Mexicano, no te olvides. Reflexiones tras el terremoto.

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No te olvides de tu gente, de esa mayoría de seres humanos preocupados por el otro, sensibles al sufrimiento de quienes se encuentran bajo los escombros. No te olvides de la labor incansable de miles de personas que se han olvidado de sí mismas durante días y noches enteras para arriesgar sus vidas con la esperanza de salvar la de sus semejantes.

No te olvides de la fe y esperanza infinitas de madres y padres a la espera de ver a sus hijos salir victoriosos de esta embestida. No te olvides del rostro del dolor y la tragedia, desdibujado en aquellos compatriotas cuyos seres queridos perdieron la vida.

No te olvides de que cantando se alegran, cielito lindo, los corazones. Aún en medio de los escombros, de la tristeza profunda, el desconcierto y la impotencia.

No te olvides de la humildad profunda de aquellos de pies descalzos y corazones grandes, infinitos, que a pesar de poseer poco no han dudado en ofrecer lo que tienen para alimentar a víctimas, voluntarios y brigadistas.

No te olvides de tus hermanos en el extranjero, esos que lloramos contigo las penas de nuestro México y nos solidarizamos y movilizamos tanto como podemos. No te olvides tampoco de tus amigos de diferentes nacionalidades, japoneses, israelíes, alemanes, suizos y demás pueblos que han enviado a sus ciudadanos más talentosos a ayudarnos a rescatar, a prevenir, a reconstruir. No olvides a aquellos cuyos corazones han sido conmovidos por la devastación, a pesar de hablar otra lengua, profesar distintas creencias y vivir a miles de kilómetros, distancia que no les ha impedido contribuir con sus donativos y manifestar su solidaridad. Mexicano, recuerda que no estás sólo en esto. Que el mundo te está viendo, está admirando el poder y la unión de tu raza mestiza.

No te olvides de la grandeza de tu pueblo, manifestada en la ayuda desbordada, en centros de acopio abarrotados de víveres y manos dispuestas. No te olvides de tus enormes virtudes, de tu solidaridad infinita y desinteresada.

Pero tampoco olvides la avaricia, el egoísmo y la indiferencia de tu clase política, esos grupos de lacras que se hacen llamar partidos, que lucran con la tragedia y se cuelgan medallas que no son suyas, que sin el menor remordimiento se roban las dádivas del pueblo para hacer proselitismo. No olvides las caras de cada uno de los diputados y diputadas que se pronunciaron en contra de donar el presupuesto de campaña para reconstruir el país, esos que con argumentos ridículos, excusados en una ley laxa y débil, se niegan a dejar ir la parte del motín que según ellos les corresponde. No te olvides de las caras de esas ratas y sanguijuelas de traje elegante, porque muchos de ellos, sin el más mínimo dejo de vergüenza se mostrarán sonrientes y orgullosas en tu boleta electoral.

Mexicano, no te olvides de lo que eres, de lo que mereces como pueblo, del futuro brillante que tienes derecho a construir. No permitas que tu nula conciencia histórica te rebase una vez más y permita el liderazgo del país permanezca en manos equivocadas. Por favor, no te olvides de lo que como sociedad vales, porque si algo nos ha dejado claro esta tragedia, es que, pese al discurso engañoso y manipulador de quien te gobierna, NO TIENES EL GOBIERNO QUE MERECES.

Porque quienes te representan en las curules, en los estrados, en los palacios de gobierno, no merecen llamarse mexicanos.

 

 

Lo que el Fenómeno de los XV de Rubí Nos Dice de la Sociedad Mexicana

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Si abriste este artículo es porque sabes de lo que estoy hablando. ¿Y quién no? Hace unos días la invitación que Crescencio Ibarra hacía a la comunidad de la Joya para formar parte de la celebración por los quince años de su hija Rubí, se viralizó a tal punto de convertirse en noticia en Estados Unidos, Francia, Reino Unido y demás países. Las reacciones han sido por demás coloridas. Memes de todo tipo, parodias, notas periodísticas y manifestaciones de famosos deseosos de asistir al evento,  inundaron nuestras redes sociales, y tanto el contenido como los comentarios interminables de la gente, nos dicen un montón de cosas acerca de nuestra curiosa y retorcida sociedad. Aquí una pequeña lista de las impresiones con las que me quedo.

