Sobre las denuncias de violencia sexual en Wikipolítica Jalisco

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Siento que hace un siglo que no me daba un respiro para escribir en este blog. Tras varios meses de entregas kilométricas para mi maestría, y una tesis sobre decolonialidad y género en la obra de Sor Juana, la verdad es que las letras no me sobraban, el tiempo y las ganas de estar frente a la pantalla, tampoco.

Pero hoy he decidido romper el silencio virtual de estos meses por un tema que me preocupa porque atañe a una organización en la que creo, y más importante aún, a personas a las que quiero y en las que confío. El día de ayer, Alexia Soch denunció por medio de su cuenta de twitter las agresiones sexuales que sufrió por parte de un ex integrante de Wikipolítica Jalisco. Su denuncia se suma a muchas otras que conforman el movimiento #metoo, que busca visibilizar los distintos alcances de la violencia sexual que sufrimos las mujeres en nuestra vida cotidiana por parte de familiares, maestros, compañeros de trabajo, jefes, etc.

Yo no conozco a Alexia, pero le creo. Le creo porque estoy convencida de que en esta cultura misógina que sexualiza a la mujer para después discriminarla, señalarla y revictimizarla,  exponer públicamente un suceso tan terrible y traumático como una violación requiere una cantidad tremenda de valentía y resiliencia, y no es ningún juego.  Contrario a lo que esa misma cultura machista nos quiere hacer creer, contrario a lo que algunos hombres cómodamente se obstinan en predicar, –salvo casos aisladísimos– las mujeres no estamos locas ni vamos por la vida creando denuncias falsas para arruinarles la reputación. He trabajado de cerca con personas que han vivido violencia sexual, he visto lo difícil que es para muchas de ellas enfrentarse a sus agresores. He sufrido porque mujeres muy queridas y cercanas, pese a mis esfuerzos y los de sus seres queridos, siguen sin poder abandonar a quienes las violentan y las maltratan. Yo no conozco a Alexia, pero le creo, también por el hecho de que, tras su declaración, otras mujeres han levantado la voz para denunciar diferentes tipos de agresiones por parte del mismo sujeto.

Wikipolítica Jalisco, ahora reorganizada como Futuro Jalisco, tras tener noticia del testimonio de violación mencionado,  ha expresado por medio de un comunicado en su cuenta de twitter su apoyo y respaldo hacia Alexia, han condenado los actos de violencia sexual cometidos por sus ex integrantes,  y como organización, reconocen que en su momento no pudieron “construir un clima organizacional para que las mujeres tuvieran claro cómo denunciar o se sintieran seguras para hacerlo”. Los hechos duelen no sólo para los directamente involucrados. Son un golpe duro para quienes conforman este movimiento político-social y para quienes creemos en él; pero sobre todo, estos hechos  nos demuestran hasta qué grado está interiorizada la cultura de la violencia de género y qué tan terriblemente amplios son sus alcances. Hablar de violencia sexual dentro de un movimiento joven, auténtico, en el que han participado tantas personas de forma desinteresada con el objetivo de generar un cambio positivo en la sociedad, es sin duda difícil de procesar y nos puede hacer sentir desesperanzados; pero sin embargo, yo sigo creyendo en el movimiento porque he participado en él, he seguido sus resultados y  conozco de cerca a muchos de sus integrantes, como Susana Ochoa, Diego Arredondo y Pedro Kumamoto, a quienes considero personas íntegras y por quienes siento una profunda admiración y estoy segura, trabajan con una política de cero tolerancia con el objetivo de crear un ambiente seguro para sus miembras.

La violencia de género está ahí, normalizada en la conversación familiar, en los chistes sexistas, en la música que escuchamos, en los productos audiovisuales que consumimos, en nuestras actitudes hacia la tan temida y condenada libertad femenina, está en las instituciones,  en los círculos tradicionales de poder, en las organizaciones filantrópicas y también en los círculos en los que se trabaja activamente para gestar un futuro de justicia social y equidad de género. Es terrible, pero la violencia sexual en nuestra cultura ha sido normalizada al punto de encontrarse en todas partes, por eso tenemos que estar alertas,  alzar la voz, demandar justicia, respaldar a las víctimas y también auto evaluarnos como individuos, en nuestras relaciones, en nuestros espacios.

Ante estos hechos estoy aún más convencida de la importancia de feminizar la política. Falta mucho por hacer, pero ahora más que nunca, Futuro Jalisco, tienes un enorme compromiso con nosotras.

Para Alexia y todas aquellas mujeres que valientemente han denunciado a sus agresores, sólo puedo decirles una cosa: Yo sí les creo.

El día que Gaby Perdió su Virginidad en 1º de Primaria

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Gaby tenía seis o siete años, era unos meses mayor que yo y una de mis mejores amigas. De hecho me superaba en peso y tamaño y nuestra relación comenzó con una de nosotras siendo intimidada por la otra. El segundo día que llegué a casa lamentando que Gaby me había pegado, mi papá me contestó que, o me defendía y le metía un trancazo, o él me iba a pegar a mí (cosa que obviamente, nunca en su vida hizo  y yo tuve una infancia bastante normal, enfrentando el bullying “a la sonorense”). Al siguiente día descubrí mi súper poder, esa increíble capacidad escondida en un cuerpo pequeño y delgado, pero con una mano dura, bastante dura. A Gaby le bastó con probar una sola de mis ultra poderosas cachetadas para tenerme un poco de respeto y dejar de meterse conmigo. Hasta amigas nos hicimos y yo me di cuenta de que detrás de su imagen de grandulona aprovechada, había un gran corazón. Uno muy enamoradizo. Ahora vamos al escabroso asunto de la virginidad.

