El día que Gaby Perdió su Virginidad en 1º de Primaria

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Gaby tenía seis o siete años, era unos meses mayor que yo y una de mis mejores amigas. De hecho me superaba en peso y tamaño y nuestra relación comenzó con una de nosotras siendo intimidada por la otra. El segundo día que llegué a casa lamentando que Gaby me había pegado, mi papá me contestó que, o me defendía y le metía un trancazo, o él me iba a pegar a mí (cosa que obviamente, nunca en su vida hizo  y yo tuve una infancia bastante normal, enfrentando el bullying “a la sonorense”). Al siguiente día descubrí mi súper poder, esa increíble capacidad escondida en un cuerpo pequeño y delgado, pero con una mano dura, bastante dura. A Gaby le bastó con probar una sola de mis ultra poderosas cachetadas para tenerme un poco de respeto y dejar de meterse conmigo. Hasta amigas nos hicimos y yo me di cuenta de que detrás de su imagen de grandulona aprovechada, había un gran corazón. Uno muy enamoradizo. Ahora vamos al escabroso asunto de la virginidad.

Mi primer acercamiento al tema tuvo lugar una calurosa tarde, de esas que no dan más que para encerrarse con el aire acondicionado a todo y ver la horripilante novela de las tres. Estaba sentada con Graciela, mi madre, y veíamos un drama de esos ridículos con los que Televisa planeaba atrapar a sus televidentes transportándolos a un contexto rural, idílico y estúpidamente apasionado. El asunto es que, en medio de unas caballerizas pulcras y prefabricadas (nada parecidas a las que yo había visto en el pueblo de mis abuelos), un personaje femenino —que no era la sacrosanta protagonista a la que se le iba la novela en llorar y rezarle a la Virgencita para que Francisco José Máximiliano del Campo y la Madre le hiciera caso — le reclamaba al Francisco José Ma…. que le había entregado su vida, sus sueños y —pausa dramática y close up— SU VIRGINIDAAAAD.

— Mami, ¿qué es la VIRGINIDAAAAD?

Mi madre puso una cara como de “y yo pensé que después de cómo nacen los bebés, las preguntas incómodas se habían acabado”.  Se quedó pensando un ratito y, con esa cara que años después descubrí que ponía cada vez que se inventaba un buen cuento, me dijo:

— Es cuando una mujer nunca le ha dado un beso a un hombre, tesoro.

Día siguiente llega mi  amiga Gaby después del recreo presumiendo que le había dado un beso a su novio Jesús Javier (mi crush de los seis años).  A lo que yo, escenificando un poco del drama que según la novela, requería el asunto de la virginidad, la vi abriendo mis ojos lo más que podía y con una expresión mitad susto mitad desprecio le dije:

— Gaby…. YA NO ERES VIRGEN.

Su cara de travesura se transformó en desconcierto, me dijo “estás loca, flaca” y el llamado de nuestra maestra nos distrajo del tema.

A los seis años tuve un acercamiento bastante cómico  con un tema tormentoso. Si mi madre creía que con el cuento del beso se me iba a olvidar el tema, estaba muy equivocada. La niña de seis años sacó sus conclusiones aquella tarde, y me quedaron clarísimos algunos conceptos acerca de la virginidad:

  1. Es exclusiva de la mujer.  Mi madre fue bastante clara cuando dijo que es cuando una MUJER nunca ha besado a un HOMBRE, así que supuse que los hombres no tenían que preocuparse por la suya y ellos eran libres de besar a las mujeres que quisiesen, y hasta podían darse el lujo de rechazarlas por ello.
  2. Es importante conservarla.  La fulana lloraba porque la había perdido y Francisco José Maximiliano la miraba con cara de desprecio.
  3. A los hombres no les gusta que no la tengas, aunque la hayas perdido con ellos. Francisco José Maximiliano con cara de desprecio.
  4. La protagonista bonita, buena y rezadora la conserva hasta el final de la novela. O Francisco José Maximiliano ya no la querría. Esperen un momento, la protagonista se ha besado varias veces con el fulano… entonces ya no es virgen, entonces la virginidad no es tan importante, ¿o sí? mamáaaaaaaa….

Con el tiempo el tema perdió importancia. Después volvió con más fuerza un fantasma disfrazado de virtud obligada, de religiosidad misógina, de control milenario. Dicen que todo empezó con la propiedad privada, hace siglos. El hombre, al adquirir el derecho de heredar, tenía que asegurarse de que sus hijos fueran realmente suyos, así que, mujer: al claustro, a la torre más alta, donde no te vean, donde no veas a nadie, donde no peques. El hombre, a diferencia es libre de hacer y deshacer.

Durante mi adolescencia me tropecé con bienintencionadas advertencias como  “Hay que cuidar el tesorito porque fruta manoseada no hay quien la quiera”  “El hombre es de la calle y la mujer es de la casa” y hasta hace no mucho tuve un altercado con un familiar que aseguraba que las muchachas de ahora “son muy facilitas”, que a los hombres les gusta correr un carro con kilometraje cero. Mi respuesta: ¿Quién te crees tú, que exiges coche agencia y ofreces motor desvielado al que hace siglos se le derramó el aceite?”

El concepto de la virginidad tiene una profunda relación con la satanización de la sexualidad, ésta última, uno de los principales detonantes de trastornos de carácter sexual e incluso abuso sexual. Durante el tiempo que colaboré con Fundación PAS, organización dedicada a la prevención del abuso sexual infantil, fui testigo de muchos casos terribles. Entre ellos, el de una niña de 14 años que presentaba conductas sexuales de  riesgo, múltiples parejas a tan corta edad, relaciones sin protección, etc. Al preguntarle la terapeuta la razón de todo aquello, la respuesta fue la siguiente: mi tío me violó cuando tenía 10 años. Ya no soy virgen, ¿qué tengo que perder?

Ninguna niña, ningún niño merece cargar una culpa de ese tamaño. Ninguna mujer, ningún ser humano merece ser juzgado por las decisiones que toma respecto a su cuerpo. Quizás es momento de  dejar de educar en el miedo  y promover el respeto y el amor hacia nosotros mismos. Tan absurdo es discriminar a alguien por ser virgen como por no serlo.

Sobre Gaby, creo que el trauma psicológico resultante de la confusión no fue muy grande. Años después que le pregunté si recordaba el incidente, se botó de risa y respondió que no.

 

 

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Lo que las Mexicanas Necesitan y Quizás no te Han Dicho

fantasy-girl-1082212_1920Ir por la calle cuidándote las espaldas. Tratar de ignorar los insultos  del cerdo que te grita en la esquina porque al final sabes que es más fuerte que tú y es mejor no provocarlo. Subir las escaleras de tu departamento de prisa, preguntándote si alguien te sigue. Cerrar la puerta de golpe y poner el candado lo más rápido que puedes. Meterte en la cama tratando de no quedarte dormida tan rápido, pese al cansancio, por si llegas a escuchar a algún ruido, porque finalmente estás sola y sabes el riesgo que ello implica. No es agradable, pero es cosa de todos los días. Te preguntas si en algún punto acabarás acostumbrándote.

