El Veneno de las Mariposas. Primer Capítulo.

Como muchos ya saben, me he lanzado a la aventura de publicar mi primera novela, y gracias a un equipo de gente maravillosa estamos muy cerca de lograrlo. Les dejo aquí el primer capítulo de El Veneno de las Mariposas, esperando que lo disfruten y se animen a apoyar mi proyecto 🙂

Marie. Fotografía: César Alpuche. Actriz: Stana Carrillo

Marie. Fotografía: César Alpuche. Actriz: Stana Carrillo

I.Coïncidences

París. 1905

Léonore tiene 21 años.  Es una muchacha impaciente y le gusta. Le gusta molestarse cada vez que Adélaïde, la cocinera, sirve crème brûlée de postre y en el comedor comienza una guerra franco española en la que Mariana, su madre, digna defensora de la patria que la vio nacer, asegura que la crema catalana fue primero que la crème brûlée, retando la mirada suspicaz  y reprobatoria de su marido Dominique,  quien desde la trinchera francesa asegura que el caramelo fue un invento francés; por lo que la crème brûlée fue primero que la catalana. Ante el ataque, Mariana pide ayuda a su sobrina María Cecilia, pero a la joven le importan muy pocas cosas, y defender la  patria de su familia materna ante la ofensiva francesa no es una de ellas.  Léonore sabe que la discusión termina cuando el platillo se enfría un poco y está listo para ser degustado. Se escucha el crujir del caramelo al romperse y la familia ocupa sus lenguas en algo más placentero que una discusión sin fin.

Léonore habla mucho, pero también le gusta escuchar. A menudo riñe con su prima María Cecilia, porque no es capaz de seguirle el ritmo al momento de conversar.

— ¿Para qué quieres que hable? Con tu conversación tenemos suficiente para las dos— contesta María.

— ¡Marie! Lo divertido de contarle secretos a alguien, es que te cuente sus secretos.

— Yo no tengo secretos — contesta Marie lacónicamente y con una sonrisa sincera.

Marie tiene la misma edad que Léonore. A Marie no le gusta hablar. Quizás porque no está conforme con su destino  y haber dejado Madrid a los 10 años — tras la muerte de su padre— para vivir con la familia de su tía materna en París,  le había obligado a aprender un idioma que desde la primera vez que lo escuchó le pareció cursi. Al principio se propuso no aprenderlo, pero la tía Mariana no podía ser la única persona  con la que se comunicara, y soportar el hecho de que sus primos murmuraran cosas en francés y se rieran de ella a diario le pareció tan imposible como dejar de patearles las costillas cada vez que lo hacían. Así que la pequeña María Cecilia se resignó a convertirse en  Marie Cécile, guardando en una cajita su español, junto con las palabras bonitas y los besos de su padre.

Esta tarde Adélaïde no ha servido crème brûlèe. En su lugar, ha agasajado a la familia con un pastel de miel y azahar, aroma que a Marie le provoca náuseas. Pero ni Adélaïde, ni sus tíos, ni Léonore lo saben. Ella no se los ha contado.

A Marie no le gusta hablar. Quizás porque tiene que hacerlo en francés. O quizás porque guarda secretos que le duelen como mariposas venenosas aleteando dentro de su estómago. Y Marie no es cobarde pero tiene un par de miedos que la paralizan. El que hablar con alguien provoque una confianza libertina que haga que alguna mariposa se le escape por boca,  es uno de esos miedos.


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Gracias por leer y compartir!

 

ACTUALIZACIÓN AGOSTO 2015:

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Gracias por leer!

 

De finales de novelas.

paris

Señoras y señores, hoy es una noche especial, porque hoy, después de tres años de letras, cientos de artículos y libros consultados, un montón de lágrimas, dos finales fallidos y una ilusión más grande que todo lo anterior, he escrito la última palabra de mi primer novela, que para variar es histórica. El sueño de mis 15 años convertido en realidad. La sensación de, por fin acabarla, fue tan gratificante que me empoderó lo suficiente para lanzarme a una de las experiencias más extremas que una mujer mexicana puede atreverse a vivir entre las mal iluminadas calles de su ciudad: bajar las 11:30 de la noche al oxxo en busca de altas dósis de azúcar y carbohidratos. Si eres mujer, conocerás perfectamente esa sensación de inseguridad. La duda de si regresarás sana y salva a casa tras tomar el riesgo de caminar sola dos cuadras desiertas casi a media noche; el ligero malestar y sentimiento de culpa al escuchar en tu cabeza la voz de tu madre diciéndote que no hay necesidad de arriesgarte de forma innecesaria… Pero bueno. Había terminado mi primera novela y merecía celebrarlo con unos pingüinos, unos chocorroles y un gansito. Sobra decir que tengo en mi congelador en estos momentos un chocolate lava cake hecho por su servidora con ingredientes de la más alta calidad repostera, listo para hornearse y en diez minutos embriagarme con su cálido y pecaminoso sabor acompañado de la frescura de unas fresas recién lavaditas. Pero ese era el asunto. Faltaban las fresas, y un chocolate lava cake sin fresas es como comerse un dulce sin quitarle el empaque… Ok no. Esa es la opinión de una  tía con respecto a los preservativos.

lava cake

El chocolate lava cake perfecto.

