El Veneno de las Mariposas. Primer Capítulo.

Como muchos ya saben, me he lanzado a la aventura de publicar mi primera novela, y gracias a un equipo de gente maravillosa estamos muy cerca de lograrlo. Les dejo aquí el primer capítulo de El Veneno de las Mariposas, esperando que lo disfruten y se animen a apoyar mi proyecto 🙂

Marie. Fotografía: César Alpuche. Actriz: Stana Carrillo

Marie. Fotografía: César Alpuche. Actriz: Stana Carrillo

I.Coïncidences

París. 1905

Léonore tiene 21 años.  Es una muchacha impaciente y le gusta. Le gusta molestarse cada vez que Adélaïde, la cocinera, sirve crème brûlée de postre y en el comedor comienza una guerra franco española en la que Mariana, su madre, digna defensora de la patria que la vio nacer, asegura que la crema catalana fue primero que la crème brûlée, retando la mirada suspicaz  y reprobatoria de su marido Dominique,  quien desde la trinchera francesa asegura que el caramelo fue un invento francés; por lo que la crème brûlée fue primero que la catalana. Ante el ataque, Mariana pide ayuda a su sobrina María Cecilia, pero a la joven le importan muy pocas cosas, y defender la  patria de su familia materna ante la ofensiva francesa no es una de ellas.  Léonore sabe que la discusión termina cuando el platillo se enfría un poco y está listo para ser degustado. Se escucha el crujir del caramelo al romperse y la familia ocupa sus lenguas en algo más placentero que una discusión sin fin.

Léonore habla mucho, pero también le gusta escuchar. A menudo riñe con su prima María Cecilia, porque no es capaz de seguirle el ritmo al momento de conversar.

— ¿Para qué quieres que hable? Con tu conversación tenemos suficiente para las dos— contesta María.

— ¡Marie! Lo divertido de contarle secretos a alguien, es que te cuente sus secretos.

— Yo no tengo secretos — contesta Marie lacónicamente y con una sonrisa sincera.

Marie tiene la misma edad que Léonore. A Marie no le gusta hablar. Quizás porque no está conforme con su destino  y haber dejado Madrid a los 10 años — tras la muerte de su padre— para vivir con la familia de su tía materna en París,  le había obligado a aprender un idioma que desde la primera vez que lo escuchó le pareció cursi. Al principio se propuso no aprenderlo, pero la tía Mariana no podía ser la única persona  con la que se comunicara, y soportar el hecho de que sus primos murmuraran cosas en francés y se rieran de ella a diario le pareció tan imposible como dejar de patearles las costillas cada vez que lo hacían. Así que la pequeña María Cecilia se resignó a convertirse en  Marie Cécile, guardando en una cajita su español, junto con las palabras bonitas y los besos de su padre.

Esta tarde Adélaïde no ha servido crème brûlèe. En su lugar, ha agasajado a la familia con un pastel de miel y azahar, aroma que a Marie le provoca náuseas. Pero ni Adélaïde, ni sus tíos, ni Léonore lo saben. Ella no se los ha contado.

A Marie no le gusta hablar. Quizás porque tiene que hacerlo en francés. O quizás porque guarda secretos que le duelen como mariposas venenosas aleteando dentro de su estómago. Y Marie no es cobarde pero tiene un par de miedos que la paralizan. El que hablar con alguien provoque una confianza libertina que haga que alguna mariposa se le escape por boca,  es uno de esos miedos.


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Gracias por leer y compartir!

 

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Mujeres fuertes, mujeres libres. Mujeres que dan miedo.

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Si los hombres aman a las cabronas o las prefieren brutas, no lo sé. Y me genera algo de conflicto que exista un libro para cada uno de esos estereotipos tan extremos, irreales y que tan poca justicia nos hacen a la mayoría de las mujeres, que de entrada muy rara vez nos consideramos  brutas. Es indignante que se promueva la ignorancia o la estupidez aparente, como un método para lograr que tu macho alfa se quede a tu lado. Con respecto a las cabronas, no me imagino, ni te imagino, levantándote todos los días en busca de una nueva estrategia para dominar, someter y manipular a tu pareja.

Querer parecer bruta o cabrona con el fin de atraer al hombre de tus sueños, me parece una auténtica y gran pendejada. Las mujeres tenemos vidas, ideas y aspiraciones propias. Creer que vivimos por y para el hombre, es minimizar nuestro potencial y violentar nuestra condición de individuos libres. Con todo y eso, a la mayoría de los seres humanos nos gusta estar en pareja; algunos dicen que incluso es una necesidad biológica, y aquí es cuando las cosas se ponen un poquito complicadas.

Porque alrededor de la vida en pareja se han creado dramas, comedias, canciones y leyendas plagadas de mitos y creencias ridículas. Que si das el primer paso eres una “fácil”, que si no dejas pasar tres días para contestarle la llamada todo se irá al carajo, que hay que hacerse la difícil pero no tanto, que no te puedes acostar con él hasta la tercera cita, que acostarse en la tercera cita es de zorras, que no te puedes acostar con él hasta que te pida matrimonio, que te acuestes para que te de anillo de compromiso, que no te acuestes nunca, que no te arregles demasiado para verlo, que mejor sí, que no muestres interés, que seas una bitch. Es cansado. Es desgastante. Es ridículo.

¿Y si no nos da la gana? ¿Y si queremos ser nosotras mismas y hacer lo que nos nazca? ¿Y si decidimos darle prioridad a nuestros ideales y sentimientos por encima de cualquier estrategia macabra para cazar a la presa? ¿Y si resulta que nos queremos un poquito más de lo que la sociedad espera y decidimos sernos fieles a nosotras mismas?

Nos dicen que nos vamos a quedar solas. Que al hombre le gusta tener el control de la situación, que necesita una compañera complaciente y condescendiente, una mujer comprensiva y abnegada, alguien que sacrifique por él, que duerma con él y que viva por él. Y como tú, de manera egoísta decides ponerte en primer lugar en la lista de prioridades, estás condenada. Nadie va a tomarte en serio. Nunca serás considerada marriage material, y peor: nunca serás parte del selecto grupo de parejas matrimoniadas. ¡Qué tragedia!

Somos mujeres fuertes. Mujeres que podemos dar el primer paso si nos da la gana, o esperar tranquilas porque no esperamos nada, porque vivimos para nosotras mismas, porque un compañero representa una opción y una decisión, no un tema de vida o muerte. Una mujer valiente, fuerte y poderosa, puede dar miedo, porque no cabe en el estereotipo de “lo femenino” ese ser débil y dependiente que para vivir necesita la protección y validación masculinas.  Y sí,  podemos dar miedo. Los hombres inseguros son fácilmente  intimidados por nuestra fuerza e independencia; el reconocimiento de nuestra libertad los hace sentir amenazados; algunos intentarán opacarnos, minimizarnos, reducirnos y “ponernos en nuestro lugar”, en el lugar que sus limitadas mentes consideran que nos corresponde. Y en ese caso, mejor darles miedo. Que ni se acerquen. Que mejor se compren una mascota. Porque no estamos para estupideces, porque sabemos lo que queremos y al tipo de hombre que queremos a nuestro lado. Hombres maduros y seguros de sí mismos, hombres que se enamoran de nuestras ideas, nuestras capacidades y nuestra fuerza; que nos quieren como aliadas y como amantes; que buscan motivar nuestros sueños porque desean  vernos realizadas, que nos piden apoyo para cumplir los suyos porque valoran nuestro intelecto. Que nos quieren libres, porque saben que el único amor que vale la pena es aquel que nace de la libertad y la decisión consciente. Hombres para  los que nuestra fuerza, independencia y potencial son motivo de admiración, no de miedo. Hombres con los que vale la pena vivir nuestras vidas. Esos que buscan un ser humano con quien compartir, no una mascota que los espere junto a la puerta y a la cual sacar a pasear de vez en cuando.

Y aunque el mundo está lleno de esos hombres maravillosos, quizás nos lleguemos a topar con alguno de los incorrectos;  y será fácil darnos cuenta, porque vamos a leer el miedo en sus ojos y el desdén en sus palabras; cuando eso pase, agradécele a tu fuerza por ser un excelente filtro. Porque lo tienes clarísimo: ni quieres, ni mereces ser mascota de nadie.