Existe un sentimiento que tristemente nos une a la mayoría de las mexicanas, si no es que a todas: El miedo. Vivimos con él desde hace bastante tiempo, desde la vez que nuestra bienintencionada madre nos hizo prometer que no confiaríamos en ningún amigo durante la fiesta, que no aceptáramos bebidas que no abrieran frente a nosotras, que no diéramos “motivo” para que nos faltasen al respeto. O quizás desde antes, cuando nos negaron el permiso de ir a dormir en casa de la amiga que tenía papá o hermanitos, o cuando nos explicaron por qué nuestro hermano menor sí podía usar el coche y regresar tarde de la fiesta. O peor, cuando un hombre mayor nos violentó, nos tocó o nos abusó siendo apenas unas niñas y nos hizo creer que había sido nuestra culpa.

Porque nos han dicho que “está en nosotras” que nada nos pase. Que las víctimas de violaciones, feminicidios, violencia en todas sus expresiones, se lo buscaron. Que las turistas argentinas asesinadas en Ecuador se descuidaron, porque, estando el mundo como está, ¿cómo se les ocurrió viajar solas? Puesto que la compañía de una mujer a los ojos del mundo no vale nada. Que la chica a la que encontraron muerta, violada, torturada, en uno de los muchos canales de este país seguramente andaba con un narco y jugó con fuego; que la compañera de la universidad que despertó inconsciente y desnuda en el departamento de un desconocido seguramente pensó que tenía tremendas ganas de ser violada cuando tomó la primera copa, porque a propósito no quiso darse cuenta de que la bebida estaba adulterada.

Y como se supone que “está en ti” que nada te pase, tomas tus precauciones, por simples o extremas que parezcan. Porque salir a la calle en este país es preguntarte cada día si vas a regresar, si no acabarás en una de las tantas imágenes que se comparten en redes sociales solicitando información sobre tu paradero, o en la portada de uno de esos periodicuchos que muestran sin respeto alguno el cuerpo mutilado de las víctimas de la violencia; o peor, en un lugar remoto junto a las miles de mujeres víctimas de trata.

Los reportes de desaparecidas en México son interminables. Los casos de intentos de secuestro y violaciones se multiplican día con día. Las autoridades no dicen mucho al respecto. Te enteras de que en su mayoría se trata de mujeres menores de 25 años, y aquí es cuando le pides a Dios que el tiempo corra, que los años pasen; pues tu juventud, esa que tendría que ser sinónimo de libertad y aventura, no te representa otra cosa que vulnerabilidad, y una vez más, miedo.

Y no es justo. No mereces ser gobernada por el chingado miedo. No basta con cambiar nuestra mentalidad, no basta salir a la calle de manera optimista e ingenua; tampoco basta con armarnos de gas pimienta, revolver y silbato. Eso nos puede hacer sentir más seguras pero no más libres. La raíz de esta problemática va más allá de nosotras, nuestro entorno y capacidad de impacto, y si queremos cambiarlo  tenemos que empezar por saber lo que como mujeres merecemos.

Merecemos salir a la calle de manera libre, merecemos ser vistas como seres humanos por parte del albañil, por el chofer de autobús, el político, el primo, el hermano, el padre, la pareja, todos los hombres y todas las mujeres. Merecemos dejar de juzgarnos entre nosotras, dejar de culpar a las víctimas de violencia para sentirnos menos vulnerables, menos inseguras. Merecemos un país que se reeduque en perspectiva de género, un país en el que se le ponga un verdadero alto a la violencia que viven esos niños invisibles y futuros agresores. Merecemos familias que eduquen en el amor y la asertividad, NO EN EL MIEDO. Familias en las que se respete a cada uno de sus miembros, donde se les enseñe a las niñas cuán capaces son de conseguir lo que deseen por medio de su inteligencia y sus capacidades; y donde se les enseñe a los niños a  respetar tanto a hombres como a mujeres, donde un NO signifique un NO. Merecemos un país en el que se marche y se haga algo verdaderamente por los niños, los que están en la calle, los que viven en pobreza, víctimas de esclavitud y violencia. Merecemos, hombres y mujeres,  una sociedad que no se olvide de que el monstruo que hoy la aterroriza, ayer era el mismo niño aterrorizado y violentado al que se negó y se sigue negando a voltear a ver.

Las mujeres en México podemos armarnos, prevenirnos, encerrarnos en una burbuja con tal de escapar del maldito miedo. Pero, desgraciadamente, no está en nosotras que no nos violen, que no nos juzguen, que no nos maten.

Necesitamos de ustedes.

 

“Mercados de Italia: El Paraíso del Foodie” Parte I. Mercato Trionfale, Roma.

Fuente: https://pixabay.com/es/italia-mercado-frutas-mediterráneo-641656/

Con los últimos acontecimientos me he ausentado un poco de la cocina  y con ello  no sólo he bajado un par de kilos; una parte de mí (esa que se siente bruja y alquimista) ha estado medio muerta en días pasados, pero dado que por fin he tocado base, estamos de regreso con un nuevo tópico en la sección de Cuisine de este blog: Mercados del mundo.

Son lugares en los que podría pasarme el día entero vagando y descubriendo; que esconden tradiciones, historias y sobre todo, sabores. Estoy plenamente convencida de que visitar una ciudad y omitir su mercado, es casi como no visitarla. Estos míticos lugares nos dan la posibilidad de entrar en la rutina de los locales, conocer un poco de lo que viven, lo que comen y lo que cuentan; es incluso una manera de abrirnos la posibilidad de conocer a otros extranjeros con intereses similares a los nuestros (ya en el siguiente post les contaré de Babs, una australiana lindísima que conocí en el Mercato Centrale de Florencia). Además de todo, visitar mercados tiene otra gran ventaja: buena comida típica a precios razonables; las zonas turísticas pueden dejar en la ruina al viajero hambriento. Con este historial lo que quiero comprobarles, queridos lectores, es que los  mercados son una verdadera chulada y deberían considerarse parada prioritaria en cualquier recorrido turístico. Y bueno, como en las últimas semanas me he autoexiliado en el país de el prosciutto, la pasta y el vinagre balsámico, tengo el honor de traerles a ustedes, damas y caballeros, el primer post de tres que publicaré acerca de los mercados italianos: de Roma para el mundo, Mercato Trionfale.

Mercato Trionfale

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A sólo unos pasos de Plaza San Pedro, sobre Via Andrea Doria, encontramos este mercado de comida, y ¡qué comida! Mozzarella fresco artesanal, pan recién horneado, variedades inimaginables de carnes curadas, frutas y verduras de la estación, quesos de todo tipo y un sinfín de colores, aromas y sonrisas. Poco frecuentado por los turistas, el ambiente es tranquilo y bastante local. Hay que hacer acopio de paciencia y sacar nuestros apuntes de italiano, porque aquí casi nadie habla inglés; sin embargo, los encargados se muestran atentos y corteses con los extranjeros, pronuncian lentamente las palabras en busca de las tan comunes coincidencias con el español, y de una forma u otra, surge un código extraño pero amistoso de comunicación.

Recién entrar llama mi atención un local repleto de toneles de acero de muchos, muchos litros. Me acerco intrigada para descubrir que lo que se vende ahí, por galones, es nada más y nada menos que vino, placer de los dioses. En “Vini Sfusi” uno encuentra tanto tintos como blancos. Las recomendaciones de Manuele, el encargado, son el Chardonnay de Sicilia característicamente seco; el Nero d’avola también siciliano y de un rojo intensísimo;  pero sin lugar a dudas mi favorito resultó ser  el dulce y afrutado Cesanese, de la región de Lazio. Tan suave que podría tomarlo hasta con el desayuno.