1. Hay un sector de la sociedad mexicana tremendamente clasista y ASQUEROSAMENTE prejuicioso.

Ese sector educado por los gritos de Soraya Montenegro y tantas otras villanas ricachonas de telenovela, que tratan de reafirmar su superioridad tildando de “nacos”, “indios” y “marginales” a quienes consideran inferiores en status socioeconómico o clase. Pues varios de estos funestos personajes sacaron sus prejuicios y frustraciones en redes, con sus comentarios despectivos hacia la quinceañera, los padres y la situación en general. La familia de Rubí lo único que hace en el video es invitar muy amablemente a su comunidad a ser partícipe de una celebración completamente inofensiva, basada en tradiciones regionales muy respetables y que no le hacen daño a nadie. El México rural, con sus fiestas interminables, sus carreras de caballos y su gente sencilla y cero pretenciosa, es cultura. ¿O me vas a decir que cuando sales del antro vomitando en tus tacones de marca vas escuchando a Mozart?

Es hora de que empecemos a ser más personas y dejemos de insultar, discriminar y menospreciar las tradiciones de nuestros compatriotas. México es amplio y su folklore es rico y variado. Ultimadamente, si la chiva es en billetes o en barbacoa, ¿cuál es el chingado problema?

 

2.  A los pseudintelectuales de México su mamá no les hacía caso de chiquitos. Y quisieron echarle la culpa a Rubí.

Mientras unos encantados con el folklore compartían la información y los memes, otros dándose golpes de pecho vaticinaban el fin de la sociedad mexicana y le echaban la culpa a la quinceañera, con su familia y a los millones de “ignorantes” que formaban parte del “condenado circo” que estaba alienando y distrayendo al pueblo de los verdaderos problemas del país. Para ellos, tengo un par de comentarios:

  • Ni Rubí ni su familia tienen la culpa de que hace cuatro años la mayor parte del pueblo de México tomara una decisión tan pendeja a la hora de rayar su boleta electoral.
  • Pagar tus impuestos, no meterte en la fila y no ser corrupto es lo mínimo indispensable para ser un ciudadano decente, pero no es suficiente para cambiar el sistema ENORME de corrupción y tráfico de influencias que gobierna al país. Si no participas como ciudadano en la política de tu comunidad, no esperes que la cosa cambie pronto.
  • La gente no se la puede pasar llorando por la realidad surrealista en la que vive. Todos los seres humanos necesitamos entretenimiento y distracción. Eso no significa que no estemos conscientes de nuestra realidad. Si un video en las redes sociales nos saca una sonrisa y no ofende a nadie, ¿cuál es el problema?
  • Los gasolinazos del 2017 y el robo masivo te los va a aplicar el gobierno de cualquier manera, como todo el tiempo. Mejor preocúpate por elegir bien en 2018 y forma parte de las iniciativas ciudadanas que buscan cambiar desde dentro el sistema político. INVOLÚCRATE con las ONG’s que trabajan por el desarrollo social y educativo de tu comunidad.
  • Ser hater no te hace más importante ni más inteligente ni mejor ciudadano. Mucho menos si has llorado más por la muerte de Ned Stark que por los 43 de Ayotzinapa. Cada quien decide qué hacer con su tiempo de ocio.

 

4. A los mexicanos nos encanta el tren del mame

Para muestra bastan las más de un millón de confirmaciones al evento (falso) de Facebook sobre la fiesta de Rubí, y los miles de memes.  Insisto, si te saca una sonrisa y no ofende a nadie, ¿cuál es el problema con compartir?

 

5. A las televisoras les URGE rating. Y esto es una buena señal.

Si viste el video de Rubí bailando el vals en televisión nacional con su padrino el “Hay muchas cosas… wuuu” sabes de qué hablo. Y esto particularmente me da un gusto ENORME, porque muestra que la audiencia ya no se engancha tan fácil con el contenido basura de siempre. Tan desesperadas están estas empresas, que recurren a los personajes de las redes para ganar un poco de interés. Claro, en redes también hay contenido basura, pero por lo menos no enriquece a la maquinaria propagandística cómplice del podrido sistema político, y tienes la libertad de elegir la basura que consumes, con la tranquilidad de que no te está vendiendo a un mal presidente.

Yo por mi parte le deseo un feliz cumpleaños a Rubí y me quedo con las ganas de colarme, porque si algo puedo decir al respecto, es que las fiestas de rancho son una chulada. La música  y el ambiente no paran, la comida es deliciosa (si te toca) y la gente súper buena onda.

 

Lo que las Mexicanas Necesitan y Quizás no te Han Dicho

fantasy-girl-1082212_1920Ir por la calle cuidándote las espaldas. Tratar de ignorar los insultos  del cerdo que te grita en la esquina porque al final sabes que es más fuerte que tú y es mejor no provocarlo. Subir las escaleras de tu departamento de prisa, preguntándote si alguien te sigue. Cerrar la puerta de golpe y poner el candado lo más rápido que puedes. Meterte en la cama tratando de no quedarte dormida tan rápido, pese al cansancio, por si llegas a escuchar a algún ruido, porque finalmente estás sola y sabes el riesgo que ello implica. No es agradable, pero es cosa de todos los días. Te preguntas si en algún punto acabarás acostumbrándote.