Quieres vivir, quieres amar, quieres ser libre.

El Donald Trump Mexicano

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El racismo y la xenophobia de Donald Trump han sido noticia internacional, tras sus declaraciones en contra de los migrantes mexicanos durante el discurso en el que anunció su candidatura por la presidencia de Estados Unidos. La respuesta de la comunidad latina no se hizo esperar, y las redes sociales se llenaron de expresiones de repudio e indignación.

Como ser humano  y como mujer, me preocupa que en pleno siglo XXI  exista gente con esos prejuicios. Las declaraciones de Trump,  el ataque a la iglesia de Charleston por un joven de 21 años —en el que murieron nueve afroamericanos— la nueva ola de neonazismo en europa; son indicadores de que,  contrario a las ideas de Oprah Winfrey, el racismo no morirá con los viejos.

Pero ahora toca hablar de México, el pueblo ofendido por las declaraciones de Trump. Un país que en lo oficial se enorgullece de su pluralidad, sus cientos de etnias indígenas y su riqueza cultural. País en el que, que por su naturaleza, uno supondría que no hay lugar para el racismo; pero que en la práctica es el más vivo ejemplo de una sociedad desigual, profundamente clasista y racista, aún marcada por las castas virreinales, en la que en ocasiones,  cuando un bebé nace más moreno que blanco, el comentario bienintencionado de los parientes no se hace esperar: “Pues está morenito pero muy bonito”. Pocos se dan cuenta de que a ésa última oración, le sobra un PERO.

En México nos enorgullecemos de Moctezuma y la grandeza de los Mayas y los Aztecas, enaltecemos la leyenda,  pero despreciamos a nuestros indígenas, no sólo en su color de piel; regateamos hasta el último centavo cuando compramos su artesanía  y nuestro lenguaje cotidiano está lleno de elementos que los minimizan.

Nos damos el lujo de odiar a los conquistadores “porque nos robaron todo el oro, la plata y la tierra”, pero queremos parecernos a ellos, porque después de más de doscientos años de ser pueblo independiente, el criollo sigue siendo valuado por encima del mestizo o el indígena. Somos aztecas cuando nos da la gana y españoles criollos cuando conviene. La única constante es que no aceptamos nuestro mestizaje. Y como diría Octavio Paz en El Laberinto de la Soledad, la realidad es que en México, aunque no queramos,  todos somos hijos de la chingada; esa mujer indígena sometida, que fue vendida y violada por el conquistador, dando origen a nuestro pueblo mestizo, un pueblo que no es España ni Tenochtitlan, un pueblo que nace de la colisión de ambas civilizaciones. Todos somos hijos de la Malinche. Aunque la condenemos por vende patrias, por puta y por lo que se ofrezca.

Quinientos años después nos ofenden las declaraciones racistas de un extranjero, pero no le damos importancia a nuestras propias manifestaciones prejuiciosas, resultado de la no aceptación de nuestro origen mixto. Tranquilamente cerramos los ojos para celebrar los chistes del Donald Trump mexicano. Ese álter ego latente que llevamos dentro, por no acepetar nuestro mestizaje, por ver la discriminación como una práctica cotidiana inevitable, que es mejor ejercer a que nos la ejerzan.

El Donald Trump mexicano se manifiesta de diferentes maneras y en diferentes momentos, como esa persona que puede ser toda educación y cortesía con los que considera de su mismo nivel, pero que no se detiene al humillar al mesero y al personal de servicio. Ese jefe cordial y amistoso con los clientes, pero que acostumbra gritarle al empleado porque, por el simple hecho de pagarle un sueldo, lo considera otro bien de su propiedad. La señora caritativa y cooperadora, que apoya a tres o cuatro causas sociales pero que no tiene pizca de humanidad y empatía para su trabajadora doméstica. El orgullo que nos da pertenecer a un club deportivo y social que no admite a gente “ni muy fea ni muy morena” aunque tengan para pagar la membrecía millonaria, porque claro, hay niveles, y la alcurnia nunca podrá comprarse con el dinero de los nuevos ricos. La satisfacción que como mujer sientes cuando, a la entrada abarrotada de un antro de moda, el vigilante te elige a ti y a tus amigas para pasar al exclusivo lugar, por encima de las demás, seguramente porque eres más guapa y tienes más clase, aunque por dentro sepas que estás pagando “el cover” para ser carnada, y que los mirreyes estén contentos con la variedad de especímenes femeninos dentro del lugar.

Sí, señores, México es una chulada de contrariedades. Y yo insisto: quizás para entendernos como pueblo, para aceptarnos y para avanzar en la igualdad,  tendríamos que perdonar a la Malinche, a nuestra madre; y exorcizar al ser inseguro, clasista y racista; sacarlo de nuestro inconsciente y de nuestro sistema de socialización. Expulsar de nuestro país al Donald Trump mexicano. Créanme, es más peligroso y hace más daño que el estadounidense.

Diamantes asesinos. Tres anillos de compromiso que NO deberías aceptar.

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Mi newsfeed de facebook, al igual que el tuyo, se está llenando de diamantes y propuestas de amor eterno. Hemos crecido, ya somos adultos y los adultos suelen casarse; mejor aceptarlo.  Muchas mujeres, si no es que la mayoría,  hemos soñado desde niñas con el momento mágico de la propuesta de matrimonio, con todo el romance y el simbolismo que conlleva el aceptar unir tu vida a quien más amas.  Pero, ¿qué sucede cuando el cuento de hadas nos sobrepasa y nos hace olvidar que los fuegos artificiales, las fotos de revista, la celebración y los  días de fiesta se van a acabar con la luna de miel? Casarse implica, para muchos, la decisión de compartir el resto de la vida con la persona amada, no sólo el corto y emocionante período que pasa entre la propuesta y la marcha nupcial. Y aunque una boda perfecta quizás requiera un año de planeación,  un matrimonio feliz implica toda una vida de esfuerzo, tolerancia, trabajo en pareja y no sé cuántas cosas más; y a los millennials a veces se nos olvida que los anillos de compromiso y las bodas, más que un acto simbólico de amor eterno, son el preámbulo de un largo camino, que no siempre será ni tan brillante ni tan glamoroso como la publicidad de Tiffany & Co.

Y dentro de este asunto hay tres situaciones absurdas que me dan escalofríos, frente a las que creo, cualquier mujer debería decir NO.

 

1. Anillo sorpresa

Pueden llevar dos meses, dos años o dos siglos. Nunca han hablado seriamente sobre un futuro en común, sabes poco de lo que él busca en el mediano o largo plazo y éste no tiene idea de lo que tú buscas. Y de pronto, en un arranque de romanticismo, de apego o peer pressure, se te aparece con la roca brillante en la situación más insospechada. Si a esto le sumas que el acto toma lugar en un lugar público o frente a todos tus amigos y familia, perdón por arruinarte el cuento, pero o estás siendo víctima de un tremendo y baratísimo chantaje, o tu hombre es un ingenuo e inmaduro ser perdido en la realidad moderna.

Porque el ¿Quieres casarte conmigo? Es un mero trámite, una  pregunta de opción múltiple que sólo admite el sí o sí.  Quizás no estás preparada, quizás tienes otros planes, quizás lo amas pero quieres seguir conociéndolo, quizás no te da la chingada gana casarte con él ni con NADIE. El punto es que él no ha sido capaz de tomar en cuenta tus expectativas a futuro, tus planes, tus deseos y sentimientos. Tras la supuesta galantería y el sorpresivo despliegue de romanticismo la verdad es que no ha hecho otra cosa que ponerte entre la espada y la pared, sin siquiera preguntarte antes. Ofrecer un anillo a alguien en estas circunstancias denota un enorme egoísmo. La vida en pareja tendría que empezar con un mutuo y libre acuerdo en el que tanto uno como otro puedan llevar a cabo sus planes, realizarse como individuos, compartir sueños y apoyarse en sus metas.  Y para que eso suceda el diálogo es necesario antes de presionar a la persona que se dice amar, con un acto social de romanticismo hipócrita.

Caballeros: Favor de hablar con sus damas y ser claros con respecto a lo que se busca de la relación en el corto y mediano plazo.