Manuele, el encargado de Vini Sfusi mostrándonos las cantidades de vino que suele vender por cinco euros o menos.

Manuele, el encargado de Vini Sfusi mostrándonos las cantidades de vino que suele vender por cinco euros o menos.

Tras caminar un poco y ver algunas panaderías y stands dedicados completamente a la repostería que hacen que se me vayan los ojos entre merengues horneados y galletas de mantequilla, me encuentro con “Garofalo” un local dedicado a los quesos, del que penden provolones dorados y sus vitrinas presumen diferentes variedades de queso de cabra,  parmesanos añejos y mozzarellas elaborados artesanalmente.  Giovanni Guida, el encargado, nos invita a probar el mozzarella. Yo hago uso de mi basiquísimo italiano para conversar con él, que cuenta que el negocio lo inició su familia hace varios años. Con una sonrisa nos invita a probar una especie de pan suave con trozos de prosciutto y queso, horneado por su madre. No sin antes comprar un poco de mozzarella tierno, nos despedimos.

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Mozzarella di bufala, natural, y queso con nueces.

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Las variedades de “Garofalo” en el Mercato Trionfale.

Giovanni Guida, un entusiasta de la comida italiana artesanal, encargado de "Garofalo"

Giovanni Guida, un entusiasta de la comida italiana artesanal, encargado de “Garofalo”

Por último, y antes de dejar el mercado, pasamos a visitar un local de mucha tradición, llamado “La Porchetta di Ariccia” dedicado a los productos de esa zona ubicada en el centro de Italia. Ivo, un señor de unos sesenta años y encargado del local, me platica en su idioma la tradición de sus productos, me enseña una foto de él mismo atendiendo el local hace 45 años, y me muestra con orgullo que la porchetta (un plato típico con el que tengo obsesión que consiste en un cerdo al horno relleno de hierbas), se ha acabado con rapidez aquel día. Me ofrece un poco de prosciutto crudo, fresco y de sabor suave, me pregunta cuánto tiempo estaré en Roma, me asegura que debo visitar Pompeya y Nápoles, y que debería conseguirme un marido italiano para que me lleve a viajar por toda italia. Reímos a carcajadas. Me asegura que en todo el Mercato no encontraré mejor porchetta, pero es una lástima que se haya acabado. Le pido una fotografía y con pena se niega, me asegura que él ya es un anciano abuelo, pero que su amigo Arsenio, que no se ha despegado de su quehacer del otro lado del puesto, estará encantado de tomarse una foto con “la bellissima messicana”.  Vuelvo a reír a carcajadas.

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Con Arsenio, de “La Porchetta di Ariccia”

Nos despedimos deseándonos buona giornata.

Y ahora, yo los dejo con la imagen de la obsesión gastronómica de la que les platicaré en la segunda parte de esta serie, cuando  hablemos del imperdible Mercato Centrale, en la ciudad de Florencia. Por lo pronto, me retiro a preparar un fettuccini con pana e prosciutto. Son las 2:30 de la tarde en Torino. Escribir este post me ha dado mucha, mucha hambre.

Porchetta ¡Mamma mia!

Porchetta ¡Mamma mia!

Buona sera!

No Soy tu Reina. Carta a un Acosador Callejero.

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No soy tu reina, aún no soy “mamacita” de nadie y para tu mala suerte,  no me considero “chiquitita”. Y precisamente por eso, tus palabras ni me halagan ni me intimidan, simplemente me desconciertan. Me pregunto si te gustaría que alguien más tratara así a tu “madrecita santa”, a tu hermana o a tu hija. Ellas, como yo, también tienen una vagina. La razón por la que tú, que ni siquiera me conoces, te sientes con derecho de fastidiarme en la calle.

Alguna vez pensé que me libraría de ti al salir de mi lugar de origen, demasiado surrealista incluso para Dalí; pero ya hace tiempo me di cuenta de que aquellas eran falsas esperanzas. Simplemente hoy temprano, del otro lado del mundo, he salido a la calle a caminar y tomar unas fotos en uno de los lugares sagrados del monoteísmo, repleto de las únicas mujeres a las que quizás respetas porque llevan hábito,  y ahí estabas. Con un acento distinto, una imagen diferente, pero con la misma risa descarada y gesto primitivo. Me lanzaste un par de besos de esos prolongados con los que parecías succionar tu propia boca, me miraste con burla.

En tu limitado universo te imaginas que me he ganado tu vulgaridad, tu falta de respeto; que merezco ser objetivada y minimizada, por pintarme la boca roja o no pintármela; por usar vestido, leggings, jeans o falda holgada; por ser amable, extrovertida o por apretada. Por caminar delante de ti, por respirar, por existir, por ser mujer.  Porque en algún punto de tu raquítica educación te hicieron creer que a las mujeres nos toca aguantar. Porque “boys will be boys” porque tus instintos sexuales están por encima de mi dignidad, una dignidad inferior a la tuya, una dignidad de mujer.

Me gustaría mandarte a chingar a tu madre, pero eso sería seguir la misma lógica machista. A veces mejor te ignoro, otras te grito en la cara que te vayas al diablo; y la mayoría de las veces, como hoy, siento lástima por ti.

Porque tu atrevimiento no denota otra cosa que tu tremenda inseguridad. Mi presencia te intimida. Eres incapaz de acercarte como un ser humano y preguntarme mi nombre, la hora o cómo está el clima. Me consideras fuera de tu alcance y eso te molesta, por eso decides agredirme, puesto que es lo único que te queda. Quizás después de molestarme con tu piropo vulgar  te preguntes cómo sería salir a comer, a bailar o a tomar un café conmigo. Y dado que, querido acosador sexual (porque eso eres), eso nunca sucederá y yo no tendré oportunidad  de analizar tu patológico inconsciente, quiero que sepas unas cuantas cosas:

1. Mi cuerpo, muy a tu pesar, es mío. Yo decido cómo lo visto y con quien lo desvisto. Tú no tienes absolutamente nada que ver en ello y mis decisiones no te dan derecho a agredirme.

2. No necesito tu aprobación. Sé mejor que tú, que el vestido negro de hace rato me queda bien, me hace sentir bonita; con él me seduzco a mí misma y a la persona que amo. Tú no figuras en NINGUNA parte de la historia. SUPÉRALO.

3. Tu conducta no es justificable, BAJO NINGUNA CIRCUNSTANCIA. Quizás antes podías resguardarte en nuestra vulnerabilidad para además hacernos sentir culpables de tu bravuconería. Pero, ¿adivina qué? ESTAMOS HARTAS. Ya no nos impresionas, hace tiempo dejaste de causarnos miedo.

4. Tu “estrategia” de seducción no sirve. Si alguna vez en tu estupidez, has creído que faltándole al respeto a una mujer  vas a conseguir algo de ella, estás muy equivocado. O dime cuántos de tus acercamientos ridículos han resultado en romance.

5. Lo que haces se llama ACOSO SEXUAL CALLEJERO; y no es nada de lo qué estar orgulloso.

Ojalá un día encuentres en algún lado un poquito de autoestima. Ojalá un día aprendas a respetarte a ti mismo, porque, querido acosador sexual, tu conducta es el claro reflejo de tu ignorancia, tus miedos y tu ENORME inseguridad.