Existe un sentimiento que tristemente nos une a la mayoría de las mexicanas, si no es que a todas: El miedo. Vivimos con él desde hace bastante tiempo, desde la vez que nuestra bienintencionada madre nos hizo prometer que no confiaríamos en ningún amigo durante la fiesta, que no aceptáramos bebidas que no abrieran frente a nosotras, que no diéramos “motivo” para que nos faltasen al respeto. O quizás desde antes, cuando nos negaron el permiso de ir a dormir en casa de la amiga que tenía papá o hermanitos, o cuando nos explicaron por qué nuestro hermano menor sí podía usar el coche y regresar tarde de la fiesta. O peor, cuando un hombre mayor nos violentó, nos tocó o nos abusó siendo apenas unas niñas y nos hizo creer que había sido nuestra culpa.

Porque nos han dicho que “está en nosotras” que nada nos pase. Que las víctimas de violaciones, feminicidios, violencia en todas sus expresiones, se lo buscaron. Que las turistas argentinas asesinadas en Ecuador se descuidaron, porque, estando el mundo como está, ¿cómo se les ocurrió viajar solas? Puesto que la compañía de una mujer a los ojos del mundo no vale nada. Que la chica a la que encontraron muerta, violada, torturada, en uno de los muchos canales de este país seguramente andaba con un narco y jugó con fuego; que la compañera de la universidad que despertó inconsciente y desnuda en el departamento de un desconocido seguramente pensó que tenía tremendas ganas de ser violada cuando tomó la primera copa, porque a propósito no quiso darse cuenta de que la bebida estaba adulterada.

Y como se supone que “está en ti” que nada te pase, tomas tus precauciones, por simples o extremas que parezcan. Porque salir a la calle en este país es preguntarte cada día si vas a regresar, si no acabarás en una de las tantas imágenes que se comparten en redes sociales solicitando información sobre tu paradero, o en la portada de uno de esos periodicuchos que muestran sin respeto alguno el cuerpo mutilado de las víctimas de la violencia; o peor, en un lugar remoto junto a las miles de mujeres víctimas de trata.

Los reportes de desaparecidas en México son interminables. Los casos de intentos de secuestro y violaciones se multiplican día con día. Las autoridades no dicen mucho al respecto. Te enteras de que en su mayoría se trata de mujeres menores de 25 años, y aquí es cuando le pides a Dios que el tiempo corra, que los años pasen; pues tu juventud, esa que tendría que ser sinónimo de libertad y aventura, no te representa otra cosa que vulnerabilidad, y una vez más, miedo.

Y no es justo. No mereces ser gobernada por el chingado miedo. No basta con cambiar nuestra mentalidad, no basta salir a la calle de manera optimista e ingenua; tampoco basta con armarnos de gas pimienta, revolver y silbato. Eso nos puede hacer sentir más seguras pero no más libres. La raíz de esta problemática va más allá de nosotras, nuestro entorno y capacidad de impacto, y si queremos cambiarlo  tenemos que empezar por saber lo que como mujeres merecemos.

Merecemos salir a la calle de manera libre, merecemos ser vistas como seres humanos por parte del albañil, por el chofer de autobús, el político, el primo, el hermano, el padre, la pareja, todos los hombres y todas las mujeres. Merecemos dejar de juzgarnos entre nosotras, dejar de culpar a las víctimas de violencia para sentirnos menos vulnerables, menos inseguras. Merecemos un país que se reeduque en perspectiva de género, un país en el que se le ponga un verdadero alto a la violencia que viven esos niños invisibles y futuros agresores. Merecemos familias que eduquen en el amor y la asertividad, NO EN EL MIEDO. Familias en las que se respete a cada uno de sus miembros, donde se les enseñe a las niñas cuán capaces son de conseguir lo que deseen por medio de su inteligencia y sus capacidades; y donde se les enseñe a los niños a  respetar tanto a hombres como a mujeres, donde un NO signifique un NO. Merecemos un país en el que se marche y se haga algo verdaderamente por los niños, los que están en la calle, los que viven en pobreza, víctimas de esclavitud y violencia. Merecemos, hombres y mujeres,  una sociedad que no se olvide de que el monstruo que hoy la aterroriza, ayer era el mismo niño aterrorizado y violentado al que se negó y se sigue negando a voltear a ver.

Las mujeres en México podemos armarnos, prevenirnos, encerrarnos en una burbuja con tal de escapar del maldito miedo. Pero, desgraciadamente, no está en nosotras que no nos violen, que no nos juzguen, que no nos maten.

Necesitamos de ustedes.