Mi primer acercamiento al tema tuvo lugar una calurosa tarde, de esas que no dan más que para encerrarse con el aire acondicionado a todo y ver la horripilante novela de las tres. Estaba sentada con Graciela, mi madre, y veíamos un drama de esos ridículos con los que Televisa planeaba atrapar a sus televidentes transportándolos a un contexto rural, idílico y estúpidamente apasionado. El asunto es que, en medio de unas caballerizas pulcras y prefabricadas (nada parecidas a las que yo había visto en el pueblo de mis abuelos), un personaje femenino —que no era la sacrosanta protagonista a la que se le iba la novela en llorar y rezarle a la Virgencita para que Francisco José Máximiliano del Campo y la Madre le hiciera caso — le reclamaba al Francisco José Ma…. que le había entregado su vida, sus sueños y —pausa dramática y close up— SU VIRGINIDAAAAD.

— Mami, ¿qué es la VIRGINIDAAAAD?

Mi madre puso una cara como de “y yo pensé que después de cómo nacen los bebés, las preguntas incómodas se habían acabado”.  Se quedó pensando un ratito y, con esa cara que años después descubrí que ponía cada vez que se inventaba un buen cuento, me dijo:

— Es cuando una mujer nunca le ha dado un beso a un hombre, tesoro.

Día siguiente llega mi  amiga Gaby después del recreo presumiendo que le había dado un beso a su novio Jesús Javier (mi crush de los seis años).  A lo que yo, escenificando un poco del drama que según la novela, requería el asunto de la virginidad, la vi abriendo mis ojos lo más que podía y con una expresión mitad susto mitad desprecio le dije:

— Gaby…. YA NO ERES VIRGEN.

Su cara de travesura se transformó en desconcierto, me dijo “estás loca, flaca” y el llamado de nuestra maestra nos distrajo del tema.

A los seis años tuve un acercamiento bastante cómico  con un tema tormentoso. Si mi madre creía que con el cuento del beso se me iba a olvidar el tema, estaba muy equivocada. La niña de seis años sacó sus conclusiones aquella tarde, y me quedaron clarísimos algunos conceptos acerca de la virginidad:

  1. Es exclusiva de la mujer.  Mi madre fue bastante clara cuando dijo que es cuando una MUJER nunca ha besado a un HOMBRE, así que supuse que los hombres no tenían que preocuparse por la suya y ellos eran libres de besar a las mujeres que quisiesen, y hasta podían darse el lujo de rechazarlas por ello.
  2. Es importante conservarla.  La fulana lloraba porque la había perdido y Francisco José Maximiliano la miraba con cara de desprecio.
  3. A los hombres no les gusta que no la tengas, aunque la hayas perdido con ellos. Francisco José Maximiliano con cara de desprecio.
  4. La protagonista bonita, buena y rezadora la conserva hasta el final de la novela. O Francisco José Maximiliano ya no la querría. Esperen un momento, la protagonista se ha besado varias veces con el fulano… entonces ya no es virgen, entonces la virginidad no es tan importante, ¿o sí? mamáaaaaaaa….

Con el tiempo el tema perdió importancia. Después volvió con más fuerza un fantasma disfrazado de virtud obligada, de religiosidad misógina, de control milenario. Dicen que todo empezó con la propiedad privada, hace siglos. El hombre, al adquirir el derecho de heredar, tenía que asegurarse de que sus hijos fueran realmente suyos, así que, mujer: al claustro, a la torre más alta, donde no te vean, donde no veas a nadie, donde no peques. El hombre, a diferencia es libre de hacer y deshacer.

Durante mi adolescencia me tropecé con bienintencionadas advertencias como  “Hay que cuidar el tesorito porque fruta manoseada no hay quien la quiera”  “El hombre es de la calle y la mujer es de la casa” y hasta hace no mucho tuve un altercado con un familiar que aseguraba que las muchachas de ahora “son muy facilitas”, que a los hombres les gusta correr un carro con kilometraje cero. Mi respuesta: ¿Quién te crees tú, que exiges coche agencia y ofreces motor desvielado al que hace siglos se le derramó el aceite?”

El concepto de la virginidad tiene una profunda relación con la satanización de la sexualidad, ésta última, uno de los principales detonantes de trastornos de carácter sexual e incluso abuso sexual. Durante el tiempo que colaboré con Fundación PAS, organización dedicada a la prevención del abuso sexual infantil, fui testigo de muchos casos terribles. Entre ellos, el de una niña de 14 años que presentaba conductas sexuales de  riesgo, múltiples parejas a tan corta edad, relaciones sin protección, etc. Al preguntarle la terapeuta la razón de todo aquello, la respuesta fue la siguiente: mi tío me violó cuando tenía 10 años. Ya no soy virgen, ¿qué tengo que perder?