Atte.

La mujer a la que no te atreves a invitar a salir.

El Veneno de las Mariposas. Primer Capítulo.

Como muchos ya saben, me he lanzado a la aventura de publicar mi primera novela, y gracias a un equipo de gente maravillosa estamos muy cerca de lograrlo. Les dejo aquí el primer capítulo de El Veneno de las Mariposas, esperando que lo disfruten y se animen a apoyar mi proyecto 🙂

Marie. Fotografía: César Alpuche. Actriz: Stana Carrillo

Marie. Fotografía: César Alpuche. Actriz: Stana Carrillo

I.Coïncidences

París. 1905

Léonore tiene 21 años.  Es una muchacha impaciente y le gusta. Le gusta molestarse cada vez que Adélaïde, la cocinera, sirve crème brûlée de postre y en el comedor comienza una guerra franco española en la que Mariana, su madre, digna defensora de la patria que la vio nacer, asegura que la crema catalana fue primero que la crème brûlée, retando la mirada suspicaz  y reprobatoria de su marido Dominique,  quien desde la trinchera francesa asegura que el caramelo fue un invento francés; por lo que la crème brûlée fue primero que la catalana. Ante el ataque, Mariana pide ayuda a su sobrina María Cecilia, pero a la joven le importan muy pocas cosas, y defender la  patria de su familia materna ante la ofensiva francesa no es una de ellas.  Léonore sabe que la discusión termina cuando el platillo se enfría un poco y está listo para ser degustado. Se escucha el crujir del caramelo al romperse y la familia ocupa sus lenguas en algo más placentero que una discusión sin fin.

Léonore habla mucho, pero también le gusta escuchar. A menudo riñe con su prima María Cecilia, porque no es capaz de seguirle el ritmo al momento de conversar.

— ¿Para qué quieres que hable? Con tu conversación tenemos suficiente para las dos— contesta María.

— ¡Marie! Lo divertido de contarle secretos a alguien, es que te cuente sus secretos.

— Yo no tengo secretos — contesta Marie lacónicamente y con una sonrisa sincera.

Marie tiene la misma edad que Léonore. A Marie no le gusta hablar. Quizás porque no está conforme con su destino  y haber dejado Madrid a los 10 años — tras la muerte de su padre— para vivir con la familia de su tía materna en París,  le había obligado a aprender un idioma que desde la primera vez que lo escuchó le pareció cursi. Al principio se propuso no aprenderlo, pero la tía Mariana no podía ser la única persona  con la que se comunicara, y soportar el hecho de que sus primos murmuraran cosas en francés y se rieran de ella a diario le pareció tan imposible como dejar de patearles las costillas cada vez que lo hacían. Así que la pequeña María Cecilia se resignó a convertirse en  Marie Cécile, guardando en una cajita su español, junto con las palabras bonitas y los besos de su padre.

Esta tarde Adélaïde no ha servido crème brûlèe. En su lugar, ha agasajado a la familia con un pastel de miel y azahar, aroma que a Marie le provoca náuseas. Pero ni Adélaïde, ni sus tíos, ni Léonore lo saben. Ella no se los ha contado.

A Marie no le gusta hablar. Quizás porque tiene que hacerlo en francés. O quizás porque guarda secretos que le duelen como mariposas venenosas aleteando dentro de su estómago. Y Marie no es cobarde pero tiene un par de miedos que la paralizan. El que hablar con alguien provoque una confianza libertina que haga que alguna mariposa se le escape por boca,  es uno de esos miedos.


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ACTUALIZACIÓN AGOSTO 2015:

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Mujeres fuertes, mujeres libres. Mujeres que dan miedo.

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Si los hombres aman a las cabronas o las prefieren brutas, no lo sé. Y me genera algo de conflicto que exista un libro para cada uno de esos estereotipos tan extremos, irreales y que tan poca justicia nos hacen a la mayoría de las mujeres, que de entrada muy rara vez nos consideramos  brutas. Es indignante que se promueva la ignorancia o la estupidez aparente, como un método para lograr que tu macho alfa se quede a tu lado. Con respecto a las cabronas, no me imagino, ni te imagino, levantándote todos los días en busca de una nueva estrategia para dominar, someter y manipular a tu pareja.

Querer parecer bruta o cabrona con el fin de atraer al hombre de tus sueños, me parece una auténtica y gran pendejada. Las mujeres tenemos vidas, ideas y aspiraciones propias. Creer que vivimos por y para el hombre, es minimizar nuestro potencial y violentar nuestra condición de individuos libres. Con todo y eso, a la mayoría de los seres humanos nos gusta estar en pareja; algunos dicen que incluso es una necesidad biológica, y aquí es cuando las cosas se ponen un poquito complicadas.

Porque alrededor de la vida en pareja se han creado dramas, comedias, canciones y leyendas plagadas de mitos y creencias ridículas. Que si das el primer paso eres una “fácil”, que si no dejas pasar tres días para contestarle la llamada todo se irá al carajo, que hay que hacerse la difícil pero no tanto, que no te puedes acostar con él hasta la tercera cita, que acostarse en la tercera cita es de zorras, que no te puedes acostar con él hasta que te pida matrimonio, que te acuestes para que te de anillo de compromiso, que no te acuestes nunca, que no te arregles demasiado para verlo, que mejor sí, que no muestres interés, que seas una bitch. Es cansado. Es desgastante. Es ridículo.

¿Y si no nos da la gana? ¿Y si queremos ser nosotras mismas y hacer lo que nos nazca? ¿Y si decidimos darle prioridad a nuestros ideales y sentimientos por encima de cualquier estrategia macabra para cazar a la presa? ¿Y si resulta que nos queremos un poquito más de lo que la sociedad espera y decidimos sernos fieles a nosotras mismas?

Nos dicen que nos vamos a quedar solas. Que al hombre le gusta tener el control de la situación, que necesita una compañera complaciente y condescendiente, una mujer comprensiva y abnegada, alguien que sacrifique por él, que duerma con él y que viva por él. Y como tú, de manera egoísta decides ponerte en primer lugar en la lista de prioridades, estás condenada. Nadie va a tomarte en serio. Nunca serás considerada marriage material, y peor: nunca serás parte del selecto grupo de parejas matrimoniadas. ¡Qué tragedia!

Somos mujeres fuertes. Mujeres que podemos dar el primer paso si nos da la gana, o esperar tranquilas porque no esperamos nada, porque vivimos para nosotras mismas, porque un compañero representa una opción y una decisión, no un tema de vida o muerte. Una mujer valiente, fuerte y poderosa, puede dar miedo, porque no cabe en el estereotipo de “lo femenino” ese ser débil y dependiente que para vivir necesita la protección y validación masculinas.  Y sí,  podemos dar miedo. Los hombres inseguros son fácilmente  intimidados por nuestra fuerza e independencia; el reconocimiento de nuestra libertad los hace sentir amenazados; algunos intentarán opacarnos, minimizarnos, reducirnos y “ponernos en nuestro lugar”, en el lugar que sus limitadas mentes consideran que nos corresponde. Y en ese caso, mejor darles miedo. Que ni se acerquen. Que mejor se compren una mascota. Porque no estamos para estupideces, porque sabemos lo que queremos y al tipo de hombre que queremos a nuestro lado. Hombres maduros y seguros de sí mismos, hombres que se enamoran de nuestras ideas, nuestras capacidades y nuestra fuerza; que nos quieren como aliadas y como amantes; que buscan motivar nuestros sueños porque desean  vernos realizadas, que nos piden apoyo para cumplir los suyos porque valoran nuestro intelecto. Que nos quieren libres, porque saben que el único amor que vale la pena es aquel que nace de la libertad y la decisión consciente. Hombres para  los que nuestra fuerza, independencia y potencial son motivo de admiración, no de miedo. Hombres con los que vale la pena vivir nuestras vidas. Esos que buscan un ser humano con quien compartir, no una mascota que los espere junto a la puerta y a la cual sacar a pasear de vez en cuando.