 

El Donald Trump Mexicano

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El racismo y la xenophobia de Donald Trump han sido noticia internacional, tras sus declaraciones en contra de los migrantes mexicanos durante el discurso en el que anunció su candidatura por la presidencia de Estados Unidos. La respuesta de la comunidad latina no se hizo esperar, y las redes sociales se llenaron de expresiones de repudio e indignación.

Como ser humano  y como mujer, me preocupa que en pleno siglo XXI  exista gente con esos prejuicios. Las declaraciones de Trump,  el ataque a la iglesia de Charleston por un joven de 21 años —en el que murieron nueve afroamericanos— la nueva ola de neonazismo en europa; son indicadores de que,  contrario a las ideas de Oprah Winfrey, el racismo no morirá con los viejos.

Pero ahora toca hablar de México, el pueblo ofendido por las declaraciones de Trump. Un país que en lo oficial se enorgullece de su pluralidad, sus cientos de etnias indígenas y su riqueza cultural. País en el que, que por su naturaleza, uno supondría que no hay lugar para el racismo; pero que en la práctica es el más vivo ejemplo de una sociedad desigual, profundamente clasista y racista, aún marcada por las castas virreinales, en la que en ocasiones,  cuando un bebé nace más moreno que blanco, el comentario bienintencionado de los parientes no se hace esperar: “Pues está morenito pero muy bonito”. Pocos se dan cuenta de que a ésa última oración, le sobra un PERO.

En México nos enorgullecemos de Moctezuma y la grandeza de los Mayas y los Aztecas, enaltecemos la leyenda,  pero despreciamos a nuestros indígenas, no sólo en su color de piel; regateamos hasta el último centavo cuando compramos su artesanía  y nuestro lenguaje cotidiano está lleno de elementos que los minimizan.

Nos damos el lujo de odiar a los conquistadores “porque nos robaron todo el oro, la plata y la tierra”, pero queremos parecernos a ellos, porque después de más de doscientos años de ser pueblo independiente, el criollo sigue siendo valuado por encima del mestizo o el indígena. Somos aztecas cuando nos da la gana y españoles criollos cuando conviene. La única constante es que no aceptamos nuestro mestizaje. Y como diría Octavio Paz en El Laberinto de la Soledad, la realidad es que en México, aunque no queramos,  todos somos hijos de la chingada; esa mujer indígena sometida, que fue vendida y violada por el conquistador, dando origen a nuestro pueblo mestizo, un pueblo que no es España ni Tenochtitlan, un pueblo que nace de la colisión de ambas civilizaciones. Todos somos hijos de la Malinche. Aunque la condenemos por vende patrias, por puta y por lo que se ofrezca.

Quinientos años después nos ofenden las declaraciones racistas de un extranjero, pero no le damos importancia a nuestras propias manifestaciones prejuiciosas, resultado de la no aceptación de nuestro origen mixto. Tranquilamente cerramos los ojos para celebrar los chistes del Donald Trump mexicano. Ese álter ego latente que llevamos dentro, por no acepetar nuestro mestizaje, por ver la discriminación como una práctica cotidiana inevitable, que es mejor ejercer a que nos la ejerzan.

El Donald Trump mexicano se manifiesta de diferentes maneras y en diferentes momentos, como esa persona que puede ser toda educación y cortesía con los que considera de su mismo nivel, pero que no se detiene al humillar al mesero y al personal de servicio. Ese jefe cordial y amistoso con los clientes, pero que acostumbra gritarle al empleado porque, por el simple hecho de pagarle un sueldo, lo considera otro bien de su propiedad. La señora caritativa y cooperadora, que apoya a tres o cuatro causas sociales pero que no tiene pizca de humanidad y empatía para su trabajadora doméstica. El orgullo que nos da pertenecer a un club deportivo y social que no admite a gente “ni muy fea ni muy morena” aunque tengan para pagar la membrecía millonaria, porque claro, hay niveles, y la alcurnia nunca podrá comprarse con el dinero de los nuevos ricos. La satisfacción que como mujer sientes cuando, a la entrada abarrotada de un antro de moda, el vigilante te elige a ti y a tus amigas para pasar al exclusivo lugar, por encima de las demás, seguramente porque eres más guapa y tienes más clase, aunque por dentro sepas que estás pagando “el cover” para ser carnada, y que los mirreyes estén contentos con la variedad de especímenes femeninos dentro del lugar.

Sí, señores, México es una chulada de contrariedades. Y yo insisto: quizás para entendernos como pueblo, para aceptarnos y para avanzar en la igualdad,  tendríamos que perdonar a la Malinche, a nuestra madre; y exorcizar al ser inseguro, clasista y racista; sacarlo de nuestro inconsciente y de nuestro sistema de socialización. Expulsar de nuestro país al Donald Trump mexicano. Créanme, es más peligroso y hace más daño que el estadounidense.