Ninguna niña, ningún niño merece cargar una culpa de ese tamaño. Ninguna mujer, ningún ser humano merece ser juzgado por las decisiones que toma respecto a su cuerpo. Quizás es momento de  dejar de educar en el miedo  y promover el respeto y el amor hacia nosotros mismos. Tan absurdo es discriminar a alguien por ser virgen como por no serlo.

Sobre Gaby, creo que el trauma psicológico resultante de la confusión no fue muy grande. Años después que le pregunté si recordaba el incidente, se botó de risa y respondió que no.

 

 

Lo que las Mexicanas Necesitan y Quizás no te Han Dicho

fantasy-girl-1082212_1920Ir por la calle cuidándote las espaldas. Tratar de ignorar los insultos  del cerdo que te grita en la esquina porque al final sabes que es más fuerte que tú y es mejor no provocarlo. Subir las escaleras de tu departamento de prisa, preguntándote si alguien te sigue. Cerrar la puerta de golpe y poner el candado lo más rápido que puedes. Meterte en la cama tratando de no quedarte dormida tan rápido, pese al cansancio, por si llegas a escuchar a algún ruido, porque finalmente estás sola y sabes el riesgo que ello implica. No es agradable, pero es cosa de todos los días. Te preguntas si en algún punto acabarás acostumbrándote.

Existe un sentimiento que tristemente nos une a la mayoría de las mexicanas, si no es que a todas: El miedo. Vivimos con él desde hace bastante tiempo, desde la vez que nuestra bienintencionada madre nos hizo prometer que no confiaríamos en ningún amigo durante la fiesta, que no aceptáramos bebidas que no abrieran frente a nosotras, que no diéramos “motivo” para que nos faltasen al respeto. O quizás desde antes, cuando nos negaron el permiso de ir a dormir en casa de la amiga que tenía papá o hermanitos, o cuando nos explicaron por qué nuestro hermano menor sí podía usar el coche y regresar tarde de la fiesta. O peor, cuando un hombre mayor nos violentó, nos tocó o nos abusó siendo apenas unas niñas y nos hizo creer que había sido nuestra culpa.

Porque nos han dicho que “está en nosotras” que nada nos pase. Que las víctimas de violaciones, feminicidios, violencia en todas sus expresiones, se lo buscaron. Que las turistas argentinas asesinadas en Ecuador se descuidaron, porque, estando el mundo como está, ¿cómo se les ocurrió viajar solas? Puesto que la compañía de una mujer a los ojos del mundo no vale nada. Que la chica a la que encontraron muerta, violada, torturada, en uno de los muchos canales de este país seguramente andaba con un narco y jugó con fuego; que la compañera de la universidad que despertó inconsciente y desnuda en el departamento de un desconocido seguramente pensó que tenía tremendas ganas de ser violada cuando tomó la primera copa, porque a propósito no quiso darse cuenta de que la bebida estaba adulterada.

Y como se supone que “está en ti” que nada te pase, tomas tus precauciones, por simples o extremas que parezcan. Porque salir a la calle en este país es preguntarte cada día si vas a regresar, si no acabarás en una de las tantas imágenes que se comparten en redes sociales solicitando información sobre tu paradero, o en la portada de uno de esos periodicuchos que muestran sin respeto alguno el cuerpo mutilado de las víctimas de la violencia; o peor, en un lugar remoto junto a las miles de mujeres víctimas de trata.

Los reportes de desaparecidas en México son interminables. Los casos de intentos de secuestro y violaciones se multiplican día con día. Las autoridades no dicen mucho al respecto. Te enteras de que en su mayoría se trata de mujeres menores de 25 años, y aquí es cuando le pides a Dios que el tiempo corra, que los años pasen; pues tu juventud, esa que tendría que ser sinónimo de libertad y aventura, no te representa otra cosa que vulnerabilidad, y una vez más, miedo.

Y no es justo. No mereces ser gobernada por el chingado miedo. No basta con cambiar nuestra mentalidad, no basta salir a la calle de manera optimista e ingenua; tampoco basta con armarnos de gas pimienta, revolver y silbato. Eso nos puede hacer sentir más seguras pero no más libres. La raíz de esta problemática va más allá de nosotras, nuestro entorno y capacidad de impacto, y si queremos cambiarlo  tenemos que empezar por saber lo que como mujeres merecemos.

Merecemos salir a la calle de manera libre, merecemos ser vistas como seres humanos por parte del albañil, por el chofer de autobús, el político, el primo, el hermano, el padre, la pareja, todos los hombres y todas las mujeres. Merecemos dejar de juzgarnos entre nosotras, dejar de culpar a las víctimas de violencia para sentirnos menos vulnerables, menos inseguras. Merecemos un país que se reeduque en perspectiva de género, un país en el que se le ponga un verdadero alto a la violencia que viven esos niños invisibles y futuros agresores. Merecemos familias que eduquen en el amor y la asertividad, NO EN EL MIEDO. Familias en las que se respete a cada uno de sus miembros, donde se les enseñe a las niñas cuán capaces son de conseguir lo que deseen por medio de su inteligencia y sus capacidades; y donde se les enseñe a los niños a  respetar tanto a hombres como a mujeres, donde un NO signifique un NO. Merecemos un país en el que se marche y se haga algo verdaderamente por los niños, los que están en la calle, los que viven en pobreza, víctimas de esclavitud y violencia. Merecemos, hombres y mujeres,  una sociedad que no se olvide de que el monstruo que hoy la aterroriza, ayer era el mismo niño aterrorizado y violentado al que se negó y se sigue negando a voltear a ver.