Y aunque el mundo está lleno de esos hombres maravillosos, quizás nos lleguemos a topar con alguno de los incorrectos;  y será fácil darnos cuenta, porque vamos a leer el miedo en sus ojos y el desdén en sus palabras; cuando eso pase, agradécele a tu fuerza por ser un excelente filtro. Porque lo tienes clarísimo: ni quieres, ni mereces ser mascota de nadie.

Quieres vivir, quieres amar, quieres ser libre.

El Donald Trump Mexicano

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El racismo y la xenophobia de Donald Trump han sido noticia internacional, tras sus declaraciones en contra de los migrantes mexicanos durante el discurso en el que anunció su candidatura por la presidencia de Estados Unidos. La respuesta de la comunidad latina no se hizo esperar, y las redes sociales se llenaron de expresiones de repudio e indignación.

Como ser humano  y como mujer, me preocupa que en pleno siglo XXI  exista gente con esos prejuicios. Las declaraciones de Trump,  el ataque a la iglesia de Charleston por un joven de 21 años —en el que murieron nueve afroamericanos— la nueva ola de neonazismo en europa; son indicadores de que,  contrario a las ideas de Oprah Winfrey, el racismo no morirá con los viejos.

Pero ahora toca hablar de México, el pueblo ofendido por las declaraciones de Trump. Un país que en lo oficial se enorgullece de su pluralidad, sus cientos de etnias indígenas y su riqueza cultural. País en el que, que por su naturaleza, uno supondría que no hay lugar para el racismo; pero que en la práctica es el más vivo ejemplo de una sociedad desigual, profundamente clasista y racista, aún marcada por las castas virreinales, en la que en ocasiones,  cuando un bebé nace más moreno que blanco, el comentario bienintencionado de los parientes no se hace esperar: “Pues está morenito pero muy bonito”. Pocos se dan cuenta de que a ésa última oración, le sobra un PERO.

En México nos enorgullecemos de Moctezuma y la grandeza de los Mayas y los Aztecas, enaltecemos la leyenda,  pero despreciamos a nuestros indígenas, no sólo en su color de piel; regateamos hasta el último centavo cuando compramos su artesanía  y nuestro lenguaje cotidiano está lleno de elementos que los minimizan.

Nos damos el lujo de odiar a los conquistadores “porque nos robaron todo el oro, la plata y la tierra”, pero queremos parecernos a ellos, porque después de más de doscientos años de ser pueblo independiente, el criollo sigue siendo valuado por encima del mestizo o el indígena. Somos aztecas cuando nos da la gana y españoles criollos cuando conviene. La única constante es que no aceptamos nuestro mestizaje. Y como diría Octavio Paz en El Laberinto de la Soledad, la realidad es que en México, aunque no queramos,  todos somos hijos de la chingada; esa mujer indígena sometida, que fue vendida y violada por el conquistador, dando origen a nuestro pueblo mestizo, un pueblo que no es España ni Tenochtitlan, un pueblo que nace de la colisión de ambas civilizaciones. Todos somos hijos de la Malinche. Aunque la condenemos por vende patrias, por puta y por lo que se ofrezca.

Quinientos años después nos ofenden las declaraciones racistas de un extranjero, pero no le damos importancia a nuestras propias manifestaciones prejuiciosas, resultado de la no aceptación de nuestro origen mixto. Tranquilamente cerramos los ojos para celebrar los chistes del Donald Trump mexicano. Ese álter ego latente que llevamos dentro, por no acepetar nuestro mestizaje, por ver la discriminación como una práctica cotidiana inevitable, que es mejor ejercer a que nos la ejerzan.

El Donald Trump mexicano se manifiesta de diferentes maneras y en diferentes momentos, como esa persona que puede ser toda educación y cortesía con los que considera de su mismo nivel, pero que no se detiene al humillar al mesero y al personal de servicio. Ese jefe cordial y amistoso con los clientes, pero que acostumbra gritarle al empleado porque, por el simple hecho de pagarle un sueldo, lo considera otro bien de su propiedad. La señora caritativa y cooperadora, que apoya a tres o cuatro causas sociales pero que no tiene pizca de humanidad y empatía para su trabajadora doméstica. El orgullo que nos da pertenecer a un club deportivo y social que no admite a gente “ni muy fea ni muy morena” aunque tengan para pagar la membrecía millonaria, porque claro, hay niveles, y la alcurnia nunca podrá comprarse con el dinero de los nuevos ricos. La satisfacción que como mujer sientes cuando, a la entrada abarrotada de un antro de moda, el vigilante te elige a ti y a tus amigas para pasar al exclusivo lugar, por encima de las demás, seguramente porque eres más guapa y tienes más clase, aunque por dentro sepas que estás pagando “el cover” para ser carnada, y que los mirreyes estén contentos con la variedad de especímenes femeninos dentro del lugar.

Sí, señores, México es una chulada de contrariedades. Y yo insisto: quizás para entendernos como pueblo, para aceptarnos y para avanzar en la igualdad,  tendríamos que perdonar a la Malinche, a nuestra madre; y exorcizar al ser inseguro, clasista y racista; sacarlo de nuestro inconsciente y de nuestro sistema de socialización. Expulsar de nuestro país al Donald Trump mexicano. Créanme, es más peligroso y hace más daño que el estadounidense.

Diamantes asesinos. Tres anillos de compromiso que NO deberías aceptar.

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Mi newsfeed de facebook, al igual que el tuyo, se está llenando de diamantes y propuestas de amor eterno. Hemos crecido, ya somos adultos y los adultos suelen casarse; mejor aceptarlo.  Muchas mujeres, si no es que la mayoría,  hemos soñado desde niñas con el momento mágico de la propuesta de matrimonio, con todo el romance y el simbolismo que conlleva el aceptar unir tu vida a quien más amas.  Pero, ¿qué sucede cuando el cuento de hadas nos sobrepasa y nos hace olvidar que los fuegos artificiales, las fotos de revista, la celebración y los  días de fiesta se van a acabar con la luna de miel? Casarse implica, para muchos, la decisión de compartir el resto de la vida con la persona amada, no sólo el corto y emocionante período que pasa entre la propuesta y la marcha nupcial. Y aunque una boda perfecta quizás requiera un año de planeación,  un matrimonio feliz implica toda una vida de esfuerzo, tolerancia, trabajo en pareja y no sé cuántas cosas más; y a los millennials a veces se nos olvida que los anillos de compromiso y las bodas, más que un acto simbólico de amor eterno, son el preámbulo de un largo camino, que no siempre será ni tan brillante ni tan glamoroso como la publicidad de Tiffany & Co.

Y dentro de este asunto hay tres situaciones absurdas que me dan escalofríos, frente a las que creo, cualquier mujer debería decir NO.

