOS HARTAS. Ya no nos impresionas, hace tiempo dejaste de causarnos miedo.

4. Tu “estrategia” de seducción no sirve. Si alguna vez en tu estupidez, has creído que faltándole al respeto a una mujer  vas a conseguir algo de ella, estás muy equivocado. O dime cuántos de tus acercamientos ridículos han resultado en romance.

5. Lo que haces se llama ACOSO SEXUAL CALLEJERO; y no es nada de lo qué estar orgulloso.

Ojalá un día encuentres en algún lado un poquito de autoestima. Ojalá un día aprendas a respetarte a ti mismo, porque, querido acosador sexual, tu conducta es el claro reflejo de tu ignorancia, tus miedos y tu ENORME inseguridad.

Atte.

La mujer a la que no te atreves a invitar a salir.