Damas: Favor de hacer lo mismo y recordar que no es manda ni obligación, que por más grande que sea la piedra, tienes todo el derecho a decir que no,  si no estás segura. La mismísima Jane Austen rechazó un par de propuestas de matrimonio doscientos años atrás. Tras siglos de lucha por la emancipación femenina, lo mínimo que las luchadoras sociales esperan de ti, es que te seas fiel a ti misma y busques tu verdadera felicidad.  La esperada fiesta de boda dura cinco horas, el lastre de una mala decisión, puede durar toda la vida.

 

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2. Anillo promesa, o pre compromiso.

Disculpen el francés, pero ¿qué mamada es esa?  ¿Me comprometo pero no me comprometo? ¿Te prometo que un día nos vamos a comprometer pero ahorita nomás te lo puedo prometer?  Dice Andrea, una de mis mejores amigas sonorenses, que este anillo es lo mismo que cuando un perro “orina un arbusto”; puro marcar terreno. Si de entrada el anillo de compromiso tiene sus matices machistas al ser indicativo social de que la mujer ya está apartada, o sea no disponible y que nadie se atreva a acercársele —mientras que el hombre no lleva ningún símbolo equivalente durante el período compromiso-boda— el anillo de promesa marca a una mujer cual res por un período de tiempo bastante más largo. No sé si me falta romanticismo o me suena al vil chantaje de un individuo inseguro, porque las promesas se rompen de un día para otro. Este tipo de anillo suelen llevarlo jóvenes de corta edad que aún no se pueden comprometer por diferentes cuestiones (no han terminado sus estudios, aún no pueden pagar una boda, etc.). Así que mientras la roca de verdad llega con todo y fecha factible de bodorrio, te doy una más chiquita pa que quede claro que ya eres mía, mija, y que ningún patán se te puede acercar.  Aquí la pregunta es: ¿Se necesita un anillo para mantener una promesa? ¿O más bien para etiquetar al ganado propio?

La sociedad medieval solía hacer “pre contratos” matrimoniales con los jóvenes nobles para asegurar  tal o cual alianza entre familias, cuando éstos eran aún muy jóvenes para casarse. Quinientos años después, la historia se repite.

 

3. Anillo chicle

Llevas algunos años con tu pareja. Las cosas no marchan muy bien y no te sientes segura dentro de la relación. Pleitos cada vez más constantes y  te preguntas con más frecuencia si no estás perdiendo tu tiempo y lo mejor sería terminar por lo sano para seguir con tu vida. Discuten de nuevo, están a punto de terminar, (o ya terminaron); y al día siguiente se aparece el enamorado frente a ti con una roca de quién sabe cuántos quilates que según él (y quizás, también tú) salvará la relación.

El momento romántico te hace olvidar tu realidad, las felicitaciones de tus amigos y familiares, los diez mil likes en la foto de tu mano con la roca puesta que subiste a instagram, los planes para la bachelorette party, las diez despedidas de soltera, boletos para la luna de miel en el sudeste asiático, preparativos para la boda, el día más especial de tu vida. Piensas en todo, menos en el novio. Al que se supone, acabas de aceptar como tu compañero para toda la vida. Si alguien te pregunta si te quieres casar, la respuesta es obvia. Fiesta elegante, familia y amigos, luna de miel, anillo perfecto, ¿quién no querría lo que siempre soñó? Bueno, pues la realidad es que no te casas sola, querida. Él también importa, o mejor dicho, él es lo más importante de tu decisión.  Mereces estar con alguien con quien, el solo hecho de pensar en pasar el resto de tus días en su compañía, te llene de mil veces  más emoción y alegría que el de una serie de eventos sociales efímeros. Si no es así, hazte un favor y hazle un favor retractándote. Es una decisión dolorosa, pero no más que pasar la vida entera arrepintiéndote.

Si el interesado ofreció una propuesta de amor eterno como salida de emergencia a los problemas  de su relación, o si tú ejerciste presión para que lo hiciera, con la misma idea;  lo más seguro es que el efecto de la aspirina dure lo que la parafernalia social, y una vez en el día  a día, en la vida real, esos mismos problemas regresarán con más fuerza.

 

Que la niña calladita se ve más bonita.

Por otro lado,  ¿qué es esa estupidez de que las mujeres tenemos que ser entes pasivos dentro del asunto del compromiso? Según las costumbres de algunos círculos sociales de nuestro querido y atropellado país,  una niña bien espera como damisela en la torre a que al individuo se le antoje proponer la formalización de la relación; y que ni se le ocurra  a ella insinuar nada porque la gente va a pensar que está “urgida” o  desesperada por casarse. Y cuando éste al fin hace la propuesta, ella está casi obligada a aceptarla, porque es un privilegio que un hombre te solicite como esposa, y quizás sea la única oportunidad que tendrás para pertenecer al selecto grupo de las parejas matrimoniadas. ¿Really? ¿En pleno siglo XXI?

Mujer, si estás en una relación que te hace feliz, con quien te gustaría pasar el resto de tu vida y según tus planes y prioridades sientes que te ha llegado el momento de formar una familia, ¿por qué no decirlo? Si están en la misma sintonía podrán dialogarlo y planear juntos un evento que sin duda será trascendental en la vida de ambos (Ya sea matrimonio, unión libre, o lo que ustedes decidan). Si él no tiene las mismas metas que tú o no está convencido de dar el paso, tendrás que decidir si pese a la diferencia de objetivos sigues en la relación, o lo dejas para avanzar e ir en busca de lo que quieres. Porque no tiene absolutamente nada de malo querer vivir y formar una familia con el ser que amas. Creo que tanto mujeres como hombres deberíamos ser capaces de tomar decisiones consensuadas, libres y claras dentro de nuestra relación (y en todo lo demás de la vida). Que el conocernos más y esperar menos del otro, nos ayudaría a entendernos mejor y evitar desilusiones.

Por lo pronto, a mí ya alguien me reclamó que “No se vale que sólo las mujeres merezcan que alguien planee un momento romántico e inolvidable y les regale un diamante. Los hombres también tenemos derecho a que nos hagan sentir princesas” después de morirme poquito de risa ante tal comentario, confieso que me quedé pensando un buen rato en el asunto y concluí que quizás sea momento de que nosotras empecemos a dar anillo de compromiso a nuestros machos en pro de la igualdad. Marcar al toro, como a la res. ¿Por qué no?

Ser foráneo y comer como rey en 4 pasos.

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Aceptémoslo. Presumir que se te queman hasta las quesadillas  ya no está cool. Quizás en la prepa, cuando vivías en casa de tus papás y la comida aparecía en la mesa como por obra y gracia de un batallón de elfos domésticos, no importaba mucho; pero ahora que has salido de tu terruño para estudiar en otra ciudad, probarte a ti mismo y ser más o menos independiente, el arte de cocinar es una práctica básica de supervivencia.

Yo lo viví, y hace un rato, mientras leía un post con el que me sentí profundamente identificada, Soy foránea, ni de aquí ni de allá,  de mi amiga y blogger Mariana Valenzuela,  me invadió la nostalgia de aquellos días del 2009 en los que comenzó mi aventura como sonorense expatriada. Hay momentos en los que te dan ganas de regresarte corriendo a tu antigua vida, cerca de tu familia, donde todo parece más sencillo y uno no tiene que perder tiempo lavando ropa, yendo al súper y preguntándote qué hacer de cenar con la mitad del tomate, las dos rebanadas de jamón y el pedazo de queso que quedan en el refri. Pero en la vida hay que crecer, y la realidad es que uno mismo elige meterse en este asunto de salir de la zona de confort y vivir en una ciudad ajena.  Así que en nombre de mis años de estudiante, en los que mis amigos y yo consideramos la idea de crear un grupo que se llamara “Soy foráneo y tengo hambre”, les dejo aquí cuatro consejos para comer como rey, siendo foráneo.

1.Cocina.