Las mujeres en México podemos armarnos, prevenirnos, encerrarnos en una burbuja con tal de escapar del maldito miedo. Pero, desgraciadamente, no está en nosotras que no nos violen, que no nos juzguen, que no nos maten.

Necesitamos de ustedes.

 

No Soy tu Reina. Carta a un Acosador Callejero.

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No soy tu reina, aún no soy “mamacita” de nadie y para tu mala suerte,  no me considero “chiquitita”. Y precisamente por eso, tus palabras ni me halagan ni me intimidan, simplemente me desconciertan. Me pregunto si te gustaría que alguien más tratara así a tu “madrecita santa”, a tu hermana o a tu hija. Ellas, como yo, también tienen una vagina. La razón por la que tú, que ni siquiera me conoces, te sientes con derecho de fastidiarme en la calle.

Alguna vez pensé que me libraría de ti al salir de mi lugar de origen, demasiado surrealista incluso para Dalí; pero ya hace tiempo me di cuenta de que aquellas eran falsas esperanzas. Simplemente hoy temprano, del otro lado del mundo, he salido a la calle a caminar y tomar unas fotos en uno de los lugares sagrados del monoteísmo, repleto de las únicas mujeres a las que quizás respetas porque llevan hábito,  y ahí estabas. Con un acento distinto, una imagen diferente, pero con la misma risa descarada y gesto primitivo. Me lanzaste un par de besos de esos prolongados con los que parecías succionar tu propia boca, me miraste con burla.

En tu limitado universo te imaginas que me he ganado tu vulgaridad, tu falta de respeto; que merezco ser objetivada y minimizada, por pintarme la boca roja o no pintármela; por usar vestido, leggings, jeans o falda holgada; por ser amable, extrovertida o por apretada. Por caminar delante de ti, por respirar, por existir, por ser mujer.  Porque en algún punto de tu raquítica educación te hicieron creer que a las mujeres nos toca aguantar. Porque “boys will be boys” porque tus instintos sexuales están por encima de mi dignidad, una dignidad inferior a la tuya, una dignidad de mujer.

Me gustaría mandarte a chingar a tu madre, pero eso sería seguir la misma lógica machista. A veces mejor te ignoro, otras te grito en la cara que te vayas al diablo; y la mayoría de las veces, como hoy, siento lástima por ti.

Porque tu atrevimiento no denota otra cosa que tu tremenda inseguridad. Mi presencia te intimida. Eres incapaz de acercarte como un ser humano y preguntarme mi nombre, la hora o cómo está el clima. Me consideras fuera de tu alcance y eso te molesta, por eso decides agredirme, puesto que es lo único que te queda. Quizás después de molestarme con tu piropo vulgar  te preguntes cómo sería salir a comer, a bailar o a tomar un café conmigo. Y dado que, querido acosador sexual (porque eso eres), eso nunca sucederá y yo no tendré oportunidad  de analizar tu patológico inconsciente, quiero que sepas unas cuantas cosas:

1. Mi cuerpo, muy a tu pesar, es mío. Yo decido cómo lo visto y con quien lo desvisto. Tú no tienes absolutamente nada que ver en ello y mis decisiones no te dan derecho a agredirme.

2. No necesito tu aprobación. Sé mejor que tú, que el vestido negro de hace rato me queda bien, me hace sentir bonita; con él me seduzco a mí misma y a la persona que amo. Tú no figuras en NINGUNA parte de la historia. SUPÉRALO.

3. Tu conducta no es justificable, BAJO NINGUNA CIRCUNSTANCIA. Quizás antes podías resguardarte en nuestra vulnerabilidad para además hacernos sentir culpables de tu bravuconería. Pero, ¿adivina qué? ESTAMOS HARTAS. Ya no nos impresionas, hace tiempo dejaste de causarnos miedo.

4. Tu “estrategia” de seducción no sirve. Si alguna vez en tu estupidez, has creído que faltándole al respeto a una mujer  vas a conseguir algo de ella, estás muy equivocado. O dime cuántos de tus acercamientos ridículos han resultado en romance.

5. Lo que haces se llama ACOSO SEXUAL CALLEJERO; y no es nada de lo qué estar orgulloso.

Ojalá un día encuentres en algún lado un poquito de autoestima. Ojalá un día aprendas a respetarte a ti mismo, porque, querido acosador sexual, tu conducta es el claro reflejo de tu ignorancia, tus miedos y tu ENORME inseguridad.

Atte.

La mujer a la que no te atreves a invitar a salir.

Mujeres fuertes, mujeres libres. Mujeres que dan miedo.

