Buenas tardes, señora nostalgia. Una mudanza más.

“Buenas tardes, señora nostalgia. ¡Qué milagro que viene por acá!” Me digo a mí misma mientras contemplo nuestras pertenencias envueltas en cartón y apiladas en mi parte favorita de la casa que estamos por dejar: el ventanal de la sala.

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Han sido casi tres años viviendo en este sitio al que con sorna me gusta llamar “Winterfell” porque aunque los inviernos duran seis meses, se sienten como diez años. Pero pese a la nevada nocturna del domingo pasado con la que el clima pareció confabularse con la esperada premiere de la temporada final de Game of Thrones, volviendo en un hecho aquello de que “winter is here”,  el clima ha cambiado como de costumbre en tiempo récord y ahora mismo contemplo la primavera en esta tarde lluviosa pero tibia en la que las ramitas del árbol de la entrada se asoman por la ventana de mi oficina, cubiertas de florecitas rojas. Y sí, siento un montón de nostalgia. 

Nos vamos de Michigan, un lugar por el que he experimentado sentimientos tan extremos como su clima. Muchas, muchas veces me he pregunta qué chingados estaba pensando cuando acepté venir aquí. Muchas otras me he sentido tremendamente afortunada por las largas caminatas en medio del bosque, el meditar frente al lago, por los conejitos que salen de los jardines en verano, por las noches de jazz en Detroit, las miles de peonias en flor del Arboretum de Ann Arbor,  los paseos en kayak en los grandes lagos y sobre todo, el poder contemplar las luciérnagas iluminando mi jardín durante las tardes de verano en las que el olor a tierra mojada y a pasto recién cortado parecen contarte historias.

Pero en terrenos más mundanos, en innumerables ocasiones me he sentido tremendamente agradecida por poder saborear la cidra de manzana fresca y las donas recién horneadas del Cider Mill contemplando los colores del otoño; por el baklava y la comida medio oriental de Dearborn, el sushi de Novi, el pho vietnamita y el mejor Pad Thai que he probado hasta la fecha (a una milla de mi casa). Los viajes al pasado en Greenfield Village, la bendita comida India de Farmington y las múltiples tiendas de comida mexicana en las que encuentro los ingredientes necesarios para preparar CUALQUIER platillo de mi tierra.

Es fácil enamorarse de Michigan en verano, es un lugar casi mágico, un cuento de hadas. Lo difícil es mantener la estabilidad emocional durante el invierno, durante días en los que oscurece a las cuatro y afuera el termómetro marca -27 C y tu único deseo es estar en casa de tu mamá, abrazándola mientras tomas chocolate abuelita y comes rosca de reyes. Pero si pongo en la balanza lo bueno y lo no tanto de estos tres años, definitivamente el saldo es positivo. Además de las experiencias, los aprendizajes, los retos superados, aquí hemos encontrado a amigos que ahora son familia. Y creo que esa es la parte que más me cuesta pero a la que debería de estar acostumbrada tras diez años de haber dejado mi natal Sonora Querida. Tengo gente que extraño con el alma en Obregón, en Hermosillo, en Guadalajara y próximamente en Michigan. Esto de extrañar lo veo inevitable en esta vida semi nómada, pero más que un lastre, creo que es otra manifestación de lo bendecidos que hemos sido al encontrar a tanta gente maravillosa en nuestros caminos.

A esas personas no puedo más que darles las gracias (y darles en adopción algunas de mis plantas, ja!), ustedes saben cuánto los quiero y lo que valoro los momentos que hemos compartido, me los llevo en el corazón y los espero al otro lado del charco ❤

A Michigan: gracias.

 

 

 

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