Sí. Cocina. No te voy a decir que “aprendas a cocinar” porque para ello, simplemente hay que hacerlo y punto. El arte gastronómico es algo que se va desarrollando con la práctica y siempre habrá algún platillo o técnica nueva que aprender. El truco está en seguir la receta and that’s it, entre más sencilla sea ésta última, más fácil será tu experiencia. Puedes iniciar con algo simple, pero sugiero que tu primer intento no sea la comida favorita que prepara tu mamá. Porque tenemos que afrontarlo, por más que extrañemos su comida, por más que la tengamos al teléfono mientras picamos verdura y sigamos sus indicaciones al  pie de la letra, hay cosas que nunca van a saber igual si nosotros las preparamos. Así que si le pides a tu mamá la receta de la cochinita pibil que preparó en tu cumple, y por una cosa u otra el sabor no es el mismo, te enfrentarás a una tremenda desilusión además de un ataque de homesickness. Mejor, en un inicio, elige una receta sencilla que suelas comer de vez en cuando en algún restaurante. Pueden ser unas simples pechugas de pollo a la plancha con ensalada. Condiméntalas con ajo en polvo, un poco de sal y si te quieres ver creativo, una pizca de tomillo seco (a la venta en la sección de hierbas y especias de su supermercado favorito). Sartén caliente, un poquito de aceite y unos minutos después, voilá. Viaje a la Provenza francesa desde tu mesa de plástico de foráneo. La joie de vivre.

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Sabores de la Provenza Francesa desde mi mesita de plástico de estudiambre.

  1. Compra comida.

Puede parecer obvio, pero si en tu refrigerador no hay otra cosa que pizza de microondas, carne procesada y un tarro de mayonesa, no hay mucho con lo qué trabajar. La buena comida se hace con buenos ingredientes, eso no significa que sean caros, pero tienes que ir por ellos. Carnes al natural como pollo, pescado, res o cerdo, preparadas con un poco de creatividad convertirán tus días tristes  en un placer si te das el tiempo de combinarlas con las verduras, frutas y especias indicadas. Quizás sea para ti un mundo desconocido, la buena noticia es que la información abunda en internet y las opciones no tienen límites. Es sólo cuestión de buscar un par de recetas que quieras probar, hacer una lista de los ingredientes y una excursión al súper de tu preferencia. Con un par de veces que lo hagas tendrás suficiente para darte cuenta de todo lo que te puedes ahorrar preparando tu propia comida en lugar de comer pizza toda la semana. Comerás como rey, con presupuesto de foráneo.

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Por otra parte, una de las cosas más bonitas y convenientes que tiene México son los tianguis. Comida fresca, variada y barata. Si como yo, tienes la gloriosa fortuna de que alguno de estos mercados ambulantes se instale una vez por semana cerca de tu casa, aprovecha y lánzate por la mejor fruta de la ciudad.

  1. Pídele a tu amigo el foodie unos cuantos tips.

Todos tenemos un foodie cerca. Están de moda y serlo trae un montón de placer a la vida, qué les puedo decir yo. Invítalo una tarde a preparar la cena. Descubrirás un montón de cosas; como lo que significa “al dente”, que la olla de cocimiento lento que te regaló tu mamá puede hacer maravillas, que la maicena es lo que usan los chinos para darle consistencia a sus gravies; que calentar bien el sartén antes de ponerle el aceite hace la diferencia; que la salsa bechamel puede hacerse con sólo mantequilla, leche y harina y que va perfecto con la pasta y un montón de cosas más; pero sobre todo, entenderás que la comida a veces suena más complicada de lo que realmente es y que gran parte del conocimiento de tu amigo foodie proviene del autoaprendizaje, de un montón de búsquedas en google y de muchos sitios de recetas.

By the way… a los foodies nos encanta que nos pregunten sobre cómo preparar tal o cual cosa. Pasar un rato en la cocina con un amigo o amiga, nos hace muy felices y la recompensa siempre es excelente.

Qué bonito es lo bonito.

Qué bonito es lo bonito.

4. Pierde el miedo. Experimenta

Poco a poco has logrado sentirte más cómodo frente a la estufa. Sigues sorprendido y encantado con lo fácil que es seguir una receta, saboreas el dulce orgullo de haber creado por ti mismo un platillo digno de reyes. Ahora es momento de experimentar y crear cosas nuevas. Déjate llevar por el antojo y la inuición. El mismo pollo de siempre se transforma con una pizca de crema y chipotle, el pescado con unas ramitas de eneldo, el arroz blanco con una cucharada de comino te llevará directo a Bombay. Cocinar es una de las formas más placenteras y baratas de viajar. El mundo de la gastronomía no tiene límites, y creéme, no hay manera de aburrirse. Tú decides si lamentas tus días lejos de la comida de mamá, o aprovechas la oportunidad de descubrir nuevos mundos.

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5 cosas no tan divertidas de tener 25. Reflexiones de una 20Something.

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Siempre he creído que el “ando hormonal” es una muy mala excusa para justificar la tristeza o la confusión resultado de hechos o situaciones específicas y poco reflexionadas,   además de ser una expresión que se presta para  minimizar y descalificar a la mujer. Pues bien, entre el día de ayer y esta mañana he sido víctima de una melancolía confusa para la que, o no tengo explicación, o ganas de buscársela.  Y una persona que me conoce más o menos bien y que es para mí bastante importante me ha dicho hace un rato: “Estás hormonal, acéptalo. No tiene nada de malo y no le estás haciendo daño a nadie”. Ok, me he dado permiso de estarlo. Pero antes, en un intento desesperado de explicar mi estado de ánimo, he hecho un viaje a los recovecos de mi mente y sus aflicciones, y encontré cinco cosas algo jodidas de la realidad moderna que vive una a los veinticinco.

1. El saber lo que quieres, no te quita el miedo de ir por ello. 

Hace algunos años sólo pedías entender cuál era tu misión en este cochino planeta. Ahora que tienes la certeza de saber qué es lo que necesitas para sentirte completo y realizado, tienes miedo. Miedo de estarte equivocando, miedo de tomar una decisión abrupta que no te lleve a ningún lado, miedo de dejar una realidad que quizás no está tan mal pero que sabes, no es lo que quieres. Tienes miedo de avanzar y miedo de quedarte estático y desperdiciar tus mejores años. Miedo de no vivir lo que vale la pena. Miedo de no estar haciendo las cosas lo suficientemente bien. Y hay una sola cosa que puedo decirte al respecto: El miedo es un reflejo natural al cambio; incluso cuando  éste último es deseado. Quizás la solución sea dejar de temerle al propio miedo y salir a vivir tu vida. Tal vez un par de tequilas ayuden. Tal vez no. A veces hay que hacer más y pensar menos.

2. Hay días en los que aún no puedes hacerte cargo de ti mismo como es debido. stockvault-spa-doll117545

Tienes 25, hace algunos años que eres independiente. Pagas tus propias cuentas y tus padres deberían estar orgullosos porque te has convertido en adulta o adulto responsable. Pero la realidad es que hay días en los que sacrificas el desayuno por unos minutos de sueño, noches en las que no cenas por ver un capítulo más de Game Of Thrones o Downton Abbey, tienes uno o dos cestos de ropa al borde del colapso, algunos recibos del agua sin pagar,  pides pizza cuando estás deprimido y el día en que tu coche se descompone, sientes ganas de llorar y marcarle a papá para que lo lleve al mecánico y evitar que éste último te saque una pequeña fortuna por ajustar un tornillo. Si vives en la misma ciudad de tus padres y éstos últimos están dispuestos, siempre puedes ir a llorar en sus regazos y pedir auxilio. Si por el contario,  eres foráneo como yo, sabrás que refugiarte en las faldas de mamá o en el protectorado patriarcal no es una opción práctica ni factible y tendrás que resolverlo como puedas. La parte positiva: al final te sentirás un poquito orgulloso de ti mismo. Aunque tu único mérito haya sido dejar de llorar y llamarle a la grúa.

3. Cambias de opinión de manera ridícula sobre cosas “importantes” de la vida. 

Acabas de pagar tu nuevo vestido  de H&M en las cajas de abajo, que están siempre vacías, saboreas la gloriosa y efímera satisfacción producto del consumismo,  sales por el área infantil y  de pronto olvidas la nueva adquisición ante la abrupta y  desesperada necesidad de tener una hija a la cual ponerle el hermoso trajecito de polka dots azules que acabas de vislumbrar al inicio del pasillo. Ya tienes 25 y el reloj biológico marca las horas antes de que suene la alarma de los 30’s. Shit is getting serious. Al siguiente día despiertas a las 10 de la mañana preguntándote por qué carajo alguien desearía sacrificar sus horas de sueño, tiempo libre, pasiones y placeres de la vida para pasar sus años cuidando de un pequeño individuo que en algún punto tomará sus propias decisiones y hará algunas estupideces con las que tendrás que lidear. Te duele la cabeza con sólo imaginarlo. Abres una cerveza (son las diez de la mañana y no te importa), respiras profundo y agradeces por la libertad de vivir tu propio caos. Hay gente que ya no puede darse ese lujo.