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Si los hombres aman a las cabronas o las prefieren brutas, no lo sé. Y me genera algo de conflicto que exista un libro para cada uno de esos estereotipos tan extremos, irreales y que tan poca justicia nos hacen a la mayoría de las mujeres, que de entrada muy rara vez nos consideramos  brutas. Es indignante que se promueva la ignorancia o la estupidez aparente, como un método para lograr que tu macho alfa se quede a tu lado. Con respecto a las cabronas, no me imagino, ni te imagino, levantándote todos los días en busca de una nueva estrategia para dominar, someter y manipular a tu pareja.

Querer parecer bruta o cabrona con el fin de atraer al hombre de tus sueños, me parece una auténtica y gran pendejada. Las mujeres tenemos vidas, ideas y aspiraciones propias. Creer que vivimos por y para el hombre, es minimizar nuestro potencial y violentar nuestra condición de individuos libres. Con todo y eso, a la mayoría de los seres humanos nos gusta estar en pareja; algunos dicen que incluso es una necesidad biológica, y aquí es cuando las cosas se ponen un poquito complicadas.

Porque alrededor de la vida en pareja se han creado dramas, comedias, canciones y leyendas plagadas de mitos y creencias ridículas. Que si das el primer paso eres una “fácil”, que si no dejas pasar tres días para contestarle la llamada todo se irá al carajo, que hay que hacerse la difícil pero no tanto, que no te puedes acostar con él hasta la tercera cita, que acostarse en la tercera cita es de zorras, que no te puedes acostar con él hasta que te pida matrimonio, que te acuestes para que te de anillo de compromiso, que no te acuestes nunca, que no te arregles demasiado para verlo, que mejor sí, que no muestres interés, que seas una bitch. Es cansado. Es desgastante. Es ridículo.

¿Y si no nos da la gana? ¿Y si queremos ser nosotras mismas y hacer lo que nos nazca? ¿Y si decidimos darle prioridad a nuestros ideales y sentimientos por encima de cualquier estrategia macabra para cazar a la presa? ¿Y si resulta que nos queremos un poquito más de lo que la sociedad espera y decidimos sernos fieles a nosotras mismas?

Nos dicen que nos vamos a quedar solas. Que al hombre le gusta tener el control de la situación, que necesita una compañera complaciente y condescendiente, una mujer comprensiva y abnegada, alguien que sacrifique por él, que duerma con él y que viva por él. Y como tú, de manera egoísta decides ponerte en primer lugar en la lista de prioridades, estás condenada. Nadie va a tomarte en serio. Nunca serás considerada marriage material, y peor: nunca serás parte del selecto grupo de parejas matrimoniadas. ¡Qué tragedia!

Somos mujeres fuertes. Mujeres que podemos dar el primer paso si nos da la gana, o esperar tranquilas porque no esperamos nada, porque vivimos para nosotras mismas, porque un compañero representa una opción y una decisión, no un tema de vida o muerte. Una mujer valiente, fuerte y poderosa, puede dar miedo, porque no cabe en el estereotipo de “lo femenino” ese ser débil y dependiente que para vivir necesita la protección y validación masculinas.  Y sí,  podemos dar miedo. Los hombres inseguros son fácilmente  intimidados por nuestra fuerza e independencia; el reconocimiento de nuestra libertad los hace sentir amenazados; algunos intentarán opacarnos, minimizarnos, reducirnos y “ponernos en nuestro lugar”, en el lugar que sus limitadas mentes consideran que nos corresponde. Y en ese caso, mejor darles miedo. Que ni se acerquen. Que mejor se compren una mascota. Porque no estamos para estupideces, porque sabemos lo que queremos y al tipo de hombre que queremos a nuestro lado. Hombres maduros y seguros de sí mismos, hombres que se enamoran de nuestras ideas, nuestras capacidades y nuestra fuerza; que nos quieren como aliadas y como amantes; que buscan motivar nuestros sueños porque desean  vernos realizadas, que nos piden apoyo para cumplir los suyos porque valoran nuestro intelecto. Que nos quieren libres, porque saben que el único amor que vale la pena es aquel que nace de la libertad y la decisión consciente. Hombres para  los que nuestra fuerza, independencia y potencial son motivo de admiración, no de miedo. Hombres con los que vale la pena vivir nuestras vidas. Esos que buscan un ser humano con quien compartir, no una mascota que los espere junto a la puerta y a la cual sacar a pasear de vez en cuando.

Y aunque el mundo está lleno de esos hombres maravillosos, quizás nos lleguemos a topar con alguno de los incorrectos;  y será fácil darnos cuenta, porque vamos a leer el miedo en sus ojos y el desdén en sus palabras; cuando eso pase, agradécele a tu fuerza por ser un excelente filtro. Porque lo tienes clarísimo: ni quieres, ni mereces ser mascota de nadie.

Quieres vivir, quieres amar, quieres ser libre.

Un Mundo sin Machismo. 6 Cosas que Cambiarían

American Gothic - Grant Wood 1930.

American Gothic – Grant Wood 1930.