 

1. Anillo sorpresa

Pueden llevar dos meses, dos años o dos siglos. Nunca han hablado seriamente sobre un futuro en común, sabes poco de lo que él busca en el mediano o largo plazo y éste no tiene idea de lo que tú buscas. Y de pronto, en un arranque de romanticismo, de apego o peer pressure, se te aparece con la roca brillante en la situación más insospechada. Si a esto le sumas que el acto toma lugar en un lugar público o frente a todos tus amigos y familia, perdón por arruinarte el cuento, pero o estás siendo víctima de un tremendo y baratísimo chantaje, o tu hombre es un ingenuo e inmaduro ser perdido en la realidad moderna.

Porque el ¿Quieres casarte conmigo? Es un mero trámite, una  pregunta de opción múltiple que sólo admite el sí o sí.  Quizás no estás preparada, quizás tienes otros planes, quizás lo amas pero quieres seguir conociéndolo, quizás no te da la chingada gana casarte con él ni con NADIE. El punto es que él no ha sido capaz de tomar en cuenta tus expectativas a futuro, tus planes, tus deseos y sentimientos. Tras la supuesta galantería y el sorpresivo despliegue de romanticismo la verdad es que no ha hecho otra cosa que ponerte entre la espada y la pared, sin siquiera preguntarte antes. Ofrecer un anillo a alguien en estas circunstancias denota un enorme egoísmo. La vida en pareja tendría que empezar con un mutuo y libre acuerdo en el que tanto uno como otro puedan llevar a cabo sus planes, realizarse como individuos, compartir sueños y apoyarse en sus metas.  Y para que eso suceda el diálogo es necesario antes de presionar a la persona que se dice amar, con un acto social de romanticismo hipócrita.

Caballeros: Favor de hablar con sus damas y ser claros con respecto a lo que se busca de la relación en el corto y mediano plazo.

Damas: Favor de hacer lo mismo y recordar que no es manda ni obligación, que por más grande que sea la piedra, tienes todo el derecho a decir que no,  si no estás segura. La mismísima Jane Austen rechazó un par de propuestas de matrimonio doscientos años atrás. Tras siglos de lucha por la emancipación femenina, lo mínimo que las luchadoras sociales esperan de ti, es que te seas fiel a ti misma y busques tu verdadera felicidad.  La esperada fiesta de boda dura cinco horas, el lastre de una mala decisión, puede durar toda la vida.

 

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2. Anillo promesa, o pre compromiso.

Disculpen el francés, pero ¿qué mamada es esa?  ¿Me comprometo pero no me comprometo? ¿Te prometo que un día nos vamos a comprometer pero ahorita nomás te lo puedo prometer?  Dice Andrea, una de mis mejores amigas sonorenses, que este anillo es lo mismo que cuando un perro “orina un arbusto”; puro marcar terreno. Si de entrada el anillo de compromiso tiene sus matices machistas al ser indicativo social de que la mujer ya está apartada, o sea no disponible y que nadie se atreva a acercársele —mientras que el hombre no lleva ningún símbolo equivalente durante el período compromiso-boda— el anillo de promesa marca a una mujer cual res por un período de tiempo bastante más largo. No sé si me falta romanticismo o me suena al vil chantaje de un individuo inseguro, porque las promesas se rompen de un día para otro. Este tipo de anillo suelen llevarlo jóvenes de corta edad que aún no se pueden comprometer por diferentes cuestiones (no han terminado sus estudios, aún no pueden pagar una boda, etc.). Así que mientras la roca de verdad llega con todo y fecha factible de bodorrio, te doy una más chiquita pa que quede claro que ya eres mía, mija, y que ningún patán se te puede acercar.  Aquí la pregunta es: ¿Se necesita un anillo para mantener una promesa? ¿O más bien para etiquetar al ganado propio?

La sociedad medieval solía hacer “pre contratos” matrimoniales con los jóvenes nobles para asegurar  tal o cual alianza entre familias, cuando éstos eran aún muy jóvenes para casarse. Quinientos años después, la historia se repite.

 

3. Anillo chicle

Llevas algunos años con tu pareja. Las cosas no marchan muy bien y no te sientes segura dentro de la relación. Pleitos cada vez más constantes y  te preguntas con más frecuencia si no estás perdiendo tu tiempo y lo mejor sería terminar por lo sano para seguir con tu vida. Discuten de nuevo, están a punto de terminar, (o ya terminaron); y al día siguiente se aparece el enamorado frente a ti con una roca de quién sabe cuántos quilates que según él (y quizás, también tú) salvará la relación.

El momento romántico te hace olvidar tu realidad, las felicitaciones de tus amigos y familiares, los diez mil likes en la foto de tu mano con la roca puesta que subiste a instagram, los planes para la bachelorette party, las diez despedidas de soltera, boletos para la luna de miel en el sudeste asiático, preparativos para la boda, el día más especial de tu vida. Piensas en todo, menos en el novio. Al que se supone, acabas de aceptar como tu compañero para toda la vida. Si alguien te pregunta si te quieres casar, la respuesta es obvia. Fiesta elegante, familia y amigos, luna de miel, anillo perfecto, ¿quién no querría lo que siempre soñó? Bueno, pues la realidad es que no te casas sola, querida. Él también importa, o mejor dicho, él es lo más importante de tu decisión.  Mereces estar con alguien con quien, el solo hecho de pensar en pasar el resto de tus días en su compañía, te llene de mil veces  más emoción y alegría que el de una serie de eventos sociales efímeros. Si no es así, hazte un favor y hazle un favor retractándote. Es una decisión dolorosa, pero no más que pasar la vida entera arrepintiéndote.

Si el interesado ofreció una propuesta de amor eterno como salida de emergencia a los problemas  de su relación, o si tú ejerciste presión para que lo hiciera, con la misma idea;  lo más seguro es que el efecto de la aspirina dure lo que la parafernalia social, y una vez en el día  a día, en la vida real, esos mismos problemas regresarán con más fuerza.

 

Que la niña calladita se ve más bonita.

Por otro lado,  ¿qué es esa estupidez de que las mujeres tenemos que ser entes pasivos dentro del asunto del compromiso? Según las costumbres de algunos círculos sociales de nuestro querido y atropellado país,  una niña bien espera como damisela en la torre a que al individuo se le antoje proponer la formalización de la relación; y que ni se le ocurra  a ella insinuar nada porque la gente va a pensar que está “urgida” o  desesperada por casarse. Y cuando éste al fin hace la propuesta, ella está casi obligada a aceptarla, porque es un privilegio que un hombre te solicite como esposa, y quizás sea la única oportunidad que tendrás para pertenecer al selecto grupo de las parejas matrimoniadas. ¿Really? ¿En pleno siglo XXI?

Mujer, si estás en una relación que te hace feliz, con quien te gustaría pasar el resto de tu vida y según tus planes y prioridades sientes que te ha llegado el momento de formar una familia, ¿por qué no decirlo? Si están en la misma sintonía podrán dialogarlo y planear juntos un evento que sin duda será trascendental en la vida de ambos (Ya sea matrimonio, unión libre, o lo que ustedes decidan). Si él no tiene las mismas metas que tú o no está convencido de dar el paso, tendrás que decidir si pese a la diferencia de objetivos sigues en la relación, o lo dejas para avanzar e ir en busca de lo que quieres. Porque no tiene absolutamente nada de malo querer vivir y formar una familia con el ser que amas. Creo que tanto mujeres como hombres deberíamos ser capaces de tomar decisiones consensuadas, libres y claras dentro de nuestra relación (y en todo lo demás de la vida). Que el conocernos más y esperar menos del otro, nos ayudaría a entendernos mejor y evitar desilusiones.