Un chocolate lava cake sin fresas es como una buena comida sin vino: un desperdicio. Así que esperaré a que sea mañana y se ponga el maravilloso tianguis de mi colonia, en el que suelo encontrar fruta buena, bonita y barata. Por ahora, me embriago en la crema blanca y deliciosa de unos pingüinos. El gansito ha muerto.

El asunto es que por fin he terminado mi novela. Y como siempre en mi historia literaria, el final ha sido lo más difícil. El pasado 5 de febrero corrí como loca a imprimir los primeros dos borradores. Yo juraba que era el final de los finales. Pero no. Después de un par de días de desconecte y una simple revisión, le hablé a Daniel Alejandro, mi novio, para suplicarle que no leyera ni una sola página del manuscrito. Y empezamos con el final número dos.  14 días después del primer final, me encontraba con la nueva versión. Cuatro copias para entregar a mis asesores, una para mi editor y dos para el registro de derechos de autor. Iba yo muy contenta a las 12:00 del medio día a las oficinas para hacer el trámite, cuando el amable señor de la puerta me para en seco.

— El servicio de derechos de autor es de lunes a jueves. Antes era de lunes a miércoles pero ya lo extendieron al jueves. Venga el lunes.

Sobra decir que eso no se especificaba en la página de internet… en fin. Ni para qué discutir. Y es aquí cuando me doy cuenta de que las cosas pasan por algo. El domingo por la tarde, mientras mi novio preparaba unos deliciosos chilaquiles con tostadas horneadas, El Señor me iluminó. Y pos no. Que el final que yo creí que era, nomás no era. La buena noticia: El final que, hasta el momento creo que sí es, llegó a mi de sopetón. La mala: El nuevo planteamiento afectaría ligeramente la trama, o sea, más modificaciones.Y es aquí cuando empezamos con las dudas. Porque le has dedicado horas y horas y HORAS a tu proyecto. Has leído desde los datos más interesantes hasta los más inútiles para fundamentar tu historia y reforzar el contexto histórico. Has llorado como una niña con las muertes de tus personajes, has editado el texto una y mil veces (y seguramente lo seguirás haciendo unas cuantas más). Conoces tu historia al derecho y al revés. Te sabes de memoria (literal), algunos de sus capítulos, y al mismo tiempo estás cansado. Quisieras que por arte de magia la edición y corrección de estilo se hicieran solos. Que las posibles lagunas se secaran y desaparecieran del manuscrito, que éste estuviera listo para ser entregado a la editorial y tú pudieras continuar con tu vida y con una nueva novela. Pues no. Es aquí donde el trabajo apenas empieza.

Hoy por la mañana escribí el nuevo final. Estaba extasiada hasta las lagrimas.  Cien por ciento convencida al poner la última letra. Me di un respiro, y por la noche regresé a leerlo con una mirada más crítica.  Y bueno, llegarón más lágrimas. Una maldita deus ex machina (dícese de cuando alguna acción radical y sin sentido genera un cambio dramático en la trama) me lo estaba arruinando todo… frustración, terrible frustración interrumpida por una llamada de Daniel Alejandro, quien después de escuchar todo el conflicto  estructural derivado del cambio de final, me dice en medio de quejidos sexies provocados por el foam roll con el que deshace las contracturas resultado de la  bici (literal es una tortura esa cosa).

— Haz una matriz… un cuadro comparativo… pon los tomates en la balanza — mentira que es ingeniero.

—Mmm… No puedo pesar los tres finales como si fueran tomates… Sé cuál es el final que quiero.

—Bueno, si ya está decidido, si ya tienes el final y sólo te falta resolver esa chingadera de la máquina,..

— Deus ex machina…

— Esa madre… Pues ya está, resuélvelo. Pero haz la matriz. No escribas sin rumbo.

Y bueno. Una hora más tarde, teníamos novela terminada y autora satisfecha caminando con audacia por las calles de la ciudad en busca de unos pingüinos. Ya veremos mañana cómo pinta ese final que, hoy por hoy, creo que es definitivo. Lo único que sé es que un escritor puede cambiar el final de su novela las veces necesarias hasta encontrar el verdadero sentido de su historia. Lo mismo con la vida. Quizás sea necesario cambiar de rumbo, ir del melodrama a la comedia, de un vals a un polka, del romanticismo al realismo mágico, de Guadalajara a París, hasta encontrar la forma de darle sentido a nuestra fútil existencia.