Una sociedad que desde sus orígenes se hubiera regido por la equidad de género,  sería bastante diferente a la que conocemos ahora. La ley sálica no le habría impedido a Isabel de Francia hacerse del trono del Rey de Hierro, Enrique VIII de Inglaterra no se habría obsesionado con tener un hijo varón y dos de sus seis esposas habrían salvado la cabeza que perdieron por cargos de adulterio, las miles de mujeres condenadas a la hoguera por poseer conocimientos de herbolaria, anatomía y sexualidad (tan amenazantes para el orden patriarcal de la época) no habrían sido consideradas brujas, sino científicas y maestras. Quizás habríamos avanzado más rápido como raza humana y la historia sería tremendamente distinta. Pero aquí van seis cosas que serían muy diferentes y que impactarían directamente nuestras vidas, si nuestra sociedad gozara  de absoluta equidad de género. Cabe aclarar que este es un ejercicio meramente imaginativo, al que una servidora se dio permiso un día, fantaseando con un mejor mundo.

  1. No existiría la homofobia (como la conocemos).

La homofobia, en sus orígenes antiguos, tiene relación directa con la misoginia, y nace de la percepción de la mujer como un ser incompleto e inferior. En una sociedad que consideraba al varón como al ser perfecto y privilegiado, la idea de que éste se rebajara al nivel de la mujer (en lo sexual o en lo social) resultaba aberrante. En la antigua Grecia la homosexualidad era relativamente aceptada, siempre y cuando el hombre de mayor poder, edad y estatus social, jugara el papel masculino del penetrador, enla relación sexual.   En un mundo en el que la mujer y el hombre fueran valorados de igual manera, por su condición humana, antes que por su sexo, la homosexualidad sería abordada de forma distinta, quizás con más naturalidad. Por otra parte, todas aquellas ofensas, como marica, niñita, joto,  cuyo poder ofensivo radica en  el poner en  duda la tan susceptible y “sagrada” virilidad, no serían válidas, puesto que lo femenino dejaría de ser sinónimo de inferioridad, debilidad y vergüenza, mientras que lo masculino ya no se relacionaría especialmente con el poder y lo superior.

  1. Los hombres serían más libres

En el post anterior de esta sección, De Feminismo y Otras Fobias hablaba de los condicionamientos y exigencias que la cultura patriarcal pone sobre los hombres. En un mundo con absoluta equidad de género, podríamos encontrarnos quizás con más pintores, bailarines y amos de casa de tiempo completo. La responsabilidad económica de las familias sería abordada de manera más abierta, negociada y consensuada, como un asunto del que ambas partes son responsables. No habría mujeres indignadas porque su compañero no les pagó la cuenta del restaurante o del cine y el hombre no tendría la necesidad de impresionar a nadie con su poder adquisitivo para reafirmar su virilidad.

  1. Adiós a la caballerosidad.
La Belle Dame Sans Merci - Frank Dicksee

La Belle Dame Sans Merci – Frank Dicksee

La caballerosidad de hoy en día, tiene origen en el amor cortés, la galantería de varios siglos atrás y en una percepción preciosista de la mujer, en la que ésta, como ser divino pero a su vez débil, incapaz, y de alguna manera inferior, necesita ser protegida  y conducida por el caballero. En una sociedad equitativa, hombre y mujer serían considerados como seres igualmente valiosos y se veneraría a ambos o a ninguno. Si bien, por naturaleza el hombre posee más fuerza física que la mujer, en verdaderos casos de peligro, éste protegería de igual forma a seres vulnerables como niños y ancianos, no sólo a mujeres. De más está decir que el protocolo versallesco quedaría fuera del concepto “verdaderos casos de peligro”. Quizás las atenciones de pareja serían más espontáneas, naturales y recíprocas; y habría menos mujeres plantadas en su posición de diosas inalcanzables a las que el mundo no las merece. (Para saber más de estos patológicos casos y reírse un rato,  leer “Las Preciosas Ridículas”, de Moliere, hay cosas que no cambian mucho a lo largo de los siglos).

Y aquí es importante hacer una aclaración: Las atenciones especiales hacia nuestro significant other,  amor de la vida, del momento o de la noche, son cuestión personal. De ninguna manera creo que el que un hombre me deje pasar primero, o abra la puerta por mí sea un ataque a mi autonomía, aunque el origen del acto sea antiguo y derivado de un contexto patriarcal; siempre podremos corresponder la amabilidad recibida pagando la cuenta o apagando el celular para prestar verdadera atención.

  1. Los terapeutas sexuales tendrían mucho menos trabajo.

Durante los dos años que trabajé en Fundación PAS, organización dedicada a la prevención y atención del Abuso Sexual Infantil, pude darme cuenta de la forma en la que los juegos de poder y género impactan en la sexualidad de las personas, volviéndolas incluso más vulnerables a la agresión sexual.  Por un lado, el origen antropológico del abuso sexual es la percepción falocéntrica de la mujer y el niño como objetos al servicio del placer masculino, y en un país en el que una de cada cuatro niñas y uno de cada seis niños será abusado antes de cumplir 18, lo que equivale al  20% de nuestra población, estaríamos hablando de 22 millones de mexicanos sufriendo las consecuencias, según la investigación del doctor en ciencias, Osmar Matsui Santana. (U. de G. 2008).