Por lo pronto, a mí ya alguien me reclamó que “No se vale que sólo las mujeres merezcan que alguien planee un momento romántico e inolvidable y les regale un diamante. Los hombres también tenemos derecho a que nos hagan sentir princesas” después de morirme poquito de risa ante tal comentario, confieso que me quedé pensando un buen rato en el asunto y concluí que quizás sea momento de que nosotras empecemos a dar anillo de compromiso a nuestros machos en pro de la igualdad. Marcar al toro, como a la res. ¿Por qué no?

Ser foráneo y comer como rey en 4 pasos.

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Aceptémoslo. Presumir que se te queman hasta las quesadillas  ya no está cool. Quizás en la prepa, cuando vivías en casa de tus papás y la comida aparecía en la mesa como por obra y gracia de un batallón de elfos domésticos, no importaba mucho; pero ahora que has salido de tu terruño para estudiar en otra ciudad, probarte a ti mismo y ser más o menos independiente, el arte de cocinar es una práctica básica de supervivencia.

Yo lo viví, y hace un rato, mientras leía un post con el que me sentí profundamente identificada, Soy foránea, ni de aquí ni de allá,  de mi amiga y blogger Mariana Valenzuela,  me invadió la nostalgia de aquellos días del 2009 en los que comenzó mi aventura como sonorense expatriada. Hay momentos en los que te dan ganas de regresarte corriendo a tu antigua vida, cerca de tu familia, donde todo parece más sencillo y uno no tiene que perder tiempo lavando ropa, yendo al súper y preguntándote qué hacer de cenar con la mitad del tomate, las dos rebanadas de jamón y el pedazo de queso que quedan en el refri. Pero en la vida hay que crecer, y la realidad es que uno mismo elige meterse en este asunto de salir de la zona de confort y vivir en una ciudad ajena.  Así que en nombre de mis años de estudiante, en los que mis amigos y yo consideramos la idea de crear un grupo que se llamara “Soy foráneo y tengo hambre”, les dejo aquí cuatro consejos para comer como rey, siendo foráneo.

1.Cocina.

Sí. Cocina. No te voy a decir que “aprendas a cocinar” porque para ello, simplemente hay que hacerlo y punto. El arte gastronómico es algo que se va desarrollando con la práctica y siempre habrá algún platillo o técnica nueva que aprender. El truco está en seguir la receta and that’s it, entre más sencilla sea ésta última, más fácil será tu experiencia. Puedes iniciar con algo simple, pero sugiero que tu primer intento no sea la comida favorita que prepara tu mamá. Porque tenemos que afrontarlo, por más que extrañemos su comida, por más que la tengamos al teléfono mientras picamos verdura y sigamos sus indicaciones al  pie de la letra, hay cosas que nunca van a saber igual si nosotros las preparamos. Así que si le pides a tu mamá la receta de la cochinita pibil que preparó en tu cumple, y por una cosa u otra el sabor no es el mismo, te enfrentarás a una tremenda desilusión además de un ataque de homesickness. Mejor, en un inicio, elige una receta sencilla que suelas comer de vez en cuando en algún restaurante. Pueden ser unas simples pechugas de pollo a la plancha con ensalada. Condiméntalas con ajo en polvo, un poco de sal y si te quieres ver creativo, una pizca de tomillo seco (a la venta en la sección de hierbas y especias de su supermercado favorito). Sartén caliente, un poquito de aceite y unos minutos después, voilá. Viaje a la Provenza francesa desde tu mesa de plástico de foráneo. La joie de vivre.

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Sabores de la Provenza Francesa desde mi mesita de plástico de estudiambre.

  1. Compra comida.

Puede parecer obvio, pero si en tu refrigerador no hay otra cosa que pizza de microondas, carne procesada y un tarro de mayonesa, no hay mucho con lo qué trabajar. La buena comida se hace con buenos ingredientes, eso no significa que sean caros, pero tienes que ir por ellos. Carnes al natural como pollo, pescado, res o cerdo, preparadas con un poco de creatividad convertirán tus días tristes  en un placer si te das el tiempo de combinarlas con las verduras, frutas y especias indicadas. Quizás sea para ti un mundo desconocido, la buena noticia es que la información abunda en internet y las opciones no tienen límites. Es sólo cuestión de buscar un par de recetas que quieras probar, hacer una lista de los ingredientes y una excursión al súper de tu preferencia. Con un par de veces que lo hagas tendrás suficiente para darte cuenta de todo lo que te puedes ahorrar preparando tu propia comida en lugar de comer pizza toda la semana. Comerás como rey, con presupuesto de foráneo.

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Por otra parte, una de las cosas más bonitas y convenientes que tiene México son los tianguis. Comida fresca, variada y barata. Si como yo, tienes la gloriosa fortuna de que alguno de estos mercados ambulantes se instale una vez por semana cerca de tu casa, aprovecha y lánzate por la mejor fruta de la ciudad.

  1. Pídele a tu amigo el foodie unos cuantos tips.

Todos tenemos un foodie cerca. Están de moda y serlo trae un montón de placer a la vida, qué les puedo decir yo. Invítalo una tarde a preparar la cena. Descubrirás un montón de cosas; como lo que significa “al dente”, que la olla de cocimiento lento que te regaló tu mamá puede hacer maravillas, que la maicena es lo que usan los chinos para darle consistencia a sus gravies; que calentar bien el sartén antes de ponerle el aceite hace la diferencia; que la salsa bechamel puede hacerse con sólo mantequilla, leche y harina y que va perfecto con la pasta y un montón de cosas más; pero sobre todo, entenderás que la comida a veces suena más complicada de lo que realmente es y que gran parte del conocimiento de tu amigo foodie proviene del autoaprendizaje, de un montón de búsquedas en google y de muchos sitios de recetas.

By the way… a los foodies nos encanta que nos pregunten sobre cómo preparar tal o cual cosa. Pasar un rato en la cocina con un amigo o amiga, nos hace muy felices y la recompensa siempre es excelente.

Qué bonito es lo bonito.

Qué bonito es lo bonito.

4. Pierde el miedo. Experimenta

Poco a poco has logrado sentirte más cómodo frente a la estufa. Sigues sorprendido y encantado con lo fácil que es seguir una receta, saboreas el dulce orgullo de haber creado por ti mismo un platillo digno de reyes. Ahora es momento de experimentar y crear cosas nuevas. Déjate llevar por el antojo y la inuición. El mismo pollo de siempre se transforma con una pizca de crema y chipotle, el pescado con unas ramitas de eneldo, el arroz blanco con una cucharada de comino te llevará directo a Bombay. Cocinar es una de las formas más placenteras y baratas de viajar. El mundo de la gastronomía no tiene límites, y creéme, no hay manera de aburrirse. Tú decides si lamentas tus días lejos de la comida de mamá, o aprovechas la oportunidad de descubrir nuevos mundos.

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5 cosas no tan divertidas de tener 25. Reflexiones de una 20Something.