BTW, acabo de recordar que tengo una sobrina hermosa a quien ponerle el vestidito de polka dots azules y ser feliz. LIFE IS GOOD. SO GOOD.

4. El amor se convierte cada vez en un misterio más insondable. 

Has conocido gente, has amado al indicado para descubrir que realmente era el equivocado (ver más sobre el tema en El amor de tu vida y otras grandes mentiras). Quizás  ha llegado otro indicado que parece mucho más indicado y te sientes más viva que nunca, y  aunque a veces te preguntas si sucederá lo mismo que con el anterior; otras ya no te importa lo que pase porque has aprendido a amar  y valorar el momento; dejas de aferrarte, disfrutas y recuerdas que nada es para siempre. NADA. Y a pesar de las lecciones de inteligencia emocional, las terapias y los golpes de la vida, la verdad absoluta de que al final partirás solo, te sigue rompiendo el corazón. La idea de la muerte como destino infranqueable todavía te atormenta. Pero también te motiva a vivir con valor y con más ganas, a amar más intensamente, a no guardarte ni un solo beso, ni un solo te quiero, ni una sola sonrisa. A entregar todo el amor que posees y descubrir que es infinito.

5. Hoy más que nunca estás seguro de que EL MUNDO ESTÁ JODIDO. 

Ya votaste para elegir un presidente, fuiste víctima de la propaganda de temporada electoral, creíste en algún movimiento que resultó ser otro fraude de la oligarquía. La política te da asco, la situación mundial de Derechos Humanos te da tristeza, vives en un país jodido que comparado con la violencia en Medio Oriente y África, no parece tan jodido, hasta que recuerdas los cientos de miles de desaparecidos, los muertos que ya no generan asombro, la manipulación mediática. Hay días que tienes ganas de salir corriendo a Finlandia, Suecia, Noruega o Dinamarca; hasta que recuerdas que el racismo y la xenofobia son realidades no tan lejanas. Dejaste de leer las noticias porque te ponen de malas y te generan impotencia. Y en este mismo momento sientes vergüenza por haberte pasado una hora dándole vueltas a tus first world problems, porque has recordado que existen millones de personas que sufren de manera infinita e inhumana en este mundo. Y quizás, o más bien, seguramente puedes hacer algo para ayudarlas. Desde una firma en Change.org, un donativo mensual a alguna de las miles de organizaciones filantrópicas, hasta agarrar tus chivas y lanzarte unos meses a algún lugar recóndito del mundo donde se necesite tu ayuda. Las posibilidades de paliar el sufrimiento de la raza humana y ayudar a resolver problemas que impactan la vida de millones de personas, son infinitas.  Pero lo que definitivamente NO puedes hacer es quedarte encerrado en tus propios dilemas, sufriendo por miedo, confusión y otras tonterías. Tú decides con qué causas te comprometes, pero existe una obligación de la que no te puedes zafar: buscar tu felicidad. En un mundo en el que el dolor y el sufrimiento son una constante, lo mínimo que podemos hacer es olvidar y dejar atrás las pequeñeces que no nos dejan ser felices.

Les anuncio que ya no estoy hormonal.

Del amor de tu vida y otras grandes mentiras.

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De niña había un asunto que me daba enormes vueltas en la cabeza: encontrar al amor de mi vida. Quizás por culpa de los pájaros de las princesas de Disney, con sus historias inverosímiles acerca de las relaciones interpersonales,  las novelas de Televisa o mi educación católica que admitía a un sólo hombre en mi vida futura. La cosa es que yo estaba convencida de que uno de mis más grandes objetivos en la vida sería encontrar a ese ser mitad príncipe, mitad galán de novela, con el que podría casarme y vivir una vida de cuento de hadas, en un castillo enorme y sin las penurias de la realidad moderna.  Y el tema me agobiaba porque yo, a diferencia de María la del Barrio, sabía que el mundo era vasto; mi mente infantil asumía que Diosito, desde antes de nacer yo, ya me había asignado al hombre de mis sueños. Pero justo aquí venía la parte complicada: él podía estar en cualquier parte del mundo. Quizás en Francia, en Singapur, en Abu Dhabi o en Veracruz. Ser un empresario alemán, un leñador sueco  o un gringo guapetón. Y yo con mis escasos cinco años me daba de topes preguntándome qué sería de mí si nunca me encontraba con él. Porque  si de algo estaba segura, era que el amor de la vida era uno solo, en medio de miles de millones de hombres repartidos en el globo.

Graciela, que ya  en Hablemos de Acentos les  contaba que es un amor, es además mi mamá. Ella se encargaba de calmar mis angustias asegurándome que si mi futuro esposo había nacido del otro lado de la tierra, el mismo Dios omnipotente que nos había destinado a estar juntos se encargaría de reunirnos en el momento indicado. Pero la niña era controladora (y lo sigue siendo), así que aquella teoría no la dejaba del todo tranquila, hasta que entró a la primaria y conoció a Jesús Javier. El niño más guapo del salón (Sí, Retes, fuiste mi crush de los seis años. No te rías). Y pensé que quizás encontrar el amor no era tan complicado. Hasta que lo cambiaron de salón y dejé de verlo en clases. Entonces llegó Carlos.Estaba loca y penosamente enamorada de Carlitos, que lo supo varios años después, cuando estábamos en sexto de primaria y me declaró su amor, a lo que contesté más espantada que cuando mi catequista nos hablaba del infierno que esperaba a las mentes cochambrosas y yo ni siquiera entendía el término, quizás porque contaba con escasos nueve años y la idea más lujuriosa que pasaba por mi cabeza en esos tiempos, era la de darle un beso a Kevin, de Bacsktreet Boys.

Regresando al relato, Carlitos me declaró su amor cuando yo tenía doce. Me preguntó, saliendo de clases y  muerto de pena, si quería ser su novia y yo respondí en seco que no. Que sólo podíamos ser amigos. Y como estaba tan asustada ya ni amigos fuimos. Fui algo cruel con él, pero pagué mis culpas un par de años después, cuando serví de Celestina entre éste y una de mis mejores amigas, a pesar de que él todavía me gustaba. ¡Oh destino cruel!

Trece años después,   tengo que decir que no creo en el amor de la vida porque he tenido varios que en su momento han sido”el indicado”, quizás porque cuando me enamoro, para bien o para mal suelo convertirme en un caballo de calandria, con la vista periférica bloqueada, con ojos sólo para el amor de ese momento. DE ESE MOMENTO.  Pues el universo nos ofrece una cantidad inagotable de posibilidades de conocer a cientos de personas de las que podríamos enamorarnos y con las que podríamos compartir el resto de nuestras vidas, una noche memorable o un ratito de ilusión. Soy mujer de un solo hombre a la vez, pero la protagonista de mi historia soy yo. El compañero es transitorio y  puede quedarse a escribir conmigo un par de meses, años, o el resto de la vida, dependiendo de lo que ambos decidamos. Porque estoy convencida de que dos personas deciden si las chispas que brotan al cruzar miradas se prolongan durante años, décadas, días o minutos. Y si tenemos suerte, esa magia, ese enamoramiento repentino, esa conexión intensa, nos ocurrirá más de una vez en la vida, y tendremos que decidir si dejamos que nazca una hoguera o la apagamos antes de convertirse en flama. Para  prolongar esa luz, ambas personas tienen que poner su voluntad y entrega. El amor de uno no basta.

Saber que el amor es más una cuestión de decisión que de suerte o de destino es menos romántico pero bastante liberador, aunque a su vez representa una gran responsabilidad. Porque te obliga a amar de manera consciente,  te obliga a decirle a la persona con la que  ahora compartes tu vida, que la elegiste a ella de entre un universo de gente interesante con la que podrías iniciar algo perdurable o efímero. Conozco varias historias deprimentes sobre gente que se pasa la vida entera en una relación que no funciona “Porque no hay nadie mejor que él o ella” “Porque es el marido que Dios me dio” “Es el hombre que me tocó” o ya en el peor de los casos “Es la cruz que tengo que cargar”. Sufren por voluntad propia, no nos andemos con rodeos. Una pareja tendría que ser un complemento a nuestra felicidad, no nuestra felicidad.  Alguien que suma, no que resta.