Por otra parte es necesario puntualizar que la cultura y las creencias religiosas juegan un papel preponderante en la forma en la que los seres humanos vivimos nuestra sexualidad. En el caso de la cultura judeocristiana, la percepción negativa del cuerpo como objeto del pecado; la negación y negativización de la sexualidad; la exaltación de la abstinencia y la castidad como sinónimos de la virtud; la sobrevaloración de la virginidad, la polarización de la figura femenina en la dicotomía Eva (pecado, tentación) y María (pureza, abnegación), forman parte de un legado patriarcal milenario, que impacta fuertemente hasta nuestros días y, para muestra, el siguiente ejemplo que considero, engloba varios de los elementos culturales antes descritos:

Carlota Tello, terapeuta sexual y gran amiga, me contaba hace algunos meses un caso emblemático en su carrera.  Niña de 14 años, que presenta una profunda depresión, comportamientos sexuales de riesgo (múltiples parejas, relaciones sin protección) y conductas autolesivas, llega al consultorio por iniciativa de un familiar. Cuando la doctora le pregunta por qué se hace tanto daño y arriesga tanto su salud, la respuesta de la niña es la siguiente: “¿Qué tengo que perder? Mi tío me violó cuando tenía diez años. No soy virgen. Ya no valgo.”

En una sociedad utópica, regida desde sus orígenes por la equidad de género, hombres y mujeres podrían vivir su sexualidad de manera libre y respetuosa, se respetaría la integridad del niño y la mujer como seres humanos igual de valiosos que el hombre, la virginidad sería una cuestión de libre decisión y no un motivo de discriminación y, en este contexto, los casos de agresión sexual, que son una de las principales causas de visita al terapeuta, serían casi inexistentes, con lo cual, el terapeuta sexual tendría mucho menos trabajo.

  1. Las mujeres dejaríamos de competir (tanto).
The Arnolfini Portrait - jan Van Eyck 1434

The Arnolfini Portrait – Jan Van Eyck 1434

El matrimonio. Esa sagrada institución fortuna de muchos e infierno de otros. Hace varios siglos los hombres se casaban por una simple motivación: dar continuidad a su estirpe, procrear descendencia y trascender en el mundo. Básicamente buscaban un vientre fértil para asegurar la supervivencia de la especie humana. Para esto, ellos ofrecían al vientre en cuestión algo de seguridad, sustento, cobijo y protección en tiempos en los que las guerras, el hambre y la violencia eran cosa de todos los días, tiempos no tan diferentes a los que hoy por hoy se viven en países en desarrollo, o del tercer mundo, como dirían los mayores. Y la cosa es sencilla. Para la mujer, el hombre representaba, no sólo la continuidad de la especie, la trascendencia del linaje y esas tonterías románticas a las que los ricos se podían dar el lujo, el hombre representaba su propia supervivencia en un mundo hostil, insisto, no tan diferente al de ahora, pero con una variante importante: el escaso acceso a la educación y al trabajo bien remunerado. Una mujer soltera era una tragedia porque probablemente iba a acabar muriendo en la miseria. Y bueno, como mujer de la antigüedad, era necesario contar con ciertos elementos que te volvieran elegible a los ojos de un buen partido, como la belleza, la buena salud y la virtud, (el último, un término bastante ambiguo y dependiente del contexto específico). El hombre por su parte, entre más rico y poderoso, mayor seguridad tendría de ser aceptado por la doncella a la que declarara su amor.  Y aquí es donde las cosas se ponen feas. Según la historia, el poder y la riqueza son bienes considerablemente más escasos que la fertilidad, la belleza y la virtud, lo que resulta en una sobre oferta de damas bonitas y rezadoras, ante una escasez de caballeros solventes. Empiezan los juegos del hambre. Mientras no era cosa común que el hombre se batiera a duelo por la mano de su amada, puesto que caras bonitas y úteros fértiles había muchos como para andar arriesgando el pellejo, las féminas, si bien menos violentas pero más creativas, desarrollaban sus propias estrategias de guerra. Y en la lucha por la supervivencia, traicionar a tu mejor amiga es poca cosa. La parte triste: si observamos con atención,  tendremos que aceptar que mucho de ese legado paternalista prevalece en nuestros días en la manera en la que juzgamos a nuestras congéneres, la forma en la que condenamos sus decisiones sexuales, el famoso “slut shame”, la indignación natural que brota cuando ves a un hombre guapo en compañía de una mujer a la que consideras menos agraciada que tú.  No, querida, si te dieras cuenta que el único castillo que tienes que perseguir es el de tus propios sueños, los logros de tus compañeras no te harían sentir inferior.

En una sociedad en la que, desde la antigüedad las mujeres hubieran podido heredar bienes y hubiesen tenido el mismo acceso a la educación y al trabajo que los hombres, quizás habríamos sido capaces de vernos más como amigas, que como contrincantes.

  1. Las cuotas de género serían innecesarias.

Las cuotas de género, establecidas recientemente en ambientes laborales y políticos, por parte de distintas empresas e instituciones gubernamentales,  nacen de la necesidad de generar un equilibrio entre ambos sexos, en ámbitos que durante siglos fueron terreno exclusivo de hombres. Tienen también como objetivo, el promover el involucramiento de la población femenina en esas áreas, bajo el argumento de que, si no existe la misma cantidad de mujeres profesionales laborando en esos ámbitos, es porque hasta ahora, la falta de oportunidades lo había impedido.