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Siempre he creído que el “ando hormonal” es una muy mala excusa para justificar la tristeza o la confusión resultado de hechos o situaciones específicas y poco reflexionadas,   además de ser una expresión que se presta para  minimizar y descalificar a la mujer. Pues bien, entre el día de ayer y esta mañana he sido víctima de una melancolía confusa para la que, o no tengo explicación, o ganas de buscársela.  Y una persona que me conoce más o menos bien y que es para mí bastante importante me ha dicho hace un rato: “Estás hormonal, acéptalo. No tiene nada de malo y no le estás haciendo daño a nadie”. Ok, me he dado permiso de estarlo. Pero antes, en un intento desesperado de explicar mi estado de ánimo, he hecho un viaje a los recovecos de mi mente y sus aflicciones, y encontré cinco cosas algo jodidas de la realidad moderna que vive una a los veinticinco.

1. El saber lo que quieres, no te quita el miedo de ir por ello. 

Hace algunos años sólo pedías entender cuál era tu misión en este cochino planeta. Ahora que tienes la certeza de saber qué es lo que necesitas para sentirte completo y realizado, tienes miedo. Miedo de estarte equivocando, miedo de tomar una decisión abrupta que no te lleve a ningún lado, miedo de dejar una realidad que quizás no está tan mal pero que sabes, no es lo que quieres. Tienes miedo de avanzar y miedo de quedarte estático y desperdiciar tus mejores años. Miedo de no vivir lo que vale la pena. Miedo de no estar haciendo las cosas lo suficientemente bien. Y hay una sola cosa que puedo decirte al respecto: El miedo es un reflejo natural al cambio; incluso cuando  éste último es deseado. Quizás la solución sea dejar de temerle al propio miedo y salir a vivir tu vida. Tal vez un par de tequilas ayuden. Tal vez no. A veces hay que hacer más y pensar menos.

2. Hay días en los que aún no puedes hacerte cargo de ti mismo como es debido. stockvault-spa-doll117545

Tienes 25, hace algunos años que eres independiente. Pagas tus propias cuentas y tus padres deberían estar orgullosos porque te has convertido en adulta o adulto responsable. Pero la realidad es que hay días en los que sacrificas el desayuno por unos minutos de sueño, noches en las que no cenas por ver un capítulo más de Game Of Thrones o Downton Abbey, tienes uno o dos cestos de ropa al borde del colapso, algunos recibos del agua sin pagar,  pides pizza cuando estás deprimido y el día en que tu coche se descompone, sientes ganas de llorar y marcarle a papá para que lo lleve al mecánico y evitar que éste último te saque una pequeña fortuna por ajustar un tornillo. Si vives en la misma ciudad de tus padres y éstos últimos están dispuestos, siempre puedes ir a llorar en sus regazos y pedir auxilio. Si por el contario,  eres foráneo como yo, sabrás que refugiarte en las faldas de mamá o en el protectorado patriarcal no es una opción práctica ni factible y tendrás que resolverlo como puedas. La parte positiva: al final te sentirás un poquito orgulloso de ti mismo. Aunque tu único mérito haya sido dejar de llorar y llamarle a la grúa.

3. Cambias de opinión de manera ridícula sobre cosas “importantes” de la vida. 

Acabas de pagar tu nuevo vestido  de H&M en las cajas de abajo, que están siempre vacías, saboreas la gloriosa y efímera satisfacción producto del consumismo,  sales por el área infantil y  de pronto olvidas la nueva adquisición ante la abrupta y  desesperada necesidad de tener una hija a la cual ponerle el hermoso trajecito de polka dots azules que acabas de vislumbrar al inicio del pasillo. Ya tienes 25 y el reloj biológico marca las horas antes de que suene la alarma de los 30’s. Shit is getting serious. Al siguiente día despiertas a las 10 de la mañana preguntándote por qué carajo alguien desearía sacrificar sus horas de sueño, tiempo libre, pasiones y placeres de la vida para pasar sus años cuidando de un pequeño individuo que en algún punto tomará sus propias decisiones y hará algunas estupideces con las que tendrás que lidear. Te duele la cabeza con sólo imaginarlo. Abres una cerveza (son las diez de la mañana y no te importa), respiras profundo y agradeces por la libertad de vivir tu propio caos. Hay gente que ya no puede darse ese lujo.

BTW, acabo de recordar que tengo una sobrina hermosa a quien ponerle el vestidito de polka dots azules y ser feliz. LIFE IS GOOD. SO GOOD.

4. El amor se convierte cada vez en un misterio más insondable. 

Has conocido gente, has amado al indicado para descubrir que realmente era el equivocado (ver más sobre el tema en El amor de tu vida y otras grandes mentiras). Quizás  ha llegado otro indicado que parece mucho más indicado y te sientes más viva que nunca, y  aunque a veces te preguntas si sucederá lo mismo que con el anterior; otras ya no te importa lo que pase porque has aprendido a amar  y valorar el momento; dejas de aferrarte, disfrutas y recuerdas que nada es para siempre. NADA. Y a pesar de las lecciones de inteligencia emocional, las terapias y los golpes de la vida, la verdad absoluta de que al final partirás solo, te sigue rompiendo el corazón. La idea de la muerte como destino infranqueable todavía te atormenta. Pero también te motiva a vivir con valor y con más ganas, a amar más intensamente, a no guardarte ni un solo beso, ni un solo te quiero, ni una sola sonrisa. A entregar todo el amor que posees y descubrir que es infinito.

5. Hoy más que nunca estás seguro de que EL MUNDO ESTÁ JODIDO. 

Ya votaste para elegir un presidente, fuiste víctima de la propaganda de temporada electoral, creíste en algún movimiento que resultó ser otro fraude de la oligarquía. La política te da asco, la situación mundial de Derechos Humanos te da tristeza, vives en un país jodido que comparado con la violencia en Medio Oriente y África, no parece tan jodido, hasta que recuerdas los cientos de miles de desaparecidos, los muertos que ya no generan asombro, la manipulación mediática. Hay días que tienes ganas de salir corriendo a Finlandia, Suecia, Noruega o Dinamarca; hasta que recuerdas que el racismo y la xenofobia son realidades no tan lejanas. Dejaste de leer las noticias porque te ponen de malas y te generan impotencia. Y en este mismo momento sientes vergüenza por haberte pasado una hora dándole vueltas a tus first world problems, porque has recordado que existen millones de personas que sufren de manera infinita e inhumana en este mundo. Y quizás, o más bien, seguramente puedes hacer algo para ayudarlas. Desde una firma en Change.org, un donativo mensual a alguna de las miles de organizaciones filantrópicas, hasta agarrar tus chivas y lanzarte unos meses a algún lugar recóndito del mundo donde se necesite tu ayuda. Las posibilidades de paliar el sufrimiento de la raza humana y ayudar a resolver problemas que impactan la vida de millones de personas, son infinitas.  Pero lo que definitivamente NO puedes hacer es quedarte encerrado en tus propios dilemas, sufriendo por miedo, confusión y otras tonterías. Tú decides con qué causas te comprometes, pero existe una obligación de la que no te puedes zafar: buscar tu felicidad. En un mundo en el que el dolor y el sufrimiento son una constante, lo mínimo que podemos hacer es olvidar y dejar atrás las pequeñeces que no nos dejan ser felices.

Les anuncio que ya no estoy hormonal.