Y esas historias que acaban antes de lo previsto “Porque las circunstancias no lo permitieron” “Porque el destino se interpuso”. Créanme, las circunstancias pueden ser complejas o complicadísimas; si ambas personas se aferran al amor que comparten no habrá destino que los separe, para bien o para mal. La decisión es nuestra, pero tiene que ser mutua. Si en un contexto complicado tú estás dándolo todo para estar con esa persona,  pero tu pareja usa alguno de los argumentos anteriores, no tiene el mismo interés de estar contigo. Así de cruel y así de simple. Cada quien tiene derecho a buscar la felicidad o la paz por distintos medios, pero no hay peor manera de perder el tiempo que luchar a solas por mantener una relación de dos.

Por otra parte,  prolongar una relación tormentosa por el sueño idílico de “Hasta que la muerte nos separe” puede no ser lo más sano. Yo misma he tenido que escribir finales prematuros para evitar trágicos desenlaces. No es sencillo, pero a veces vale más quedarnos con un buen recuerdo corto que con una agonía de varias páginas.

La vida, si tenemos suerte, se compondrá de diferentes historias y el amor acumulado, hacia una, dos o  varias personas, será lo que le dará sentido. Es hermoso encontrarte con alguien que te vuelve loco, a quien quieres recorrer en cuerpo y en alma, formar parte de su vida y que forme parte de la tuya; alguien con quien compartir lo bueno de nuestra intrascendente existencia, alguien con quien llorar de vez en cuando, alguien que te haga sentir más completo, más vivo, más allá de lo que dure. Quizás para ser más felices tendríamos que aprender a apreciar y disfrutar el hoy y pensar menos en el mañana. “Amar la trama más que al desenlace” dice Jorge Drexler.

Si en este momento tienes a alguien a quien abrazar con toda certeza, un par de ojos  en los cuales perderte y vivir una, dos o varias vidas,  alguien con quien podrías vivir el resto de tus días, disfrútalo, entrégate, ama, piérdete en la hoguera y vuelve a encontrarte. Saborea el regalo que tienes en este momento. Nadie dice que no pueda durar para siempre. Eso lo deciden ustedes.

Si por otra parte, este post te agarra con el corazón roto, a mitad de un duelo amoroso y sientes que el mundo se acaba porque perdiste al único ser en el universo entero al que puedes amar,   me tomaré la libertad de decirte que te estás mintiendo y en un par de meses te morirás de risa al recordar la tragicomedia. Porque vienen una o más experiencias que seguramente serán tanto o más interesantes que la que acaba de terminar. Créeme, es preferible un libro de varias historias apasionantes, con personajes varios, que un solo drama mal contado.

Y bueno, para los románticos promotores de la estructura familiar más o menos tradicional, que soñamos con un día unirnos espiritualmente a alguien, por medio de un cura católico, un sacerdote maya, un sabio budista, un Imán musulmán, o cualquier otro líder espiritual;  conozcámonos a nosotros mismos primero, entendamos qué queremos de nuestras vidas, qué soñamos y cómo planeamos cumplir nuestros anhelos. La única persona con la que, pase lo que pase,  compartiremos cada uno de nuestros días, somos nosotros mismos. Conviene conocernos, apreciarnos y amarnos. Después podremos ir en busca de alguien para compartir lo que somos, para invitarlo a la aventura.

Yo por lo pronto, como buena mujer empoderada, he empezado a construir mi propio castillo.

De Cómo Escribir Canciones

Fotografía: Jorge Vargas

Sin Luna. Fotografía: Jorge Vargas

La música es magia. Conecta almas en un festín de notas y ritmos en el que no importan idiomas, ideologías, creencias o nacionalidades. La música es un lenguaje tan universal  como la sonrisa, el abrazo y la solidaridad.

Me enamoré de la música desde antes de nacer. Y así lo creo porque no concibo mi vida sin ella, que ha sido mi eterna compañera. Desde la voz de mi madre con sus canciones de cuna, mis versos de niña, las manos de mi hermana menor en las teclas del piano recreando un tango de Gardel, el violín de mi casi gemela, el mismo con el que mi abuelo animaba las tardes con sones de la sierra de Sonora, hasta la playlist que en este momento escucho con una fusión de colores andaluces y los arreglos de pop que le han dado al cantautor fama mundial. Soy una enamorada irremediable de Alejandro Sanz, sus frases de métrica rebelde y melodía armónica.

Escribí mi primera canción cuando tenía como siete años. Después de regalar poesías a mis maestras de cada grado, mis papás y el séquito de personas que, hasta aquel momento formaban parte importante de mi pequeño universo, decidí que sería buena idea ponerle música a los versos. Y bueno, me resultó relativamente sencillo inventarme una melodía de la que, hasta la fecha me pregunto si no sería un plagio inconsciente, puesto que cuando a uno se le ocurre una melodía así nomás, de la nada, la duda de que aquella creación de nuestra mente sea en realidad la reproducción de una secuencia de sonidos preexistentes, es un verdadero tormento. Afortunadamente en estos tiempos existen apps muy útiles para asegurarnos de la autenticidad de nuestras propias invenciones, pero en aquel momento, vaya que me atormentó.  Porque aquella canción, según mi percepción de menos de una década de vida, tenía el potencial para convertirse en un verdadero éxito radiofónico. Pero como me daba un tremendo miedo aceptar que me gustaba cantar, la canción quedó en los confines de mi cabeza y nunca se la canté a nadie.

Casi diez años después, cuando decidí que la vida era muy corta para tenerle miedo a lo que más me gustaba  hacer, me decidí a entrar al concurso de composición de la prepa. Invité a algunos amigos músicos a acompañar la letra con melodía que se me había ocurrido una tarde y entonces, viví una de las experiencias más intensas y mágicas que he tenido en mi vida: escuchar uno de mis delirios convertido en canción. Porque como hace un momento les decía, yo nomás me quedo un ratito callada, esperando que una melodía llegue a mi cabeza; y en cuanto llega, comienzo a acomodar la letra, que quizás tenía en boceto o quizás un segundo después de la melodía, llega a mí, derivada de una idea general a la que ya venía dando vueltas. El asunto es que yo para escribir canciones no uso instrumento alguno, no porque sea una chingonería, sino porque el dinero que mis papás invirtieron en mis clases de piano y órgano de iglesia, se fue directito a la basura porque a la niña no le interesaba otra cosa que cantar. Aunque no se atreviera a hacerlo. En el piano no me sale ni Martinillo, quizás porque no tengo la paciencia, o porque de plano no tengo talento para los instrumentos musicales, qué se yo. A mí lo que me gusta es cantar. Cantar y escribir. Podría pasarme la vida en ello.

El asunto es que aquella tarde de ensayo fue una de las cosas más bonitas que he vivido. Mi casi canción, letra y melodía, de la que yo apenas era capaz de imaginar algo de música,  de pronto tomaba vida frente a mí por medio de las manos de aquellos amigos que con maestría adolescente y desbordada tocaban guitarra, piano, bajo y batería. Mi canción se convertía en realidad, dejaba de ser mía para pertenecer a todos aquellos que ponían un poco de su alma y talento para converitrla en música. Ni Pinochio sintió tanta alegría cuando el Hada Azul lo convirtió en un niño de verdad.

Concluido el ensayo, llegué extasiada a casa. Les dije a mis papás que el siguiente jueves de aquel septiembre del 2006 tendría un concurso de composición y los esperaba a las siete en punto en la explanada del campus. Soltaron una carcajada cuando supieron que la vocalista sería su hija, la que berreaba y aullaba canciones de Celine Dion para molestar a sus hermanas. Yo les respondí que si tanta pena les daba, podían llevarse bolsas de cartón para cubrir sus cabezas. Y me acordé de algo que dijo mi  prima Lourdes algunos años antes, ante uno de mis arranques desesperados por expresar de manera retadora mi sueño más disparatado: “Esta chamaca cumple lo que sea que propone. Si dice que un día va a cantar, les puedo firmar que va a  hacerlo”. Así agarré un poquito de fuerzas.  Le prohibí a mi novio de aquellos tiempos que se apareciera a menos de mil metros a la redonda, porque no quería que me pusiera más nerviosa de lo que ya estaba. Orden de la que hizo caso omiso, pues además llegó con un letrero fosforescente para demostrar su apoyo. ¡Qué bonita juventud!