En un mundo en el que el acceso a la educación y al trabajo hubiera sido equitativo para hombres y mujeres, de manera natural conforme la creación de gremios e industrias, se hubiera dado el equilibrio de género, sin necesidad de crear leyes para provocarlo.

De Feminismo y Otras Fobias

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Desde que tengo uso de razón me he considerado feminista. No sé si en otra vida fui mujer maltratada o si el contexto cultural en el que crecí me obligó a ponerme esa bandera. Mi familia, como tantas familias sonorenses, es de esas en las que todavía las mujeres sirven la comida y los hombres esperan que los atiendan como reyes; donde un hombre borracho no es cosa del otro mundo, pero una mujer con un bote de cerveza en la mano “se ve fatal”.  De temas de sexualidad y pareja, hablamos luego.

El hombre es de la calle y la mujer es de la casa

He escuchado esa frase “n” cantidad de veces de boca de algunas tías y de las primas mayores. ¿Qué significa exactamente? Que me resigne. Que los hombres por naturaleza son unos cerdos, incapaces de controlar sus instintos; que las borracheras, el sexo y la “perdición” son derecho exclusivo del género masculino porque así son las cosas. En cambio nosotras debemos comportarnos como damas del siglo pasado;  cocinar rico, porque una mujer que no sabe atender una casa, no sirve. A nadie le importa tu doctorado en astrofísica, mi reina. Al final naciste para ser madre, es tu naturaleza, y para eso necesitas un hombre.

A LA MIERDA CON TODA ESA BASURA. Soy la mayor de tres hermanas. En casa todas teníamos que levantar el plato de la mesa, mi papá no tenía problema en desocupar el lavatrastes o planchar su ropa y cuando llegaban los príncipes de mis primos a comer, mi santa madre con toda tranquilidad les pedía (y les sigue pidiendo) que recojan su plato. En una familia de cuatro mujeres no hay mucho lugar para el machismo, así que puedo decir que de alguna manera, crecí en un oasis en medio del desierto y  desde mi trinchera me dediqué a observar esas dinámicas injustas; algunas veces protesté y me enredé en discusiones sin fin con distintos familiares, otras veces el silencio ha parecido una mejor decisión. La realidad es que varios parientes me han dicho en la cara”feminista” a manera de ofensa, a menudo advirtiéndome que con “esas ideas” nunca voy a encontrar marido. Pero, ¿por qué existe tanto rechazo a este término?

Para mí, ser feminista nunca ha representado superioridad ni mucho menos rechazo a la figura masculina. Mi padre es una de las personas más importantes en mi vida y en él vi a un esposo amoroso, que me educó bajo la premisa de que esforzándome lo suficiente podría obtener lo que quisiera por mis propios medios.  Mi objetivo en la vida, desde pequeña fue estudiar una carrera que me apasionara, en la que pudiera ser exitosa e independiente. ¿Casarme? Algún día, si se me antoja. Pero por amor y convicción,  no como un medio de supervivencia. Con todo y esto, admito que me ha costado varias sesiones de terapia y mucha, mucha reflexión el liberarme del sistema de creencias del que crecí rodeada. Creencias limitantes sobre mi cuerpo, mis expectativas,  mi femineidad; pero de objetivación y tabúes hablaremos en otro post.

Sin embargo, ¿qué hay de los hombres? Esos seres muchas veces estereotipados, cargados de expectativas titánicas, abrumados por la necesidad de reafirmar su virilidad en un mundo cerrado a la diversidad sexual, en el que el comunicar los sentimientos es sinónimo de debilidad. En sociedades desiguales,  los hombres cargan un pesado lastre que los obliga a sepultar sus emociones en nombre de la fuerza, el poder y demás elementos de “lo masculino”, y perdón, señores, pero crecer condicionados y obligados a perpetrar este tipo de patrones de vida tampoco es libertad. Todos tenemos un conocido que quería estudiar artes o música, cuyo padre se negó a apoyarlo porque con esa carrera no iba a poder mantener una familia. Y yo me pregunto: ¿es obligación formar una familia? Y en todo caso, ¿Es el modelo tradicional de familia, en el que el hombre es el sostén económico y la mujer se encarga de los hijos, la única opción?   Estoy convencida de que como seres humanos, deberíamos tener la capacidad para tomar nuestras propias decisiones y elegir la vida que queremos vivir, más allá de los patrones preestablecidos.  Y si abrimos los ojos, nos daremos cuenta que tanto a mujeres como a hombres, nos impactan los roles de género promovidos por nuestra sociedad.

El feminismo, que en realidad es una teoría filosófica de igualdad y no el equivalente al machismo, es un tema que me apasiona porque como mujer me concierne. Tanto el temor como el rechazo al feminismo son generalmente  motivados por la desinformación. Las dinámicas de género, los juegos de poder que se dan día a día en nuestra sociedad, afectan directamente nuestras vidas y nuestras decisiones. En esta sección comparto mis experiencias como mujer y como mexicana, con el único objetivo de hacer conciencia y entender que el feminismo no es otra cosa que la lucha histórica de mujeres y hombres por la EQUIDAD de género. Porque al final, a todos, hombres y mujeres, nos conviene un mundo más igualitario.

Gracias por leer.