Y bueno, no gané el concurso, pero el feedback de los jueces fue bastante bueno para un primer intento. Si veo el video a mis 25 obviamente me muero de pena, pero también de orgullo, porque fue la tarde en la que enfrenté a uno de mis miedos más grandes para  empezar a hacer realidad mi sueño. Y aquel día supe que tenía mucho por aprender y que podía hacerlo.

Casi diez años después,  tras un montón de canciones escritas, tiradas a la basura o perdidas en mi memoria, y otras tantas convertidas en música por medio del talento de diferentes personas, tengo que decir que cada tarde de ensayo, en la que llego con una nueva misión para Martín, Alan, Edgar y Adán, mis adorados músicos, que con  mente abierta y un montón de paciencia comienzan a ponerle acordes y tonos a aquello que nació en mi cabeza, para transformarlo en verdadera música, viva, corpórea, real; vuelvo a sentir el escalofrío de emoción desbordada que sentí a los 16. La absoluta certeza de que estoy viva.

Sin Luna. Fotografía: Jorge Vargas

Sin Luna. Fotografía: Jorge Vargas

Aquí mismo les comparto algunos frutos de la terquedad, la dedicación y el trabajo de cinco almas que buscan compartir su arte y regalarle al mundo un ratito de inspiración.

Escucha nuestras canciones en Spotify dando click en el link anterior. Y  puedes ver nuestros videos en el canal de Sin Luna en Youtube. 

Gracias por leer y compartir. 

La alquimia en la cocina

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Cocinar desde cero o from scratch, como dicen nuestros amigos angloparlantes, me fascina. No sólo es más natural y menos costoso, sino que satisface el deseo primario y neandertal de conocer cada uno de los ingredientes que se usan, jugar con ellos y crear cosas nuevas.

Durante mis primeros años de repostera aficionada, entre los 14 y los 18, dependí de las bonitas e industrialmente producidas mezlcas de Betty Crocker y Duncan Hines para hacer cualquier pastel. Mi incursión en la cocina “from scratch” se la debo a la madre de mi primer ahijado y una de mis mejores amigas: Eva María Zimmer. Una tarde, en la bonita y ardiente ciudad de Hermosillo, Sonora, Eva me invitó a hacer un pastel de chocolate. Sacó un libro gigante, pesado y viejo, en alemán (Eva es alemana), con un montón de fotografías para hacer agua la boca y recetas de repostería de las que no fui capaz de entender ni una sola palabra. Mi amiga comenzó rayando una brillante y aromática barra de chocolate amargo y mezclándolo con harina, polvo para hornear, huevos y demás ingredientes. Entonces vino mi pregunta:

-¿Y la cajita de Doña Betty Crocker?

Eva se dobló de la risa un ratito. No había cajita Betty Crocker y no la necesitábamos. Un universo nuevo se abría ante mis ojos puestos en el horno mientras el pastel se cocinaba. Mi vida a partir de esa tarde, sería distinta.

Eva y Alexander en 2012.

Eva y Alexander. Junio, 2012.

Preparar el pastel de manera “artesanal” no fue para nada difícil , los resultados fueron espectaculares  y yo me sentí toda una chef nivel avanzado por ser capaz de crear algo tan delicioso sin necesidad de una cake mix de la que, hasta aquel momento, nunca me había preguntado cuántos aditivos extraños contendría. Porque la industria alimentaria no se mete en grandes problemas ni suele gastar en materia prima calidad gourmet en sus procesos; Sino lo contrario, con el objetivo de reducir costos, a menudo se sustituyen elementos naturales como el chocolate y la vainilla, por saborizantes y colorantes artificiales.

Quizás haya personas a las que esto no les genere ningún conflicto, pero yo más que conflictuarme, la verdad es que disfruto la independencia de poder satisfacer mis antojos  prepararando casi cualquier cosa en casa, con ingredientes comunes (desde un Pastel Alemán, un Chocolate Lava Cake o un Pie de Limón con Merengue,  hasta un tarro de Alioli). Además de la aventura de conocer un universo enorme de ingredientes, especias y hierbas que literalmente convierten un platillo en magia.

El aroma de la nuez moscada recien rallada, un bouquet garni aromatizando la más simple de la sopas, la mantequilla derretida lista para dorar la cucharada de harina que se convertirá en salsa bechamel. La cena que transforma un día aburrido en algo memorable. Hay mil experiencias esperando en nuestras alacenas. Sólo se requiere un poco de creatividad y ganas de comer rico.   

Es así como experimento con ingredientes, invento recetas que a veces salen bien y otras no tan bien, y me doy el lujo de vivir una transformación: De mujer común del siglo XXI a hechicera, alquimista y creadora. Todo eso pasa cuando entro en mi pequeña cocina.

En esta sección publicaré esas recetas que nacieron de algunos experimentos y que son dignas de compartir; también algún que otro hallazgo de blogs gastronómicos como The Kitchn, Sally’s Baking Addiction, Add a Pinch o algún clásico de Julia Child. El único objetivo es descubrir sabores nuevos y disfrutar.

Bon Appetit!

Un Mundo sin Machismo. 6 Cosas que Cambiarían

American Gothic - Grant Wood 1930.

American Gothic – Grant Wood 1930.

Una sociedad que desde sus orígenes se hubiera regido por la equidad de género,  sería bastante diferente a la que conocemos ahora. La ley sálica no le habría impedido a Isabel de Francia hacerse del trono del Rey de Hierro, Enrique VIII de Inglaterra no se habría obsesionado con tener un hijo varón y dos de sus seis esposas habrían salvado la cabeza que perdieron por cargos de adulterio, las miles de mujeres condenadas a la hoguera por poseer conocimientos de herbolaria, anatomía y sexualidad (tan amenazantes para el orden patriarcal de la época) no habrían sido consideradas brujas, sino científicas y maestras. Quizás habríamos avanzado más rápido como raza humana y la historia sería tremendamente distinta. Pero aquí van seis cosas que serían muy diferentes y que impactarían directamente nuestras vidas, si nuestra sociedad gozara  de absoluta equidad de género. Cabe aclarar que este es un ejercicio meramente imaginativo, al que una servidora se dio permiso un día, fantaseando con un mejor mundo.

  1. No existiría la homofobia (como la conocemos).

La homofobia, en sus orígenes antiguos, tiene relación directa con la misoginia, y nace de la percepción de la mujer como un ser incompleto e inferior. En una sociedad que consideraba al varón como al ser perfecto y privilegiado, la idea de que éste se rebajara al nivel de la mujer (en lo sexual o en lo social) resultaba aberrante. En la antigua Grecia la homosexualidad era relativamente aceptada, siempre y cuando el hombre de mayor poder, edad y estatus social, jugara el papel masculino del penetrador, enla relación sexual.   En un mundo en el que la mujer y el hombre fueran valorados de igual manera, por su condición humana, antes que por su sexo, la homosexualidad sería abordada de forma distinta, quizás con más naturalidad. Por otra parte, todas aquellas ofensas, como marica, niñita, joto,  cuyo poder ofensivo radica en  el poner en  duda la tan susceptible y “sagrada” virilidad, no serían válidas, puesto que lo femenino dejaría de ser sinónimo de inferioridad, debilidad y vergüenza, mientras que lo masculino ya no se relacionaría especialmente con el poder y lo superior.

  1. Los hombres serían más libres

En el post anterior de esta sección, De Feminismo y Otras Fobias hablaba de los condicionamientos y exigencias que la cultura patriarcal pone sobre los hombres. En un mundo con absoluta equidad de género, podríamos encontrarnos quizás con más pintores, bailarines y amos de casa de tiempo completo. La responsabilidad económica de las familias sería abordada de manera más abierta, negociada y consensuada, como un asunto del que ambas partes son responsables. No habría mujeres indignadas porque su compañero no les pagó la cuenta del restaurante o del cine y el hombre no tendría la necesidad de impresionar a nadie con su poder adquisitivo para reafirmar su virilidad.

  1. Adiós a la caballerosidad.
La Belle Dame Sans Merci - Frank Dicksee

La Belle Dame Sans Merci – Frank Dicksee

La caballerosidad de hoy en día, tiene origen en el amor cortés, la galantería de varios siglos atrás y en una percepción preciosista de la mujer, en la que ésta, como ser divino pero a su vez débil, incapaz, y de alguna manera inferior, necesita ser protegida  y conducida por el caballero. En una sociedad equitativa, hombre y mujer serían considerados como seres igualmente valiosos y se veneraría a ambos o a ninguno. Si bien, por naturaleza el hombre posee más fuerza física que la mujer, en verdaderos casos de peligro, éste protegería de igual forma a seres vulnerables como niños y ancianos, no sólo a mujeres. De más está decir que el protocolo versallesco quedaría fuera del concepto “verdaderos casos de peligro”. Quizás las atenciones de pareja serían más espontáneas, naturales y recíprocas; y habría menos mujeres plantadas en su posición de diosas inalcanzables a las que el mundo no las merece. (Para saber más de estos patológicos casos y reírse un rato,  leer “Las Preciosas Ridículas”, de Moliere, hay cosas que no cambian mucho a lo largo de los siglos).

Y aquí es importante hacer una aclaración: Las atenciones especiales hacia nuestro significant other,  amor de la vida, del momento o de la noche, son cuestión personal. De ninguna manera creo que el que un hombre me deje pasar primero, o abra la puerta por mí sea un ataque a mi autonomía, aunque el origen del acto sea antiguo y derivado de un contexto patriarcal; siempre podremos corresponder la amabilidad recibida pagando la cuenta o apagando el celular para prestar verdadera atención.

  1. Los terapeutas sexuales tendrían mucho menos trabajo.

Durante los dos años que trabajé en Fundación PAS, organización dedicada a la prevención y atención del Abuso Sexual Infantil, pude darme cuenta de la forma en la que los juegos de poder y género impactan en la sexualidad de las personas, volviéndolas incluso más vulnerables a la agresión sexual.  Por un lado, el origen antropológico del abuso sexual es la percepción falocéntrica de la mujer y el niño como objetos al servicio del placer masculino, y en un país en el que una de cada cuatro niñas y uno de cada seis niños será abusado antes de cumplir 18, lo que equivale al  20% de nuestra población, estaríamos hablando de 22 millones de mexicanos sufriendo las consecuencias, según la investigación del doctor en ciencias, Osmar Matsui Santana. (U. de G. 2008).

Por otra parte es necesario puntualizar que la cultura y las creencias religiosas juegan un papel preponderante en la forma en la que los seres humanos vivimos nuestra sexualidad. En el caso de la cultura judeocristiana, la percepción negativa del cuerpo como objeto del pecado; la negación y negativización de la sexualidad; la exaltación de la abstinencia y la castidad como sinónimos de la virtud; la sobrevaloración de la virginidad, la polarización de la figura femenina en la dicotomía Eva (pecado, tentación) y María (pureza, abnegación), forman parte de un legado patriarcal milenario, que impacta fuertemente hasta nuestros días y, para muestra, el siguiente ejemplo que considero, engloba varios de los elementos culturales antes descritos:

Carlota Tello, terapeuta sexual y gran amiga, me contaba hace algunos meses un caso emblemático en su carrera.  Niña de 14 años, que presenta una profunda depresión, comportamientos sexuales de riesgo (múltiples parejas, relaciones sin protección) y conductas autolesivas, llega al consultorio por iniciativa de un familiar. Cuando la doctora le pregunta por qué se hace tanto daño y arriesga tanto su salud, la respuesta de la niña es la siguiente: “¿Qué tengo que perder? Mi tío me violó cuando tenía diez años. No soy virgen. Ya no valgo.”

En una sociedad utópica, regida desde sus orígenes por la equidad de género, hombres y mujeres podrían vivir su sexualidad de manera libre y respetuosa, se respetaría la integridad del niño y la mujer como seres humanos igual de valiosos que el hombre, la virginidad sería una cuestión de libre decisión y no un motivo de discriminación y, en este contexto, los casos de agresión sexual, que son una de las principales causas de visita al terapeuta, serían casi inexistentes, con lo cual, el terapeuta sexual tendría mucho menos trabajo.

  1. Las mujeres dejaríamos de competir (tanto).
The Arnolfini Portrait - jan Van Eyck 1434

The Arnolfini Portrait – Jan Van Eyck 1434

El matrimonio. Esa sagrada institución fortuna de muchos e infierno de otros. Hace varios siglos los hombres se casaban por una simple motivación: dar continuidad a su estirpe, procrear descendencia y trascender en el mundo. Básicamente buscaban un vientre fértil para asegurar la supervivencia de la especie humana. Para esto, ellos ofrecían al vientre en cuestión algo de seguridad, sustento, cobijo y protección en tiempos en los que las guerras, el hambre y la violencia eran cosa de todos los días, tiempos no tan diferentes a los que hoy por hoy se viven en países en desarrollo, o del tercer mundo, como dirían los mayores. Y la cosa es sencilla. Para la mujer, el hombre representaba, no sólo la continuidad de la especie, la trascendencia del linaje y esas tonterías románticas a las que los ricos se podían dar el lujo, el hombre representaba su propia supervivencia en un mundo hostil, insisto, no tan diferente al de ahora, pero con una variante importante: el escaso acceso a la educación y al trabajo bien remunerado. Una mujer soltera era una tragedia porque probablemente iba a acabar muriendo en la miseria. Y bueno, como mujer de la antigüedad, era necesario contar con ciertos elementos que te volvieran elegible a los ojos de un buen partido, como la belleza, la buena salud y la virtud, (el último, un término bastante ambiguo y dependiente del contexto específico). El hombre por su parte, entre más rico y poderoso, mayor seguridad tendría de ser aceptado por la doncella a la que declarara su amor.  Y aquí es donde las cosas se ponen feas. Según la historia, el poder y la riqueza son bienes considerablemente más escasos que la fertilidad, la belleza y la virtud, lo que resulta en una sobre oferta de damas bonitas y rezadoras, ante una escasez de caballeros solventes. Empiezan los juegos del hambre. Mientras no era cosa común que el hombre se batiera a duelo por la mano de su amada, puesto que caras bonitas y úteros fértiles había muchos como para andar arriesgando el pellejo, las féminas, si bien menos violentas pero más creativas, desarrollaban sus propias estrategias de guerra. Y en la lucha por la supervivencia, traicionar a tu mejor amiga es poca cosa. La parte triste: si observamos con atención,  tendremos que aceptar que mucho de ese legado paternalista prevalece en nuestros días en la manera en la que juzgamos a nuestras congéneres, la forma en la que condenamos sus decisiones sexuales, el famoso “slut shame”, la indignación natural que brota cuando ves a un hombre guapo en compañía de una mujer a la que consideras menos agraciada que tú.  No, querida, si te dieras cuenta que el único castillo que tienes que perseguir es el de tus propios sueños, los logros de tus compañeras no te harían sentir inferior.

En una sociedad en la que, desde la antigüedad las mujeres hubieran podido heredar bienes y hubiesen tenido el mismo acceso a la educación y al trabajo que los hombres, quizás habríamos sido capaces de vernos más como amigas, que como contrincantes.

  1. Las cuotas de género serían innecesarias.

Las cuotas de género, establecidas recientemente en ambientes laborales y políticos, por parte de distintas empresas e instituciones gubernamentales,  nacen de la necesidad de generar un equilibrio entre ambos sexos, en ámbitos que durante siglos fueron terreno exclusivo de hombres. Tienen también como objetivo, el promover el involucramiento de la población femenina en esas áreas, bajo el argumento de que, si no existe la misma cantidad de mujeres profesionales laborando en esos ámbitos, es porque hasta ahora, la falta de oportunidades lo había impedido.

En un mundo en el que el acceso a la educación y al trabajo hubiera sido equitativo para hombres y mujeres, de manera natural conforme la creación de gremios e industrias, se hubiera dado el equilibrio de género, sin necesidad de crear leyes para provocarlo.